Opinión

Rompecabezas| Donald Trump abre el asado del sur y cierra la puerta al norte

Por: Mónica García Durán

· La apertura a la carne argentina y el bloqueo al ganado mexicano exponen el doble discurso comercial de Estados Unidos y sus implicaciones para el sector ganadero nacional.

La nueva política del presidente Donald Trump para incrementar la importación de carne de res desde Argentina, luego de su reunión “prometedora” con Javier Milei y con el argumento de reducir los precios al consumidor, genera una paradoja evidente: mientras abre las puertas al Cono Sur, mantiene cerrada la frontera al ganado en pie mexicano bajo pretextos sanitarios por la plaga de gusano barrenador.

La medida revela el doble discurso de Washington en materia agropecuaria y anticipa un impacto directo sobre la economía rural mexicana, especialmente en los estados ganaderos del norte, Sonora, Chihuahua, Nuevo León, Coahuila y Durango.

Trump anunció que su gobierno permitirá mayores importaciones de carne argentina para “enfrentar los precios récord” de la carne en los supermercados estadounidenses. El plan, presentado como una estrategia para aliviar la inflación alimentaria, fue recibido con escepticismo dentro del propio sector agropecuario.

Organizaciones como la Asociación Nacional de Ganaderos (NCBA) y el Fondo de Acción Legal de Ganaderos y Agricultores Unidos —históricamente aliados del Partido Republicano— criticaron la iniciativa. Argumentan que la carne argentina representa apenas 2% de las importaciones estadounidenses y que duplicar esa cifra no reducirá los precios minoristas, que hoy promedian 6.32 dólares por libra de carne molida.

La medida, aseguran, responde más a una decisión de imagen política que a una estrategia económica sostenible.

Doble estándar y competencia desleal

Mientras Estados Unidos promueve el libre comercio con países distantes, mantiene restricciones severas al ganado mexicano, pese a que México cumple con las normas sanitarias reconocidas e impuestas por el propio Departamento de Agricultura de EE.UU. (USDA) y su titular, Brooke Rollins. 

La frontera al ganado en pie permanece cerrada con el argumento de “riesgos zoosanitarios”, afectando a productores de Chihuahua, Sonora, Coahuila y Tamaulipas, que tradicionalmente exportan miles de reses cada año bajo estrictos protocolos de trazabilidad y sanidad.

Este cierre contradice los principios de reciprocidad y libre mercado que Washington exige a sus socios. Mientras se cuestiona la seguridad del ganado mexicano, se autoriza la entrada de carne procesada desde Argentina, cuya producción no está sujeta a las mismas condiciones de supervisión fronteriza ni a los controles trinacionales establecidos bajo el T-MEC.

La asimetría comercial se traduce en competencia desleal: Estados Unidos bloquea la exportación de materia prima mexicana, pero permite la entrada de producto final extranjero que beneficia a sus grandes procesadoras.

Consecuencias y desafíos para México

El impacto de esta política no es menor. El cierre fronterizo implica pérdidas económicas significativas para los ganaderos del norte del país, una reducción en el ingreso de divisas y un desbalance en la cadena productiva que va del engorde al sacrificio. El ganado mexicano, que ha sido históricamente demandado por la industria estadounidense, enfrenta ahora un mercado saturado internamente, menores precios de venta y costos crecientes de mantenimiento.

Además, la medida de Trump debilita la confianza en los acuerdos de cooperación sanitaria bilateral. México y Estados Unidos mantienen desde hace décadas programas conjuntos para controlar enfermedades y plagas —como el Gusano Barrenador del Ganado (GBG)—, con inversiones compartidas en infraestructura y tecnología.

Uno de los ejemplos más recientes es la reconversión del complejo Moscamed en Metapa de Domínguez, Chiapas, que producirá 100 millones de moscas estériles semanales para frenar la propagación de la plaga a partir de julio de 2026.

Paradójicamente, mientras ambos gobiernos colaboran para preservar la salud animal continental, Washington mantiene un bloqueo comercial que carece de sustento técnico y que mina la credibilidad de esa misma cooperación.

El caso del ganado mexicano ilustra con precisión el doble discurso económico de Trump: por un lado, utiliza el argumento del “libre comercio” cuando necesita justificar la importación de productos más baratos; por otro, recurre al proteccionismo cuando el socio comercial está demasiado cerca y compite directamente.

La narrativa de “América Primero” se convierte así en un filtro político para definir quién entra al mercado estadounidense y quién se queda fuera. El discurso nacionalista funciona como cortina de humo: pretende defender a los productores locales mientras las decisiones reales benefician a los grandes intermediarios y consolidan posiciones de dominio en la cadena global de suministro.

Para México, el reto es doble: defender la reputación sanitaria del ganado nacional y evitar que la frontera comercial se convierta en un instrumento político. Sin embargo, su dependencia del mercado estadounidense la deja expuesta a los vaivenes de una política comercial que responde más a las encuestas que a los tratados.

Mientras Trump construye su campaña sobre el consumo y el nacionalismo económico, los productores mexicanos enfrentan incertidumbre, pérdida de competitividad y un mercado distorsionado por decisiones unilaterales.

El mensaje detrás del nuevo asado del sur entre Trump y Milei es claro: el libre comercio termina donde empiezan los intereses políticos de Washington.

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