Opinión

La Casa Blanca usa la historia como herramienta de poder para endurecer la frontera

Por: Mónica García Durán | Rompecabezas

El comunicado no firmado y difundido por la Casa Blanca que conmemora la guerra entre México y Estados Unidos (1846–1848) es un acto político deliberado, de ninguna forma es un desliz retórico o una pieza histórica, pues vincula ese conflicto con las actuales políticas migratorias y de seguridad hemisférica, con lo que la administración de Donald Trump busca algo más profundo que provocar: reordenar el marco moral desde el cual Estados Unidos se relaciona con América Latina.

La frase clave —“guiado por nuestra victoria en los campos de México”— no apela al pasado por nostalgia, sino por conveniencia. Sirve para normalizar una narrativa de confrontación, donde la fuerza, la presión y la intervención se presentan como respuestas históricamente legítimas ante supuestas amenazas externas. La migración, en este relato, deja de ser un fenómeno social y humano para convertirse en un riesgo existencial.

El verdadero propósito del mensaje

Según voces expertas cuestionadas sobre el tema, el objetivo central del comunicado es justificar el endurecimiento extremo de la política migratoria y, por extensión, de la política exterior estadounidense hacia la región. Para lograrlo, la Casa Blanca hace tres movimientos simultáneos:

Primero, redefine la guerra de 1846–1848 como un acto defensivo, borrando deliberadamente su carácter expansionista. No hay mención de la esclavitud como motor del conflicto ni del despojo territorial que desplazó a cientos de miles de indígenas. La omisión no es un descuido: es una limpieza narrativa que permite presentar a Estados Unidos como una nación históricamente asediada, nunca agresora.

Segundo, traslada ese marco al presente. Al hablar de “invasión” y “fuerzas del mal”, el gobierno equipara migración con violencia, crimen y caos. El mensaje es interno —dirigido al electorado— pero también externo: Estados Unidos se arroga el derecho de actuar unilateralmente en el hemisferio si considera que su seguridad está en juego.

Tercero, construye una coartada ideológica para presiones futuras. Si la expansión territorial fue correcta en el siglo XIX, la coerción política, económica o incluso militar puede serlo en el XXI. La historia se convierte así en licencia moral.

Académicos como Alexander Aviña, de la Escuela de Estudios Históricos, Filosóficos y Religiosos de la Universidad de Estatal de Arizona, han señalado que este tipo de discursos minimizan la violencia estructural que permitió la expansión estadounidense. Más aún, advierte que la administración Trump abraza abiertamente un capítulo que durante décadas fue considerado vergonzante incluso dentro de Estados Unidos. No es casual.

Como ha subrayado Albert Camarillo, doctor en Historia de la Universidad de Stanford, este comunicado se inscribe en una política más amplia: reordenar el lenguaje oficial, eliminar referencias incómodas y blanquear episodios históricos que contradicen la narrativa de grandeza nacional.

“La orden de restaurar la verdad en instituciones como el Smithsonian y la eliminación de registros sobre esclavitud, pueblos indígenas o cambio climático forman parte del mismo proyecto”, añadió en una entrevista con la agencia Reuters.

No se trata de ignorancia histórica, sino de ingeniería ideológica desde el Estado.

México en el centro del mensaje

La reacción de la presidenta Claudia Sheinbaum, al recordar que “hay que defender la soberanía siempre”, fue medida, incluso irónica. Pero el fondo es serio: México aparece nuevamente como el “otro” necesario para construir el relato de amenaza.

Cada vez que Trump menciona la posibilidad de acciones militares contra cárteles, o presiona con sanciones y amenazas, el marco ya está listo: la historia “demuestra” que Estados Unidos actuó antes, ganó antes y, según esta lógica, puede hacerlo otra vez.

La historia como frontera

El comunicado no busca reconciliar el pasado ni explicar el presente. Busca disciplinar el debate, dentro y fuera de Estados Unidos. Al reescribir la guerra con México como una gesta defensiva, Trump envía un mensaje claro: la soberanía ajena es secundaria cuando se trata de la seguridad estadounidense.

La migración es el pretexto inmediato. El verdadero fondo es otro: reafirmar una jerarquía hemisférica donde Washington decide, define y actúa. La historia, convenientemente editada, se convierte en muro, en doctrina y en advertencia.

En términos concretos, el entramado editorial lanzado por la Casa Blanca infiere que a partir de la guerra México–Estados Unidos, el presidente Trump busca legitimar una política migratoria y regional más agresiva, reescribiendo la historia como defensa y no como expansión. El objetivo no es el pasado: es justificar el uso del poder duro en el presente y marcar límites políticos al hemisferio bajo la lógica de “Estados Unidos Primero”.

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