Opinión

Musa Verde | FIFA y el calor

Por: Horacio de la Cueva

El torneo de fútbol de la FIFA 2026, de selecciones nacionales masculinas, se está jugando en las partes sur y media de América del Norte. Las distancias entre las ciudades participantes son grandes y los tiempos entre juegos, cortos. Los desplazamientos de jugadores, equipos técnicos, árbitros, locutores y aficionados tienen que ser rápidos. Estos viajes tienen un costo ambiental.

Entre los traslados forzados estuvieron los de la selección de Irán, que tuvo que viajar a Tijuana entre partidos; jamás fue bienvenida a los Estados Unidos. ¿Eso es la paz mundial del premio FIFA?

Consideremos algunos de los costos económicos y ambientales de la Copa Mundial. Para viajar a América del Norte desde el resto del mundo y dentro de ella, lo más eficaz es desplazarse en avión. Los vuelos no son baratos. El aumento del precio de la turbosina —el combustible que usan los jets— por el bloqueo del estrecho de Ormuz se tradujo en el incremento de los boletos de avión desde Europa hacia América. Aun así, las ciudades receptoras están llenas de turistas europeos. Quiero suponer que también de turistas africanos, asiáticos y del Pacífico Sur. Muchos de estos deben haber pasado por Europa, así que también pagaron el sobreprecio del combustible. Además, contribuyeron a la emisión de gases de efecto invernadero.

La mayoría de las flotillas del transporte público en los tres países anfitriones tiene motores de combustión interna: diésel, gasolina o gas natural; pocos, como el metro y el tren ligero en la CDMX, son eléctricos, aunque la electricidad es generada por combustóleo, carbón y otros combustibles fósiles.

Para proveer de alimentos y bebidas a selecciones, su equipo técnico y médico, y espectadores, hay que llevar el alimento a donde estén: los estadios y sus alrededores. Otra fuente de emisiones que no podemos despreciar.

Todo este movimiento de bienes y personas, la modernización de los estadios, sus vías de comunicación y los años de preparativos han contribuido a la generación de gases de efecto invernadero. No creo que el carbono almacenado en el pasto de las canchas de fútbol de este torneo pueda compensar las emisiones generadas por esta competición mundial.

Al dueño —perdón, presidente— de la FIFA, Gianni Infantino, ni al resto de los directivos de la asociación debe preocuparles el calentamiento global; no he escuchado que lo mencionen ni que propongan medidas para compensar las emisiones generadas. Aunque sí le importó que la FIFA reconociera el trabajo que el presidente de los EE. UU. A., Donald Trump, ha hecho por promover la paz de los cañonazos en Irán, hundir pangas de pescadores y amenazar con invadir Groenlandia y anexar Canadá.

¿Le debe importar a Infantino? Suiza, de donde es originario, está sufriendo bajo un domo de calor histórico para Europa. Más de 1300 personas han muerto. Este domo se desplaza hacia el este; mientras escribo, está sobre Alemania y Polonia y amenaza a París este primer fin de semana de julio.

La razón única y principal para explicar estos domos de calor es el calentamiento global —su nombre correcto—, no la “variación climática” que argumenta el presidente octogenario, ferviente admirador del dinero e ignorante racista. Hijo malcriado y consentido. Ya saben quién.

El cambio climático ha provocado un aumento de la temperatura global muy cercano a 1,5 grados centígrados. Los modelos predicen que el calentamiento no es uniforme en todo el globo. Europa se ha calentado poco más de medio grado desde los años noventa, dos veces más rápido que el centro del mundo. El efecto de calentamiento por los gases de efecto invernadero es particularmente sensible porque, en el norte del continente, el hielo y la nieve se derriten, disminuyendo el albedo —cantidad de luz reflejada al espacio por estas superficies blancas—. La luz absorbida se convierte en suelos más calientes y en el derretimiento de nieves y glaciares.

Sin negar que la Copa Mundial masculina de la FIFA es muy popular al reunir a quienes se consideran los mejores jugadores de fútbol del mundo, no podemos dejar de lado su gran función como distractor de problemas mundiales, nacionales y locales que nos aquejan. Tampoco podemos ignorar los costos ambientales de este certamen trinacional. Hay muchos costos indirectos que no tengo el espacio para detallar. Hay un problema más que destacar: la FIFA ha convertido al deporte más popular y más fácil de organizar del mundo —cualquiera puede armar una cascarita— en un juego que solo una pequeñísima élite puede disfrutar en vivo. Esa es otra discusión.


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