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Opinión

Mar de historias

Por: Cristina Pacheco

A mitad de la escalera, Andrea tropieza con una pareja de vecinos. Al paso la saludan y ella responde automáticamente con las palabras habituales, aunque sigue pensando en el diagnóstico del doctor Márquez y la expresión angustiada de Jovita, la enfermera que siempre la recibe sonriente y mientras la ayuda a prepararse le pregunta si está durmiendo mejor, cómo va en su trabajo de foniatra y aprovecha para confesarle cuánto le hubiera gustado estudiar esa especialidad.

Hoy la asistente se veía nerviosa y no le hizo conversación. Andrea lo atribuyó a un mal momento, pero necesitaba hablar de lo que fuera para distraerse mientras aparecía el doctor y, sin pensarlo, le preguntó a Jovita cómo se sentía con sus nuevos lentes. «¿Yo?«, le respondió extrañada, como si temiera sentirse más digna de atención que la paciente.

II

Andrea continúa subiendo las escaleras como ha hecho antes, cuando no pesaba sobre ella esa condena que puede cumplirse en días, un mes, un año o, dados los avances de la ciencia, tal vez nunca; pero aun así, se considera marcada, como esos árboles señalados con una cruz roja que indica su enfermedad y su próximo derribo.

Para evitar nuevos encuentros Andrea sube de prisa, pero es inútil: al verla, su vecina que sacude el tapete en la ventana le dice, en tono entre alarmado y divertido, que en su cocina ya aparecieron las hormigas, como cada año cuando cambia el tiempo. Andrea levanta los hombros y se aleja rápido, sobreponiéndose a la pesadez causada por la tensión nerviosa y el esfuerzo por contener el ansia de gritar, romperlo todo, esconderse en cualquier sitio donde nadie la interrogue, ni quiera detenerla en su huida, como hizo Jovita unos minutos antes, aconsejándole que no se precipite, que espere a calmarse un poco porque así, tan nerviosa como se encuentra, puede tener un accidente.

Andrea justificó su urgencia por salir del consultorio aduciendo un compromiso de trabajo. Jovita la acompañó hasta la puerta y en un tono suplicante le pidió que tuviera cuidado. ¿Con qué iba a tenerlo? ¿El tráfico intenso y caótico que a esas horas convierte la avenida en una confusión de motores y cláxones? ¿Los delincuentes? ¿La pandilla de pedigüeños que se lanzan sobre los automóviles cuando no obtienen la moneda que piden?

A esas alturas de su vida ya no puede temer a nada más que a ese padecimiento que había ido trepando por el interior de su cuerpo con la tenacidad de una enredadera ávida de conquistar nuevos espacios en el muro.

III

Con dificultades, a causa del temblor de las manos, Andrea consigue al fin insertar la llave en la chapa, abre la puerta y entra en su departamento. Sin encender la luz, suelta su bolsa y se desploma en el sillón, cerca de la mesa donde está el teléfono. Eso le recuerda que prometió llamar a Estela en cuanto regresara. Su amiga quiso saber adónde iba, pero ella se despidió, como si no la hubiera escuchado.

No le había dicho que iba al consultorio del doctor Márquez para recoger el resultado de unos análisis porque no quería preocupar a Estela, agobiada por los años de desempleo de su hijo Amancio, las desavenencias con su nuera y el problema renal que acaban de detectarle a su único nieto.

Comprende que es imposible seguir ocultando lo que le sucede y que en cuanto llame a Estela tendrá que explicárselo todo, aunque tal vez no encuentre las palabra justas para decirle que ya todo parece inútil y que su futuro es más que incierto. Su final puede sobrevenir dentro de meses o un año. Para esa fecha, los albañiles habrán terminado de construir el edificio donde antes hubo una casa que fue demolida. Sobre el terreno baldío se construyó un kínder y a partir de entonces, desde temprano, la calle se llenaba con las voces y las risas de los niños.

Andrea se pregunta qué habrá sido de ellos para no preguntarse qué será de su vida durante el impreciso, angustioso tiempo de la espera; qué actitud adoptará ante sus compañeros de trabajo cuando en su onomástico le deseen muchos años de vida, qué le comentará a su vecina en el momento en que vuelva a decirle que, como siempre por estas fechas, ya reaparecieron las hormigas. Andrea sabe que volverán eternamente, avanzarán por los rincones y las grietas, sin que nadie logre desterrarlas.

IV

El golpe de una puerta al cerrarse la sobresalta. Instintivamente alarga la mano, enciende la luz y ve el teléfono. Lo primero que se le ocurre es llamar al consultorio y pedirle a la enfermera que le haga otra cita con el doctor Márquez, tal vez él se haya equivocado y pueda darle motivos de esperanza y la ayude a entender. «¿Qué cosa?» –grita Andrea, ahogada en llanto.

Vuelve a sacudirla el pánico que experimentó cuando su médico le dijo el origen de ciertos dolores, de los mareos, las manchitas en su piel y de otros síntomas, hasta que al fin pronunció su veredicto, lo que no significaba que abandonaran la lucha porque, para la medicina, siempre hay una esperanza. Jovita había repetido la frase mirándola intensamente, como si quisiera grabarle esas palabras sobre las marcas que han ido avanzando sobre su piel, silenciosas y constantes como hormigas.

Suena el teléfono. Es Estela. Celebra que haya vuelto porque tiene algo que decirle y que le había ocultado para no preocuparla: después de mandar decenas de solicitudes a todas partes, su hijo Amancio había conseguido un muy buen trabajo, lo único malo era que tendrían que mudarse cuanto antes a Costa Rica. Al fin una buena noticia, ¿no era algo maravilloso? Andrea mueve la cabeza, juega con el cable del teléfono, intenta una sonrisa, pero de sus labios escapa un gemido. Estela le suplica que no se ponga triste, por lejos que se vaya siempre la considerará como a una hermana y además promete venir a visitarla cada año, sin falta. Andrea recuerda a las hormigas.

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