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Opinión

María Elena Ríos

Por: Elena Poniatowska

–La música es la forma en la que he salido a flote de una experiencia muy fuerte que jamás imaginé y que ningún ser humano podría vivir. A mí me conocen como “la saxofonista agredida con ácido” –informa María Elena Ríos, sentada ahora frente a mí con la gracia de su cuerpo delgado y su bello rostro todavía ahora expuesto a cualquier atentado.

–¿Qué te pasó, María Elena? –pregunto alarmada y de tan alarmada la tuteo.

–Después de recibirme como comunicóloga, en Puebla, decidí regresar a Oaxaca, mi tierra. Supe que un diputado local del PRI buscaba quién se hiciera cargo de su “comunicación social”. Me postulé y así conocí a quién sería mi agresor. En Oaxaca, yo había puesto una agencia de viajes y era gestora de pasaportes. Vendía vuelos y en la noche tocaba en una banda. También daba clases de música a principiantes y dos veces al año viajaba a Estados Unidos a vender ropa artesanal.

–¡Qué bárbara! ¡Cuántas cosas! –su energía es admirable y se lo hago saber. Es poco común que a una mujer le guste tocar el saxofón, ¿cuándo lo oíste por primera vez y por qué lo escogiste?

–Pues sí, no es normal porque desde el siglo XVIII las señoritas tocaban piano o arpa, pero a mí me interesaron los instrumentos de aliento. Yo soy de una comunidad de Oaxaca, Santo Domingo Tonalá, en la que es muy común que los niños aprendamos música. Mis papás me llevaron a clases de solfeo y de flautita dulce en la banda de la comunidad y todas las tardes, al final de la clase, preguntaba: “Maestro, ¿qué instrumento me va a dar?” y respondía: “Clarinete”, “No, es que a mí no me gusta”. “Entonces, ¿cuál quieres?”, “Quiero el que es así” y le mostré uno enorme. “Ah, el saxofón. No, el saxofón no, porque eres muy chiquita y no lo vas a aguantar”. En ese momento iba a cumplir 10 años y de tanta insistencia el maestro me dio el saxofón. Recuerdo que ni quería soltar el estuche porque pensé que podía arrepentirse. Mi papá me decía: “Suéltalo, hija, pesa mucho”.

“El saxofón es muy melódico y puede imitar la voz y la melodía humana. El sonido me gusta y por eso tomé el saxofón alto por más que pesara.”

–Oaxaca es tierra de notables artistas. ¿Es más fácil para las mujeres destacar en ese ámbito?

–Tengo 30 años, pero para poder ser saxofonista enfrenté varios obstáculos. Porque soy mujer me rechazaron los miembros de la banda municipal de Huajuapan de León. Recuerdo que llorando abandoné el saxofón; mi papá, que acababa de comprármelo se entristeció. Cuando las Misiones Culturales llegaron a Huajuapan, un maestro de la sierra mixe de Oaxaca, del pueblo de Tlahuitoltepec, me dijo: “Tú ya sabes, yo voy a enseñar a principiantes, tú tocas mucho mejor que los otros, tráeme a tus papás”. Les explicó que yo tenía talento y merecía que me llevaran al Centro de Iniciación en Tlahuitoltepec (Cecam). “No, m’ija –se negó mi padre–, nunca hemos salido del pueblo y sola no te voy a dejar”. Después entendí que tuvo miedo de que me violaran.

“En la prueba de orientación vocacional resulté apta para derecho, música o comunicación. Como hablo bien en público escogí comunicación. En la BUAP, una compañera me invitó a tocar música pop. La violinista Rubí me enseñó su técnica y le pregunté: ‘¿Dónde estudias?’ Recuerdo cómo se irguió al responderme: ‘En el Conservatorio de Música del estado de Puebla. ¿También tú quieres estudiar, Male?’ Entré al nivel propedéutico de música y al mismo tiempo estaba estudiando comunicación.

“Siempre he pensado que la música o cualquier expresión cultural no va a servir de nada si solo la conviertes en ego o vanidad, ¿cuántos artistas van solamente a que los mires y usan el escenario egocéntricamente? Nina Simone lo decía, ella fue una luchadora social importante a partir de la música, era la negra que pretendía ser concertista clásica y terminó tocando jazz. A partir del ámbito al que nos dedicamos, tenemos una guía, la mía fue la música y fue también la que provocó la agresión de la que fui víctima. Mi agresor me dijo: “¿Qué chiste tiene andar tocando?” “A mí me hace sentir libre, me completa, siento que soy poderosa cuando toco”.

–Pero para tocar el saxofón se necesitan buenos pulmones.

–No se necesitan buenos pulmones, solamente es la técnica que tienes en el diafragma; de hecho, está mal tocar con puro pulmón. El diafragma es como un globo que se hace grande, así empieza la técnica adecuada porque si tocas todo el tiempo con los pulmones, los dañas y tocas mal.

–María Elena, estás desmintiendo varias creencias alrededor de la música.

–Muchos creen románticamente que “la música cura” o “sin la música la vida no tendría sentido”. Sí, pero ¿cómo lo expresas, cómo lo experimentas? Después del ataque con ácido que sufrí, en el hospital muchas veces maldije: “Si yo no hubiera querido ser música, mi agresor no se habría enojado”.

“Cuando me invitan a tocar es como solista. Siempre encuentro solidaridad por parte de los compañeros que me permiten hacer uso del micrófono para pronunciarme, porque no soy la única que ha sufrido un ataque con ácido. Todas hemos vivido situaciones de vulnerabilidad. A mí me gustaría que las mujeres dejáramos de tener miedo o vergüenza y denunciáramos lo que nos hacen; si yo he podido con tanta adversidad, otras también pueden hacerlo.

“Cuando toqué por primera vez, después de la agresión, con ‘Mujeres del viento florido’, tomé el micrófono para decir que Vera Carrizal estaba libre. Cuando toqué en el Vive Latino, me vestí de verde ácido porque para mí representa el ácido que me echaron y me pongo ese color porque estoy viva y me hice más fuerte, no me mató. Cuando toqué en el Zócalo –frente a más de 160 mil personas–, el mensaje fue vestirme de anaranjado porque ese es el color para erradicar y prevenir la violencia contra las mujeres y me puse una frase: ‘No soy la musa blanca’, porque a las mujeres nos siguen tratando como en el siglo XVIII que las señoritas no eran consideradas profesionistas musicalmente, sino aficionadas que acompañan como música de fondo a las tertulias. Destinadas al matrimonio, muy pronto me di cuenta de que nosotras podemos ser buenas profesionistas.”

Pocas entrevistas me han conmovido tanto como la de esta guerrera joven y bonita sentada frente a mí contándome que fue víctima de una agresión que ha cambiado su vida y la ha vuelto una mujer que denuncia, acusa, se expone, se rebela y se convierte en una heroína que debería encontrarse entre las estatuas que están en el Paseo de la Reforma. Nadie como ella para levantar su rostro lastimado y decirnos que su victoria es ahora su mejor arma de defensa para ella y para otras mujeres agredidas que la consideran un paladín de entereza femenina.

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