Vivir en la clandestinidad: algunos apuntes de San Diego
La deportación se ha practicado en Estados Unidos casi desde su fundación. Establecida como política federal a finales del siglo 19, las primeras instancias datan del siglo 18. La medida no es exclusiva de un solo partido. Recordemos que el demócrata Barak Obama expulsó a tres millones de personas del país cuando fue presidente. A la vez, con la llegada de Trump al poder, la deportación ha adquirido un nuevo matiz y una insólita nocividad. En contraste con Obama, para Trump la deportación es una pieza clave de su mandato y los indocumentados el principal blanco de ataque. Su empeño en expulsarlos del país, su promoción de redadas en las calles y los lugares de trabajo, junto con la expulsión de personas bajo condiciones subhumanas, desvelan una persecución y alevosía que no se habían visto en décadas.
¿Y las personas expuestas a este acecho? ¿Qué hacen para vivir bajo la amenaza de ser detenidas y deportadas? ¿Qué cambios en la cotidianeidad asumen? Si bien ha habido poco tiempo para responder de forma sistemática a tales preguntas, evidencias ya hay. En las colonias y los barrios donde residen personas y familias sin documentos, en este caso, en San Diego, se llevan a cabo un sin fin de estrategias para sobrellevar la amenaza de la detención y la deportación.
En San Diego viven 170 mil personas sin documentos, de las cuales 70 por ciento es de origen mexicano. Igual que en el resto del país, se concentran en algunas áreas, en el sureste y el sur del condado. Es una población que ha puesto raíces en la ciudad; 70 por ciento tiene más de diez años en San Diego y 51 por ciento más de 20. En ella se concentran personas en plena edad productiva; la mayoría, 72 por ciento, tiene entre 25 y 54 años de edad. Muchos viven en hogares mixtos, esto es, donde residen personas con y sin documentos, que es el caso, en particular, de los menores; 44 por ciento vive en familias de estatus mixto.
Para los que tienen más tiempo en la ciudad, la amenaza de la deportación es familiar. Así me lo explicó E, con más 25 años en San Diego. Las amenazas de Trump no le sorprenden, ni implican cambios en su vida de día a día, lo cual no significa que no tome sus precauciones. Lo esencial, me dijo, es no llamar la atención de las autoridades: no manejar ebrio, evitar tomar alcohol en la vía pública y respetar las señales de tránsito. Cualquier transgresión, insistió, puede llevar a un interrogatorio donde tarde o temprano tendrás que admitir tu estatus migratorio.
Para otros, al contrario, el régimen de Trump ha propiciado cambios en su vida diaria. Una madre de tres hijos (nacidos los tres en el país), acostumbrada a recogerlos después de la jornada escolar, ya no lo hace por temor a toparse con un agente de ICE (agencia de inmigración y aduanas, por sus siglas en inglés) y ser detenida. Muy a su pesar, ahora le toca al hijo mayor encargarse de los otros dos.
Luego está la experiencia de R, quien fue invitada a una fiesta, un hecho nada excepcional, excepto que, al llegar a la casa a la hora citada, no vio ni escuchó a nadie, ni música había, algo inusitado en las fiestas del barrio. A punto de regresar a casa, vio a alguien que la recibió y, sin explicar, la llevó a un cuarto en la parte trasera del hogar. Ahí encontró a un puñado de invitados sentados alrededor de una mesa y hablando en voz baja. En las palabras de la anfitriona era una fiesta clandestina, una celebración sin ruido para no llamar la atención.
En mi barrio pasa algo semejante. A diario suelo caminar por sus calles, un hábito que me ha permitido conocer a vecinos y convivir con algunos de ellos. Al paso de los años me he familiarizado con los ritmos de la vida barrial, especialmente sus noches. Son las horas para sentarse afuera a conversar, atender el jardín, arreglar el carro bajo la luz de una linterna o, en el caso de los jóvenes, reunirse para platicar y coquetear. Eso entre semana. Los fines de semana las fiestas son de rigor y en grande, verdaderas pachangas, con familias de tres generaciones o más, carne asada, cerveza, música en vivo y baile.
Eso fue hace meses. Hoy en día, faltan señas de vida. El silencio abruma. La vida se ha recluido en casa. En las pocas fiestas que he visto, la mayoría de los invitados son niños (¿nacidos en el país?); los padres y las madres son menos, y los abuelos y las abuelas han desaparecido casi por completo.
Lo que está ocurriendo es una especie de muerte social. Ante la amenaza de la deportación, las personas – familias enteras – se ocultan, viven de manera clandestina. Hacen lo posible para que no los vean y no los escuchen (o siquiera lo menos posible), que es una manera de desaparecer, como si se empeñaran en anular los rasgos de sus vidas. Sus voces, los olores de su comida y su música se han convertido en un riesgo en este régimen que gobierna con la amenaza y la intimidación, si no el terror.