Madre lucha en BC para que el violador de sus hijas sea sentenciado
Tijuana, 27 de septiembre. Con varios intentos de suicidio, Anapau ha analizado la peor etapa de su vida adolescente contando en redes sociales su experiencia como víctima de abuso sexual, junto a sus tres hermanas, por parte de su padre Sam “N”, preso desde hace seis años en el penal de Tijuana por violación impropia agravada.
Las cuatro hermanas, ahora de 14, 15,17 y 19 años, son sobrevivientes no sólo de abuso sexual, sino también de la violencia institucional que han sufrido buscando justicia. Su madre, Karla Mariela Aguilar Pastrana, recientemente se graduó de la carrera de Derecho para defenderlas del agresor y del deficiente sistema de justicia que prevalece en México, particularmente frente a los delitos sexuales.
El fin de semana pasado, Anapau se enteró que la presidenta Claudia Sheinbaum visitaba su ciudad: “fui segura y decidida a esperarla. Estaba rezando para hablar con ella. Había mucha gente. Me empujaron, me pegaron en la cara. El de seguridad me jaló el pantalón, pero lo logré. Y le conté gritando lo que hemos sufrido”.
Añade: “lo único que le pedí a la presidenta, es que me diera su palabra de que van a resolver nuestro caso. Y me dio su palabra. Lo hice para que otras víctimas se animen a hacer valer su voz. Lo hice también para que otras sepan que ninguna tiene que callar. El silencio no es la solución. Para mí la justicia es darle también voz a mis hermanas”.
Su madre muestra videos y fotos del encuentro. Ambas están entusiasmadas porque la subsecretaria del Derecho a una Vida Libre de Violencias, Ingrid Aurora Gómez Saracíbar, las contactó para atender su caso.
Un juicio que no llega
Karla Mariela dice que llevan años esperando un juicio que se ha retrasado con excusas para proteger al agresor, en prisión preventiva desde 2020, y a quien en 2023 se intentó liberar sin éxito. Por eso, temen que la corrupción judicial y la indiferencia institucional sigan entorpeciendo su búsqueda de justicia.
“Mis hijas han vivido un proceso largo y revictimizante. Han sufrido varias violencias. Nos quitaron las visas de Estados Unidos porque nos dijeron que el agresor está también vinculado al narcotráfico. Las expulsaron de su colegio católico supuestamente por mis ‘antecedentes’. Mucha gente nos dejó de hablar. La sociedad es muy cruel. Lamentablemente, en su vida sigue presente el señor que las agredió porque todo ha sido muy lento, no hay juicio y no lo han sentenciado. Por eso decidimos dar la cara. A mis hijas no les dan la oportunidad de sanar”.
Su caso incluye una docena de procesos judiciales a los que ha tenido acceso La Jornada. El primer expediente: NUC04-2020-18063, recibió un sobreseimiento, según constancias, porque la fiscalía de Baja California hizo la acusación fuera de tiempo.
Por consiguiente, solicitó una investigación contra el agente del Ministerio Público Héctor Orozco; la coordinadora de la Fiscalía Especializada en Delitos Contra Las Mujeres por Razón de Género, María Lourdes Pérez; y la Fiscal Especializada en Delitos contra la Mujer, Adriana Lizárraga –acusada de recibir presuntamente 60 mil dólares para sobreseer la carpeta–; y el entonces fiscal, Ricardo Iván Carpio Sánchez, quien renunció en 2023.
Fue entonces cuando denunció bajo el expediente NUC 8125/2024 a todos los funcionarios involucrados por el intento de liberar al presunto violador para exigir a la gobernadora morenista, Marina del Pilar Avila Olmeda, el deslinde de responsabilidades.
Mientras tanto, las carpetas 0204-2020-30400 y 0204-2020-30386 siguen pendientes y sin audiencias desde el 7 de mayo del año pasado. Las autoridades tampoco han atendido la denuncia por hostigamiento NUC34558/2023 sin judicialización; ni la necesaria protección a sus hijas o el amparo a la salud y la integridad, ante la Comisión Estatal de Atención a Víctimas (CEAV); tampoco, la legítima reparación integral. Todo, según dice, está empantanado desde hace años.
Alcoholismo y divorcio
Karla Mariela es docente y cuenta que se casó en 2012 con Sam. Sus tres hijas mayores son de su matrimonio anterior y fueron adoptadas por su nueva pareja. Luego, llegó la cuarta que es de ambos. Siete años después se dio cuenta que su matrimonio se destruyó por el alcoholismo de Sam y la violencia económica. Fue cuando acordaron divorciarse y un plan de convivencias de común acuerdo.
Ella se quedó con la casa ubicada en el barrio de Agua Caliente y abrió el Colegio Cenzontle: “me dediqué a sanar en mi autoestima por el vínculo abusador que había sufrido, porque él es un abusador narcisista. Muchos me reclaman que no me di cuenta que estaba abusando de las niñas. Era alguien en quien confiaba y ejercía control sobre mí. Me juzgan para desvirtuar las acusaciones y la participación de mis hijas a nivel público”.
Cuenta que durante 2019 él se llevaba los fines de semana a las cuatro niñas a su departamento cada 15 días. Reconoce que lo consideraba como un buen papá: “los abusos no ocurrieron de forma violenta como muchos pensarían. Fueron paulatinos y fueron creciendo en dominio. Empezaron muy sutilmente, las fue envolviendo”.
Cuando le preguntó a su hija mayor por qué no dijo lo que ocurría, su respuesta le sorprendió: “me dijo: ‘mamá, tú siempre me decías que nadie me podía tocar, sólo mi mamá y mi papá’. Supuestamente, eran mis personas seguras, pero quién me tocaba era mi papá”.
Dice que a las niñas más pequeñas les decía que lo que les hacía “eran cariñitos de princesa. En enero de 2020 decidí ir a su departamento porque no me contestaban el teléfono. Vi botellas y latas de cerveza y dije ‘aquí hubo una fiesta’. Me llevé a las niñas y esa fue la última vez que se fueron porque tenía temor de que alguien de sus amigos borrachos le hicieran algo a mis hijas”.
Las denuncias
Comenta que en el mes de mayo del mismo año se dio cuenta que su hija mayor en ese momento de 12 años hizo un perfil en redes sociales y cuando la interrogó empezó a llorar: “empezó a contar la violencia que vivían con su papá. Y me dijo: ‘mi papá me toca mi colita’. Fue muy difícil”.
Inmediatamente acudió a la fiscalía para interponer una denuncia. En ese momento, conoció a otras mamás en la misma situación con las que después hicieron causa común: “cuando leí la declaración de mi hija es cuando me di cuenta de la profundidad del abuso. No fueron sólo tocamientos. Se realizaron exámenes médicos que comprobaron la violación impropia agravada”.
Añade: “luego le pregunté a mis otras hijas. Les dije que si tenían algo que contarme y cuando se dieron cuenta que su hermana habló al respecto, una de ellas se enojó. Inmediatamente empezamos terapia familiar. Y en ella, la más chiquita de 7 años cuando supo lo que era un pederasta y lo que hacía, habló y dijo: ‘mi papá me hace todo eso’”.
Fue así como empezaron a hablar una por una. La de 11 años incluso declaró que su papá las grababa cuando abusaba de ellas: “la otra niña de 9 años, que ahora tiene 15, recordaba los abusos, pero no podía precisarlos porque fue muy deficiente la intervención del área de psicología de la fiscalía y sus periciales. Vi que estaban entorpeciendo las investigaciones para proteger al agresor”.
Las cuatro niñas empezaron a mostrar las consecuencias de los abusos y fueron diagnosticadas con distintos trastornos psicológicos y compulsiones disociativas: “una de ellas dijo que no sólo era abusada por su papá, sino también por algunos de sus amigos. Fue definiendo en sus declaraciones los espacios y momentos cuando ocurrieron, algo que ella quería olvidar. La pasamos horrible porque después ella se intentó suicidar”.
Proceso revictimizante
La toma de declaraciones a las menores se desarrolló durante tres semanas intensas donde aparecieron las formas que el agresor utilizaba para violentarlas: “las seducía con cariños, se las llevaba a dormir con él. Los abusos fueron paulatinos. Una de las niñas dijo que su papá le decía que cuando fuera grande se iba a casar con ella, que iba a detener el tiempo para él no hacerse viejito y que ella creciera y pudiera ser su esposa. Le dijo que en la casa le iba construir unas escaleras como un castillo de princesa de Disney. Él les decía que él era su príncipe. Así fue con todas”.
Cuando las niñas empezaron a negarse, Sam las amenazaba: “primero abusó de una y luego empezó con las otras. Ellas mismas fueron testigos de los abusos de las carpetas de cada una de sus hermanas. La grande dijo que los abusos pasaron más de 10 veces y dejó de contarlos cuando continuaron porque vio que no iba a parar. Dijo que lo permitió para así proteger a sus hermanas, aunque no funcionó porque también abusó de ellas”. La niña añadió: “no importó todo lo que yo me dejé porque no pude salvar a mis hermanas”.
Otra de las niñas contó que su papá la abusaba cuando se metía a bañar: “ella quería que mentalmente yo la escuchara. Me dijo que pensaba: ‘mamá ven por mí, mamá rescátame’. La niña rezaba y dice que su papá seguía abusándola. Ha sido todo muy doloroso. Mis hijas han pasado toda su infancia en esta batalla legal. Es muy triste”.
“No fue culpa mía”
Anapau dice que confía en Claudia Sheinbaum para ver pronto sentenciado a su abusador: “me quitó mi infancia. Yo sentía que lo cargaba. Después de muchos años lo pude sacar de mi cuerpo. Pero en mi mente sigue. ¿Quién puede quitármelo de mi mente? No fue culpa mía ni de mis hermanas. Él tenía todo planeado. Es un psicópata, un violador pederasta”.
Después de emocionarse dice: “mis hermanas y yo necesitamos que él se quede en la cárcel. Lo necesitamos para sanar. Si es necesario gritar, lo voy hacer como lo hice para que me escucharan Claudia y Marina. Sé que mi papá abusó de otras niñas. Necesitamos una sentencia condenatoria, aunque nadie nos va a reparar todo el daño que sufrimos, la justicia nos puede sanar”.



