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Opinión

El último lector | Ataúdes en Medio Oriente

Por: Rael Salvador

¿Uno se pregunta si valdría la pena una ceremonia israelí —aterrorizada por los hechos y bañada de lágrimas— donde se obtuviera consciencia de los crueles asesinatos cometidos en Gaza?

Si un asesinato es suficiente para carcomer las células dulces que uno ha podido mantener, no sin dificultad, ante el pulso ordinario de la vida, ya podemos imaginar 50 mil muertes de civiles —entre ellos, 18 mil 525 niños— bajo los encarnizados bombardeos de Israel en territorio Palestino. 

Los ataúdes que hoy observamos en los medios de comunicación, en su emblemático negro forense y con nombres escritos en hebreo —que parecen ya decirlo todo—, resguardan los cadáveres de una mujer, dos de sus pequeños hijos y un anciano —quienes fueron secuestrados con vida en el ataque del 7 de octubre de 2023 y abatidos poco después por el “fuego amigo” de las milicias al mando del primer ministro Benjamín Netanyahu—, misa oscura que, de algún modo, debería articular la consciencia en el sangrante ruedo de las asimetrías —que, de un lado, ofrece el desbalance de la muerte y del otro, el ímpetu de la muerte abalanzada— y alcanzar el mínimo de correlación entre falsedad y verdad, mentira y objetividad, ilusión y realidad.

Pero más allá de esa lluvia irracional y su lastre homicida, ¿los anestesiados espectadores de la guerra —que dejan caer metáforas de ilusión ahí dónde sólo quedan escombros de carnes y almas cercenadas (donde falla hasta el ADN)— seguirán danzando sus neuronas alrededor del fuego de la injusticia, circundando políticas de necedad?

Ruidosos ángeles en pugna —como gallinas de religiones adversas— y una furia anudada en su hipocresía todopoderosa.

Y, mire usted, si no hay el discurso de la alegoría transformada en convicción, está el silencio devocional que no sabemos si vamos a encontrar en el puto infierno.

Horrores de primera mano, de páginas nada profundas —brazos y piernas, cabecitas que buscan su cuerpo infante, tierno, terrenal, rosinegro, maloliente— que no se logran ocultar detrás de la Estrella de David y, mucho menos, de las estrellas de la bandera embarrada —estadounidense, a todo aire—, aliado económico que sopla el carbón de Marte y pone el armamento para las masacres en Medio Oriente (por no hablar de su cobarde historia de destructividad, disfrazada de “salvación y democracia” en otras partes del planeta).

Algo anda muy mal desde hace tiempo y, a excepción de algunos memorables rebeldes mal vistos, lo repulsivo que se respira en el presente lleva la llaga de una hegemonía fundada en el Estado, la iglesia y la “razón” instrumentista de las guerras.

Las mejores costumbres de la estúpida humanidad —el romance de la ley con la justicia, la belleza del inconsciente expresado en la categórica obsesión sexual del arte o, en la imprescindible curaduría de las emociones, esa andanza meditativa de la paz por casa— han pasado a ser el enemigo en número —atado de sueños con hambre y alambre— en la intuitiva realización de una especie que apenas logra visualizar el mito de su destino y, no sin cierto cinismo, se corona de moscas.

No sé que es más obsceno, si ver al niñato de Elon Musk blandir la sierra que —desde una Argentina burlada— le trajo de regalo el burro de Javier Milei o reflexionar sobre los ataúdes negros que Palestina reintegra a Israel, en la más transgresora fiesta macabra de conejos en el cuento de Carlo Collodi.

raelart@hotmail.com

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