Opinión

Musa Verde | La Lagunita

Por: Horacio de la Cueva

El gobierno del estado de Baja California es responsable de la conservación, también la federación, los municipios y la ciudadanía; cedemos las tareas que nos superan a los gobiernos.

La conservación de especies y espacios nos acapara cuando hablamos de especies en peligro crítico de extinción o cuyo rescate atrae la atención pública, o espacios en inminente peligro de desaparecer; vende encabezados y anuncios. Así están, famosamente y cerca de nosotros, la vaquita, el cóndor de California, el berrendo y el borrego cimarrón. Menos conocidas, el lobo fino de Guadalupe, el elefante marino, los mérgulos, petreles, charranes y parcelas (aves marinas), los rascones y polluelas (aves costeras). Las amenazas de desarrollo sobre Cabo Pulmo, San Quintín o Punta Banda no cesan. La lista es larga; podemos agregar un sinnúmero de árboles y otras plantas endémicas y amenazadas, y cualquier isla, bosque o playa que conozcamos. Hay una explicación sencilla, sincera, simplista y real de por qué la lista es tan larga —y crece: los humanos usamos dos terceras partes de la fotosíntesis del planeta —energía solar convertida en plantas, algas y fitoplancton (fotosintetizadores microscópicos marinos).

El estado de conservación de plantas, animales y sitios no asociados directamente a la vida humana, pero incluyendo a las pesquerías, va empeorando, porque además de la fotosíntesis usamos más superficie del planeta para alimentarnos, seguimos en expansión urbana e industrial y amontonamos doquier e irresponsablemente diferentes residuos.

Para aliviar el impacto de nuestra invasión a nuestro planeta, creamos figuras de conservación de territorios. Las áreas naturales protegidas (ANP) surgieron para proteger la belleza natural de ser destruidas. No se hablaba de los «servicios ambientales». Ahora cuando pensamos, investigamos y declaramos un área natural protegida, vamos más allá de la belleza. Los servicios ambientales —los productos de la naturaleza que usamos en nuestro beneficio, asumiendo que son regalos— son parte de las consideraciones para declarar un ANP. También lo son la biodiversidad, que es más que el número de especies presentes; las especies endémicas y raras —con una distribución limitada al área—; la representatividad del ecosistema, suponiendo que estamos seleccionando las partes con el mejor valor de conservación o lugares únicos.

El gobierno de Baja California ha declarado cuando menos dos áreas naturales protegidas. Una en la Bahía de San Quintín, donde también la Conanp y Terra Peninsular han protegido áreas que asegurarán que se conserven los ecosistemas y que mantendrán sustentablemente la industria ostrícola. La otra es el parque estatal del Arroyo San Miguel. Por razones presupuestarias y políticas, estos parques son más de papel que de acciones concretas. Queda la esperanza de que se conviertan en áreas en las que se cuiden los procesos naturales.

En Ensenada, La Lagunita, un cuerpo de agua efímero —no es permanente y requiere de ayuda para mantener el espejo de agua—, el gobierno de Baja California también la ha propuesto como un área natural protegida. El lugar es visitado tanto por amantes de la naturaleza como del relajo. Siempre hay aves que la visitan; no lejos de allí anida el chorlo nevado, un ave protegida por la legislación mexicana e internacional.

La Lagunita no es un paisaje representativo o extraordinario de Baja California; no parece haber razón para declarar un área protegida. Hay mucha presión pública y activista por esta declaración. ¿Debe el gobierno estatal declarar el área natural protegida? La Lagunita es una macetita aislada de ecosistemas más sanos, como el estero de Punta Banda.

Por su mal estado de conservación, es difícil creer que una declaración de protección sea útil; está incrustada entre desarrollos urbanos y es utilizada como refugio por personas sin techo y perros ferales.

Pese a todas estas objeciones, declarar a La Lagunita como una reserva estatal tiene muchas ventajas. La figura de reserva estatal permite la restauración del sitio. Será caro mantener el cuerpo de agua, pero la reserva permitiría implementar proyectos piloto de conservación.

Hay otra buena razón: la educación ambiental. Es lo suficientemente chica para que la vigilancia asegure que se obedezcan las reglas y se respeten señales y senderos. Es el mejor lugar para enseñar a los ensenadenses y visitantes a comportarse en las áreas naturales protegidas. La Lagunita como el pequeño gran salón de educación ambiental.

Related Posts