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Opinión

Ticketmaster: estafa codiciosa

Por: Editorial La Jornada

El líder del grupo musical The Cure, Robert Smith, denunció en días recientes el modelo de “precios dinámicos” aplicado por Ticketmaster, el monopolio transnacional de boletaje, el cual cobra comisiones de entre 27 y 75 por ciento sobre el precio real del boleto, encarece artificialmente las entradas a espectáculos masivos y llegó a cobrar hasta mil 500 dólares por el ingreso con “experiencia VIP” de las cantantes de K-pop de Black Pink.

El músico se dijo “asqueado” por los precios de la empresa boletera, que los modifica sin aviso alguno, como suelen hacerlo hoteles y aerolíneas en las temporadas vacacionales. Se trata, dijo Smith, de una “estafa codiciosa”.

La banda The Cure logró un arreglo con el consorcio, el cual aceptó devolver entre cinco y 10 dólares por entrada a los seguidores verificados del conjunto musical y, al mismo tiempo, poner un coto a la reventa, la cual suele inflar los precios hasta en 10 mil por ciento. Sin embargo, algunos de los fanáticos verificados acabaron pagando más a la empresa por sus tarifas de servicio, instalación y procesamiento de pedidos que por el costo de los boletos.

Los inconvenientes causados por esta transnacional monopólica no se limitan, desde luego, a la especulación con el precio de los boletos y al abuso en sus tarifas de servicio; en cada espectáculo masivo se reproducen las quejas contra Ticketmaster y en no pocas ocasiones ha sido señalada como responsable de generar circunstancias caóticas e incluso riesgosas.

Tal fue el caso del concierto ofrecido por el cantante puertorriqueño Bad Bunny en el Estadio Azteca de esta capital a mediados de diciembre del año pasado. En el ingreso al recinto se registró un cuello de botella que causó un retraso de hora y media en el inicio del evento, el cual comenzó a fin de cuentas con muchas butacas vacías, pese a que los boletos se habían agotado desde tiempo antes.

El incidente se debió a un marcaje incorrecto de las entradas vendidas por la transnacional, la cual argumentó que se había presentado “un número sin precedentes de boletos falsos”, lo que se habría traducido en “una operación intermitente” de su sistema. Lo cierto es que muchos que contaban con entradas auténticas no pudieron entrar al concierto y afuera del Coloso de Santa Úrsula se produjeron indeseables conatos de violencia.

En este mismo espacio se comentó entonces que Ticketmaster genera distorsiones en el mercado de los espectáculos masivos, el cual se ve librado a la más salvaje ley de la ganancia máxima y sometido a la arbitrariedad y las malas prácticas de un monopolio mundial que escapa a toda regulación de instancias nacionales e internacionales, lo que afecta por igual a artistas, deportistas, promotores y público.

Es paradójico que los abusos y descuidos de este consorcio tengan lugar en el contexto de un modelo económico mundial que fue impulsado con el argumento de la libre competencia.

Por lo que hace a México, como señaló en su momento el editorial de La Jornada, resulta tan lamentable como revelador que la Comisión Federal de Competencia Económica (Cofece) no tenga la voluntad política para ver prácticas monopólicas en la Corporación Interamericana de Entretenimiento (CIE), que mediante las marcas Ticketmaster y Ocesa controla 65 por ciento del mercado de espectáculos en vivo y que entre 2015 y 2022 haya multado a esas firmas con un total de un millón de pesos, pese a que las ganancias de éstas sólo en 2021, en plena pandemia, fueron de casi 17 millones de dólares.

Como punto de referencia, en el mismo periodo la Cofece impuso multas por más de 2 mil 800 millones de pesos por prácticas monopólicas a empresas distribuidoras de gas licuado de petróleo.

Ante la manifiesta inoperancia del órgano autónomo, es claro que el gobierno debe buscar alternativas para hacer competitivo el mercado del boletaje de espectáculos presenciales y liberarlo de un consorcio a todas luces nocivo.

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