Opinión

Oriana Fallaci: 97 años sin pedir permiso

Por: Lilia Rubio

“Escribo para no morir de rabia”.

Este 29 de junio, cumpliría 97 años Oriana Fallaci, la primera corresponsal de guerra italiana, en países como Vietnam, Grecia, el Medio Oriente e incluso México, donde en 1968, cubriendo aquel 2 de octubre, herida de balas, volvió a encontrarse con la muerte cara a cara. Sobrevivió. Nada y así sea se intitula su libro, sobre esa fatídica experiencia, en la Plaza de las Tres Culturas.

Para ella, la traída y llevada objetividad, solo era un mito.  Su brújula era la honestidad, cayera quien cayera, en ese campo de batalla en que devenían sus encuentros profesionales. “Yo no hago preguntas para obtener respuestas, sino para desenmascarar”, explicaba la oriunda de Florencia, Italia.

Combatir era su caldo de cultivo: a los 10 años, durante la Segunda Guerra Mundial, fue mensajera y transportadora de municiones para la resistencia. Como dirigente estudiantil, el ejército le otorgó una medalla por su heroísmo antifascista. ¡A los 16! “Fui soldado desde niña”, solía decir.

En la década de los cuarenta, inició su trabajo reporteando en estaciones policiacas y morgues, donde la presencia de la mujer era prácticamente nula. Quizá, allí fue donde se dio cuenta de cuán desaseado es hurgar la verdad. Sin embargo, no todo eran penumbras: también llegó a cubrir un desfile de modas de Christian Dior, desde la perspectiva de la cosificación femenina. Así, afianzó su audaz versatilidad, sin disculpas ni concesiones.

¿Quién iba a decir que pocos años después, primeros ministros, dictadores y galardonados literatos temerían el momento en que “La Fallaci” aparecía con cuaderno en mano? “Una entrevista no es un té con galletas. Es un duelo, donde uno de los dos sale herido”, señalaba y lanzaba sus dardos inquisitivos, directamente a la yugular, para colocar a los poderosos contra el paredón, independientemente de ideologías. Empero, sus conversaciones con madres, campesinos, obreros y marginados, también ocuparon su permanente interés. Para ella, esas historias tenían que contarse. No por nada, los grandes medios de comunicación la bautizaron como “maestra de la entrevista”.

 “Este chador es un trapo estúpido y medieval. Usted no tiene derecho a imponérmelo”, le dijo al Ayatollah Jomeini, después de llamarlo “tirano”, sin mencionar el “usted me miente”, que le sorrajó al anonadado Henry Kissinger, a quien no le quedó otra más que aceptar que la guerra de Vietnam había sido inútil. Al palestino, Yasser Arafat, le aseguró que los militantes suicidas no eran ni héroes ni mártires. 

A Lech Walesa, líder de Solidaridad, lo etiquetó como “vanidoso”. Él la calificó de “testaruda”, lo cual parecía tenerla sin cuidado, porque era obvio que no le interesaba quedar bien ni seguirle la corriente a sus entrevistados, sino todo lo contrario: a veces terminaba gritando su propia opinión y con la puerta en las narices. Alegaba que para que la gente escuchara la verdad, era menester hacer preguntas incómodas, para sacar de quicio al encumbrado, independientemente de si se trataba del emperador etíope Haile Selassie, la primera ministra israelí Golda Meir, el chino Deng Xiaoping, en Entrevista con la Historia (1974), o el dictador argentino Leopoldo Galtieri, durante la guerra de Malvinas.

Su filosa narrativa trascendió el periodismo. Fue autora de novelas y ensayos crudos e íntimos, que capturaron el latir de su tiempo, con la misma maestría que sus crónicas, frecuentemente convertidas en libros, como por ejemplo, poco después de los ataques del 11 de septiembre, 2001, publicó La rabia y el orgullo y La fuerza de la razón (2004), sus best sellers más polémicos, donde escribió sobre el Islam y, sin desdecirse, refutó a quienes la etiquetaban de islamofóbica: “No lucho contra la fe, sino contra las ideologías que amenazan la libertad. El periodismo no es un festival de corrección política”.

Carta a un niño que nunca nació (1975), es sobre su embarazo fallido: “Vida, si vienes, será para luchar. Si no vienes, me habrás ahorrado el dolor de verte derrotado. No te pido perdón por traerte al mundo, sino por el mundo al que te traigo”.  Epígrafe: “Para quienes no le temen a la duda, para quienes incansablemente se preguntan la razón de existir. De una mujer para todas las mujeres, este libro está dedicado a quienes se plantean el dilema de dar o negar la vida”.

Si Dios quiere o Inshallah (1990), novela basada en la vida real, es un homenaje “a los cuatrocientos soldados estadounidenses y franceses asesinados en Beirut, por los temibles kamikaze, así como a las mujeres, hombres, ancianos y niños caídos en esas eternas matanzas llamadas guerra”.

Independientemente de la peligrosidad de su labor, nada detuvo su pluma. “He vivido y sufrido demasiado para tener miedo. Además, con el mundo en llamas, no hay lugar para la neutralidad. El silencio también es una opción”.

En la biografía novelada, Un hombre, cuenta su relación de pareja con el poeta y militante griego, Alexandro Panagoulis, preso político internacionalmente conocido porque estuvo a punto de ser fusilado, por su intento de asesinar al coronel en jefe de la junta militar, como también por la salvaje manera en que fue torturado, para años después, convertirse en diputado y morir en un accidente automovilístico, bajo sospechosas circunstancias.

Cuando en 1991, le dijeron que tenía cáncer, Oriana ocultó el diagnóstico y continuó siendo fumadora empedernida. Llegó a decir que no quería que la vieran como paciente, sino como la guerrera que siempre fue. Escribió hasta el final, el 15 de septiembre de 2006, rodeada de majestuosas montañas en la Toscana, exactamente donde todo había comenzado, cuando desde niña, supo que el corazón sería su forma de lucha en el fascismo, la guerra, la reconstrucción, la rebeldía y la pérdida. “Me desagrada morir, porque la vida es bella, incluso cuando es fea”.

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