Opinión

Seis premisas para una política migratoria / Jorge Durand

Por: Jorge Durand / La Jornada

La política migratoria es una de las más difíciles y complicadas de diseñar y, peor aún, de aplicar. Lo que responde a un conjunto de razones o factores que resulta fundamental tener en cuenta, primero porque se refiere a seres humanos, a personas en situación de movilidad que tienen, ostentan y demandan derechos; en segundo término, porque es un fenómeno social dinámico y cambiante, por lo cual la coyuntura siempre suele rebasar a las disposiciones en letra escrita y, por último, que no es lo mismo en política ser nación receptora, emisora, de tránsito, de retorno, de refugio o las cinco cosas a la vez, como pasa en México. Cada modalidad migratoria requiere de una política específica.

Pero en nuestro caso, se añaden otras dos razones de tipo geopolítico. México es vecino del país más rico, poderoso y atractivo del mundo y tiene una frontera de 3 mil kilómetros de largo. Y, por eso mismo, es la “última nación de tránsito” donde pasa y se atora todo el flujo que quiere llegar a pisar, tocar y disfrutar del llamado sueño americano. No es lo mismo ser un país de tránsito como Guatemala, o las siete naciones que tienen que atravesar los haitianos, que el caso de México, donde la corriente migratoria rebota frente al muro.

Por si fuera poco, hay que tomar en cuenta cuatro características que, por lo general, no son tomadas en cuenta: el carácter tricotómico de las políticas migratorias, el carácter disruptivo del migrante, el efecto boomerang y el efecto llamada.

Por lo general, las políticas migratorias suelen ser dicotómicas y dividen el universo en migrantes regulares e irregulares. También suele ser dicotómica la interpretación que se hace entre migrantes económicos y forzados. Pero en ambos casos, en el medio hay una zona gris gigantesca que debe tomarse en cuenta. Es decir, el asunto es mucho más complejo, por lo que proponemos una visión tricotómica. En la zona gris existen millones de personas que son irregulares, pero que no pueden ser deportados y que resulta complicado regularizarlos. Es el caso de los dreamers en Estados Unidos; los ahora llamados trabajadores esenciales, como los de la agricultura y los servicios sanitarios que no conviene deportarlos; los que tienen estatus temporal protegido (TPS, por sus siglas en inglés) y que siempre se ven obligados a renovarlos; los que tienen hijos o cónyuges que son ciudadanos; quienes solicitan refugio o visas humanitarias y los que alegan todo tipo de argumentos, a, b, c, d, o bien interponen procedimientos legales. Hay tal cúmulo de excepciones que hacen muy difícil aplicar la ley a rajatabla.

Y esto se debe al carácter disruptivo del migrante que pone su cuerpo y su vida por delante, su pa-sado y su presente, que demanda y exige que se le escuche y se le respete como ser humano. El migrante irregular rompe con el orden establecido, pero no es un delincuente, ni puede ser tratado como tal. Este carácter disruptivo suele ser personal, pero también social o grupal, es el caso de los boat people, las pateras que llegan a las costas de España o Italia, las caravanas que ingresan o se forman en México y el caso actual de los haitianos que dieron el portazo en Del Río, Texas. En muchos casos estas personas tienen que ser aceptadas de alguna manera y ellos lo saben.

El efecto boomerang se da cuando la política migratoria logra su objetivo, pero causa un efecto o un desperfecto mucho mayor, o contrario a lo que se pretendía lograr. A nivel académico fue Robert Merton el primero que lo analizó y lo categorizó, en 1936, como “consecuencias no esperadas, no previstas o no intencionadas” de una acción, en nuestro caso de una política específica, “formalmente organizada”. En el caso de Estados Unidos el ejemplo más claro de esta situación es el muro y militarización de la frontera. Era previsible que con estas medidas los costos y riesgos del cruce subrepticio serían más altos, lo que operaría como un efecto disuasivo. Pero lo que no esperaban, o no previeron, era que el flujo no sólo no se detuviera, sino que al ser más caro y riesgoso el cruce, los migrantes irregulares no regresarían, lo que incrementó el volumen general de migrantes irregulares hasta cerca de 12 millones. El remedio fue peor que la enfermedad.

Dice Merton que la no anticipación de las consecuencias depende del estado del conocimiento sobre el tema en específico. La moraleja es clara, las políticas migratorias deben definirse con el apoyo de especialistas que puedan predecir, más allá de la coyuntura.

El otro efecto es el de “llamada”. Sobre este término no conozco su autoría, pero se utilizó ampliamente en España en las últimas décadas del siglo XX, cuando empezaron a llegar migrantes ecuatorianos, colombianos, peruanos, dominicanos y de otros países a trabajar en la construcción, los bares y el cuidado de niños y ancianos, entre otras labores.

El efecto llamada, se refiere a una política de acogida o de liberalización de trámites para determinados migrantes que facilita el proceso. En este caso se favorecía a migrantes hispanohablantes de las antiguas colonias. Obviamente en la “llamada” había todo un interés económico, político y cultural. Se trataba de llenar esos puestos de trabajo con latinoamericanos, no con marroquíes o africanos, que habría sido otra posibilidad.

Hay efectos llamada programados, pero también aquellos que no se consideraron como tales. Unas pocas palabras de Joe Biden generaron un efecto llamada impresionante entre la comunidad haitiana radicada en Brasil y Chile, pero también contribuyó, en mucho, la crisis económica en tierras brasileñas y las medidas restrictivas y xenófobas en las chilenas.

Estas seis premisas deben ser tomadas en cuenta a la hora de legislar y de aplicar las políticas migratorias.

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