Opinión

Para el día después

Por: Rolando Cordera Campos

La lluvia no ha dejado de caer, pero el diluvio no parece estar cerca. La elección histórica de este domingo podrá serlo, pero no por los fines aparentes de las campañas y sus personeros más estridentes. Todo eso se probará pronto como fuego de artificios, propio de toda justa electoral que se respete. Y no sólo en los Trópicos.

Trump y su banda se empeñan en querer para su país más que una política una suerte de ley de la selva, de permanente enfrentamiento, hasta poner en tela de juicio el proceso constitucional mismo, pero, sus alcances están por verse: pueden malograr los planes reformistas del presidente Biden y las perspectivas optimistas del planeta, o acelerar su regreso a los sótanos del mundo paranoico americano de donde nunca deberían haber salido.

En todo caso, allá el proceso está abierto, nos implica de mil formas y coadyuva para que nuestro drama no acabe necesariamente en otra “tragedia del desarrollo”, como solía llamarlas el sabio Hirschman. Así es esto de la marcha del mundo y sus globalidades.

El triunfalismo presidencial recuerda algunas de las grandes películas gringas sobre sus querencias demagógicas, pero no va más allá. Su trama sería de poco alcance e impacto sobre nuestra memoria, salvo para recordarnos lo que no debe repetirse. Presumir recuperación económica y “paz, tranquilidad y gobernabilidad” es consigna con mecha corta.

Sobre el populismo tabasqueño se ha publicado mucho y mucho malo, haciendo sicologismo de segunda y, peor aún, análisis político y hasta estructural con base en analogías poco cuidadas. Las referidas al gobierno del presidente Echeverría sirven de poco para ubicar al actual Presidente y, desde luego, para evaluar el lugar y significado de aquel gobierno en la historia contemporánea. Si López Obrador quiere o no “retornar” a ese pasado y volverlo presente puede ser tema de política ficción, pero no tiene sustento, menos soporte histórico.

Lo que la nación tiene pendiente y enfrente, a partir del “día después”, es la realización de una verdadera reforma política entendida, por fin, como reforma del Estado. Que, ahora sí, todas las fuerzas políticas y todas las voces asuman que es muy costoso y riesgoso para la República seguir posponiendo la inconclusa reforma económica y social, para empezar la que tiene que ver con las finanzas públicas y su inveterada precariedad.

De no darse este fundamental paso, la reforma y el gobierno habrán fallado, en especial por su incapacidad de proteger y rescatar a las deterioradas comunidades alojadas en el mundo del trabajo formal e informal y las ubicadas en profesiones maltratadas o desatendidas, en primer término, las relacionadas con el servicio público o el empleo directo en el Estado.

Amplios contingentes de quienes votaron por López Obrador, lo hicieron debido a sentimientos de indignación y rechazo antielitista y, más allá, contra los partidos gobernantes en la era inicial, “germinal” diría Pepe Woldenberg, de nuestra democracia. No lo hicieron contra la democracia realmente existente ni se quejaron de la institucionalidad erigida para procesar pacíficamente la lucha por el poder y su transmisión.

En ambos frentes, nuestro edificio institucional y nuestro todavía imperfecto intercambio democrático, los mexicanos lo hemos hecho bien y no puede sino preocupar que, incluso desde la cumbre presidencial, se denigre esa arquitectura y se estigmatice abusivamente a los consejeros electorales que han dado pruebas eficientes y suficientes de probidad republicana.

Si el empeño es genuino, si lo que se busca es el rescate de millones de mexicanos damnificados y la reconstrucción de una economía bien asentada en instituciones protectoras, hay que sumar voluntades. Dejar de dar vueltas a la noria de la desconfianza.

Si de elección histórica se habla la convocatoria es, debería serlo, a emprender un nuevo curso de desarrollo.

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