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Opinión

Mar de Historias / Nadie, nada, nunca

Por: Cristina Pacheco

Para su familia y los vecinos, él era simplemente Leoncio. Su condición mental lo despojó de sus apellidos y de hecho no los necesitaba puesto que en aquel barrio no había nadie más con sus características físicas, ni con tan fiero nombre. Para identificarlo sin la mínima posibilidad de confundirlo con otra persona, era suficiente referirse a como él como al “hijo de aquel matrimonio que murió en el derrumbe del puente cuando iban a pagar una manda a San Juan de los Lagos.” Quienes preferían ahorrarse esta explicación se limitan a llamarlo “el raro”, “el enfermo”, “el loquito.”

Padeció de otras privaciones, para muchos más que justificadas cuando se trata de personas como Leoncio: jamás rectificaron su fecha de nacimiento –¿para qué?–, no lo inscribieron en la escuela –¿para qué?–, nunca lo visitó un médico –¿para qué?–, no hubo quien cultivara su oído musical –¿para qué?–, nadie lo invitó a posar ante la cámara al momento de tomarse la foto del recuerdo –¿para qué?–, nadie le apartó un asiento en el camioncito de redilas que su familia abordaba cuando salía de paseo –¿para qué?–, nunca le pidieron su punto de vista acerca de algún tema relevante; bueno, ni siquiera le preguntaron cómo se sentía comiendo solo en la mesa de la cocina o aislado en el último cuarto de la casa.

Era muy amplio, no se le incluyó en ninguna de las sucesivas remodelaciones y seguía siendo de adobe. Lianas de telarañas iban de una esquina a otra; la luz natural, el aire fresco y las ráfagas de lluvia entraban por una claraboya abierta en el centro del techo.

El mobiliario no excedía los límites de lo estrictamente necesario, ¿para qué más? Junto a la cama, en realidad un catre, dos cajas encimadas hacían las veces de ropero y buró sobre el que siempre había una palmatoria con un cabo de vela, un jarro para el agua y la armónica con que Leoncio se acompañaba durante las noches. ¿Alguien se interesó por aliviar su insomnio? No, nadie, nunca, ¿para qué?

II

A diario lo llevaban a la misa de siete y los domingos a la de doce. En el momento de recoger las limosnas, el monaguillo en turno le permitía a Leoncio llevar la tolva donde los feligreses dejaban caer las monedas al tiempo que, con torpe disimulo, lo veían con el asombro con que se mira a los perritos de circo cuando bailan.

Cumplida su tarea, Leoncio volvía a su lugar, se hincaba y con las manos unidas a la altura del pecho mantenía, durante el resto de la ceremonia, una expresión de arrobo. Su familia veía esa actitud como prueba de que, aún quienes tienen la desdicha de venir al mundo despojados de la razón, cuando se les inculca la fe son capaces de expresar fervor religioso.

Al salir de la iglesia los feligreses formaban pequeños grupos en el atrio y permanecían conversando durante algunos minutos. Sin que nadie lo tomara en cuenta Leoncio seguía atento el ritmo de las charlas hasta que alguien de su familia lo tomaba de la mano y, sin decirle nada, lo conducía de regreso a la casa.

En cuanto llegaban las mujeres, despojadas de sus mantillas, se iban a la cocina a preparar la comida y él corría a su cuarto de adobe, tomaba la armónica y se ponía a tocar quedito algo parecido a la música del órgano que lo conmovía, al punto de arrancarle lágrimas silenciosas durante la misa. ¿Alguien le preguntó el motivo de su llanto? No, nadie, nunca, ¿para qué?

III

Los domingos por la tarde, cuando por lo general llegaban las visitas, Leoncio era el encargado de abrirles la puerta y conducirlas a la sala en donde él permanecía, inmóvil, hasta que alguna de la recién llegadas le preguntaba por simple diversión, qué edad tenía, a lo que él siempre contestaba levantando la mano derecha con los dedos separados. “¡Cinco!”

La respuesta que era motivo de hilaridad y elogios para él “por ser tan listo”, lo hacía merecedor a una galleta que enseguida guardaba en el bolsillo de su overol, temeroso de que alguien se la quitara. Volvían a oírse risas y enseguida algún miembro de la familia aprovechaba el momento para recordarle que las personas de cinco años se van a dormir temprano, así que ¡a la cama!

En lugar de obedecer y refunfuñando, Leoncio se escondía detrás de algún sillón y allí se quedaba hasta que era doblegado por la eterna amenaza: “Si no obedeces, el domingo no te llevamos a la iglesia para que recojas las limosnas.” Entonces Leoncio abandonaba su escondite y corría a su cuarto, en donde lo esperaban el comienzo del atardecer asomado por la claraboya, el rasgueo de las patas con que los insectos acompañaban su ir y venir por las paredes y la pequeña armónica.

IV

Sin que nadie le preguntara por qué, Leoncio empezó a decaerse, a aislarse. Comía muy poco y dejó de interesarse por que lo llevaran a la misa de doce los domingos. Lo único que hacía era tocar en su armónica la extraña música que inventaba, tal vez para decir lo que nunca pudo expresar mediante las palabras.

Una mañana Leoncio amaneció muerto en el cuarto de adobe, en su catre. Su familia decidió velarlo en la sala, en donde por primera ocasión él pudo quedarse más de una noche. Poco después de ser enterrado recuperó sus apellidos: están escritos sobre la piedra que protege su sepultura. Leoncio dejó de ser “el raro”, “el enfermo”, “el loquito” y será para siempre la vaga sombra de la sombra que fue. Nadie. Nada. Nunca.

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