Opinión

Susie Wiles habla y el trumpismo se desnuda: poder sin filtros, lealtad sin desmentidos

Por: Mónica García-Durán | Rompecabezas

Las declaraciones de Susie Wiles, jefa de gabinete de la Casa Blanca, a Vanity Fair no son una anécdota de revista ni un chisme de pasillo. Son un parteaguas político. Por primera vez desde el inicio del segundo mandato de Donald Trump, la funcionaria de mayor confianza del presidente ofrece una radiografía interna, cruda y sin barniz, de cómo se gobierna hoy Estados Unidos bajo el sello trumpista. 

Trump salió a descalificar a la publicación como “difamadora”, pero no negó el contenido. Y Wiles, pese a desestimar el artículo como propaganda, no ha desmentido una sola cita. En política, ese silencio equivale a confirmación.

Lo que emerge no es una traición ni un deslinde: es algo más complejo y más inquietante. Wiles defiende a Trump, pero al mismo tiempo admite excesos, errores, impulsos vengativos y decisiones dañinas. El trumpismo, visto desde dentro, aparece como un proyecto de poder sostenido más por la voluntad personal del presidente que por procesos institucionales sólidos.

El presidente como personalidad desbordada

Comparar a Trump con un “alcohólico funcional” —sin beber alcohol— no es un insulto: es una categoría psicológica. Wiles describe a un líder que piensa en grande, exagera rasgos, minimiza procedimientos y desborda a su propio equipo. El mensaje es claro: Trump no es controlable, apenas administrable. Ella misma reconoce que intenta no ser “facilitadora”, pero deja abierta la pregunta clave: ¿ha sido efectiva? El tiempo, dice, lo dirá. Esa duda, viniendo de la jefa de gabinete, es devastadora.

Uno de los ejes más delicados del testimonio es la normalización de la represalia política. Wiles admite que intentó acotar la “gira de venganza” de Trump a los primeros 90 días del gobierno. No lo logró. Luego redefine el concepto: ya no es venganza, dice, sino una forma de evitar que otros pasen por lo que él pasó. El problema es que el resultado es el mismo: uso del poder del Estado contra adversarios.

El caso de la fiscal neoyorquina Letitia James es revelador. “Esa podría ser la única retribución”, concede Wiles. No hay aquí una defensa jurídica, sino una justificación política. El trumpismo no niega el impulso vengativo: lo racionaliza.

Epstein, Bondi y el costo de mentir

Wiles reconoce que Pam Bondi falló en el manejo del caso Jeffrey Epstein, sobre todo al alimentar expectativas falsas sobre una supuesta “lista de clientes”. Admite también que Trump se equivocó al vincular a Bill Clinton con la isla de Epstein y que no hay pruebas de ello. Este punto es clave: desde dentro se reconoce que el presidente difunde afirmaciones falsas cuando le conviene. El trumpismo no corrige el error en público; lo asume en privado y sigue adelante.

Las descripciones de Wiles sobre el círculo íntimo de Trump son demoledoras. El vicepresidente J.D. Vance es presentado como un conspiracionista reciclado por conveniencia. El millonario amigo de Trump, Elon Musk, como un actor solitario, errático, consumidor de ketamina y responsable de un desastre al desmantelar USAID, una agencia que —admitió Wiles— hace “un excelente trabajo”. 

Sobre el secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr. es “peculiar”, mientras que sobre el director de la Oficina de Administración y Presupuesto, Russell Vought, dijo que es un “fanático de derecha”. ¿Por qué tolerarlos? Porque, según Wiles, para volver al centro hay que irse al extremo. Esa es quizá la confesión ideológica más honesta del trumpismo: el exceso no es un error, es una estrategia deliberada.

Aranceles, inmigración y errores que sí duelen

Wiles reconoce que los aranceles del llamado “Día de la Liberación” fueron más dolorosos de lo previsto. Hubo discusiones internas, intentos de freno, advertencias. Trump avanzó solo. El resultado fue incertidumbre económica, amenazas de recesión y un retroceso táctico. En inmigración, la admisión es aún más grave: deportaciones erróneas, ciudadanos estadounidenses expulsados, niños enfermos afectados. “Alguien cometió ese error”, dice Wiles. El problema es que nadie paga el costo político dentro del gobierno.

Por otro lado, Susie Wiles muestra un escepticismo mayor que el discurso público sobre el presidente ruso Vladimir Putin, admitiendo que Trump cree que el líder moscovita quiere toda Ucrania, no sólo Donetsk. 

Y sobre Venezuela, la frase es brutal: Trump quiere “hacer estallar barcos hasta que Maduro se rinda”. Aunque la Casa Blanca niega buscar un cambio de régimen, la lógica expuesta es de presión militar sostenida, con un alto costo humano, justificada bajo la bandera del combate al narcotráfico.

Las declaraciones de Susie Wiles a Vanity Fair exponen al trumpismo desde dentro: un gobierno personalista, consciente de sus excesos, que normaliza la venganza política, admite errores graves en aranceles, inmigración y política exterior, pero sigue avanzando. Trump descalifica la publicación, pero no niega nada. El mensaje es claro: no hay rectificación, sólo poder ejercido sin filtros. Así de claro.

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