Opinión

Rompecabezas | CIA, FBI y DEA, nunca se fueron ni siempre terminan bien

Por: Mónica García-Durán

Conviene decirlo sin rodeos, porque la confusión —interesada— empieza a contaminar el debate público: las agencias de inteligencia como la CIA o la DEA han estado presentes en México, sí, pero nunca de forma abierta, ilimitada ni con “todas las facilidades” como hoy sugieren algunas versiones que circulan desde Washington y ciertos medios estadunidenses. Su presencia ha sido discreta, acotada y siempre políticamente sensible. Lo que cambia hoy no es el pasado, sino la ambición del presente: Estados Unidos quiere regresar al modelo Calderón, pero con más control, más métricas y menos discreción.

Ese es el fondo real de la presión de Donald Trump sobre México para militarizar el combate a los cárteles y “aceptar” una cooperación más profunda.

Presencia histórica: sí, pero bajo reglas no escritas

Desde el gobierno de Vicente Fox, la cooperación con Estados Unidos en materia de inteligencia se intensificó. La CIA, junto con la Administración para el Control de Drogas (DEA) y el FBI, tuvo presencia en México, acceso a información estratégica y coordinación con autoridades nacionales. Nada de esto fue público, ni normalizado en su momento. Funcionó mientras permaneció en la sombra. Después vinieron las filtraciones y revelaciones.

El punto más alto llegó con Felipe Calderón. Bajo la Iniciativa Mérida, la CIA procesó inteligencia, analizó objetivos y apoyó la localización de capos, operando desde instalaciones mexicanas y con autorización directa del Ejecutivo. No ejecutó operativos armados, pero marcó objetivos. Y eso, en términos reales, es poder.

El resultado fue ambivalente: golpes relevantes al narcotráfico, pero también una dependencia estructural de inteligencia estadounidense que México nunca volvió a revertir del todo.

Antecedente incómodo: Félix Gallardo y el caso Camarena

Los medios estadounidenses han recordado —con insistencia creciente— el caso de la Federación de cárteles de los 80’s (hoy hasta Netflix ha producido series televisadas) encabezada por Miguel Ángel Félix Gallardo, no por nostalgia histórica, sino porque ahí está el manual de riesgos.

En los años ochenta, equipos de inteligencia e investigación estadounidenses operaron en México para desmantelar aquella estructura criminal. Entre ellos estaba el equipo al que pertenecía Enrique Kiki Camarena.

Ese equipo no era solo DEA: operaba en coordinación directa con estructuras de inteligencia y agentes estadounidenses, en territorio mexicano, incluida la CIA y el FBI, como han documentado investigaciones periodísticas y judiciales en EE. UU.

El asesinato de Camarena fue la prueba más cruda de una verdad incómoda: cuando la inteligencia cruza la línea operativa en territorio ajeno, el costo político, diplomático y humano se dispara. Desde entonces, Washington aprendió una lección… que hoy parece dispuesto a desaprender.

Con Enrique Peña Nieto, la cooperación no desapareció, pero se volvió más burocrática y menos visible. Menos protagonismo estadounidense, más control político desde México. Así se reflejó en los medios de ambos países, en su momento.

Con Andrés Manuel López Obrador, el discurso fue de ruptura, pero la práctica fue de cooperación selectiva. Sí, se limitaron formalmente a las agencias y se aprobó una ley para controlar contactos, pero la CIA nunca se fue del todo. Siguió el intercambio de inteligencia sobre fentanilo, cárteles transnacionales y frontera. Más tenso, más político, menos cómodo para Washington.

¿Qué es distinto ahora? Aquí está el punto clave es que no se discute si la CIA estuvo o está en México. Eso es un hecho. Lo que está en juego es cómo quiere estar ahora Estados Unidos.

Hoy, los medios estadounidenses ya no hablan solo de inteligencia. Hablan de: 1. acompañamiento más cercano a operativos; 2. valuación directa de resultados; y 3. métricas, tiempos y presión pública. Es decir: menos discreción y más normalización.

No es casual que en este contexto se subraye la presencia reciente en México del director de la DEA ni el papel del embajador Ronald Johnson, un diplomático con formación directa en inteligencia. El mensaje es político, no anecdótico.

Cuando Washington deja filtrar a través de diarios como el New York Times que “la CIA quiere volver a México”, en realidad está diciendo otra cosa: quiere reinstalar el modelo Calderón, pero sin el pudor diplomático de entonces. Todo indica e infiere que quiere más control estadounidense. Más exigencias de resultados. Menos margen político para México.

Eso explica por qué el tema incomoda incluso a quienes defienden la cooperación: una presencia excepcional puede gestionarse; una presencia normalizada no.

No siempre termina bien

Hay una premisa que conviene recordar antes de aceptar, sin mayor discusión, que abrir la puerta a las agencias de inteligencia estadounidenses es la solución al problema del narcotráfico en México: la historia demuestra que no siempre termina bien. De hecho, en algunos de los episodios más oscuros del combate a las drogas, la participación de la Agencia Central de Inteligencia no solo fue polémica, sino francamente escandalosa.

Pensar que el remedio es permitir una presencia ampliada de la CIA en territorio mexicano no es pragmatismo; es, en muchos casos, desmemoria. Para ejemplo, tenemos el caso Camarena y la versión que Washington no ha cerrado.

Durante décadas, la versión oficial sostuvo que Enrique Kiki Camarena fue secuestrado, torturado y asesinado por el cártel de Guadalajara —el embrión de lo que luego derivó en estructuras criminales en Jalisco— encabezado por Miguel Ángel Félix Gallardo.

Sin embargo, periodistas, exagentes y medios estadounidenses han difundido otra versión que nunca ha sido cerrada del todo: Camarena no murió solo por obra del cártel, sino porque sabía demasiado sobre operaciones encubiertas en las que la CIA tenía intereses directos.

De acuerdo con esas investigaciones —difundidas en libros, documentales y reportajes en EE. UU.— Camarena habría descubierto vínculos entre tráfico de drogas, financiamiento encubierto y operaciones de inteligencia, lo que lo convirtió en un estorbo. En esa narrativa, su asesinato no habría sido solo una venganza del narco, sino una eliminación conveniente en una zona gris donde convergían criminales y agencias.

No es una versión judicialmente probada, pero tampoco es marginal. Circula desde hace años en el periodismo estadounidense y sigue siendo una mancha abierta en la historia de la “guerra contra las drogas”.

Irán–Contras: cuando armas y drogas se cruzaron

En los años ochenta, la DEA y la CIA fueron acusadas —y el gobierno de EE. UU. terminó reconociéndolo parcialmente— de permitir y encubrir operaciones donde el tráfico de armas y drogas se entrelazó para financiar a la guerrilla “contra” en Nicaragua.

Hubo armas que bajaron, drogas que subieron y una red de corrupción que involucró a operadores, pilotos y estructuras protegidas por el secreto de Estado. El combate al comunismo justificó entonces lo que hoy se presentaría como inaceptable.

Ese episodio dejó una lección incómoda: cuando las agencias entran al control indirecto del narcotráfico, los fines políticos suelen imponerse sobre la legalidad.

Por ello, no es casual que Hollywood haya contado la historia de Barry Seal. La película American Made: el traficante, protagonizada por Tom Cruise, está basada en el caso real del piloto estadounidense contratado por la DEA como informante que transportaba armas para guerrillas financiadas por la CIA y drogas de Pablo Escobar, desde Colombia hacia Estados Unidos.

Aunque presentada como ficción, el filme recoge hechos documentados del mismo entramado Irán–Contras: vuelos clandestinos, protección institucional y una frontera deliberadamente borrosa entre inteligencia, crimen y geopolítica.

No es propaganda. Es memoria incómoda.

Por eso, cuando hoy se plantea que la vía CIA–DEA–FBI debe ampliarse, normalizarse y operar con mayor visibilidad en México, no se trata de paranoia ni antiamericanismo. Se trata de recordar que cuando la inteligencia se vuelve método permanente y no excepción, los controles se diluyen y los costos los paga el país anfitrión.

La historia no dice que la CIA, la DEA o el FBI sean omnipotentes ni malvados por definición. Dice algo más simple y más grave: cuando esas agencias entran al control del narcotráfico, los intereses estratégicos suelen pesar más que la soberanía, la transparencia y, a veces, la ley.

Y eso, para México, no es una hipótesis académica. Es un antecedente que conviene no repetir.

La historia es clara y está documentada, en la prensa, en películas de Hollywood, en streaming casero, en revistas y documentales: Sí, la CIA, la DEA y el FBI han estado en México. Nunca con “carta blanca” ni reconocimiento público.

Lo nuevo no es la presencia. Lo nuevo es la pretensión de ampliarla, exhibirla y convertirla en regla…

Y esa es la verdadera línea roja. Porque en seguridad nacional, como en política exterior, las líneas que se cruzan por presión externa rara vez se vuelven a trazar. Ya lo veremos.

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