Opinión

Inteligencia artificial en los tribunales: el día que el algoritmo empezó a pensar sentencias

Por: Arturo Méndez Preciado | El arte de conversar

Durante siglos, la justicia se concibió como una actividad profundamente humana. Jueces que escuchan, analizan, ponderan y, finalmente, deciden. El derecho procesal, la teoría de la prueba y la propia idea de motivación de las sentencias descansan sobre esa premisa: detrás de cada resolución existe un razonamiento humano que puede explicarse, revisarse y, eventualmente, impugnarse.

Sin embargo, el mundo tecnológico avanza con una velocidad que el derecho rara vez logra anticipar, y esa aceleración empieza a tocar también a los tribunales.

En fechas recientes, el Semanario Judicial de la Federación publicó criterios de tribunales colegiados que abordan un tema que, hasta hace poco, parecía propio de debates académicos o de la literatura futurista: el uso de inteligencia artificial dentro de los procesos jurisdiccionales.

Los criterios son prudentes, pero reveladores. Reconocen que las herramientas de inteligencia artificial pueden utilizarse dentro de la actividad jurisdiccional, siempre que se respeten ciertos elementos mínimos: supervisión humana, transparencia, protección de datos personales, control sobre posibles sesgos algorítmicos y responsabilidad final del juzgador.

La conclusión parece razonable: la inteligencia artificial puede ayudar, pero no puede decidir. La valoración de pruebas, la interpretación del derecho y la decisión final siguen siendo responsabilidad del juez.

En la práctica, herramientas capaces de revisar redacción, ordenar información, localizar precedentes o realizar cálculos complejos ya se han convertido en auxiliares habituales dentro del trabajo jurídico. Despachos, universidades y organismos públicos utilizan sistemas capaces de procesar grandes volúmenes de información jurídica en cuestión de segundos.

Sería ingenuo pensar que los tribunales permanecerán completamente al margen de esa transformación. De hecho, algunos criterios judiciales admiten expresamente que estas herramientas pueden emplearse para tareas técnicas dentro de las resoluciones —por ejemplo, cálculos matemáticos o análisis cuantitativos de información—.

Hasta aquí, todo parece sensato. El problema surge cuando intentamos definir con precisión dónde termina la asistencia tecnológica y dónde comienza la influencia real en la decisión judicial.

Si un sistema informático ayuda a organizar un expediente complejo, a identificar precedentes relevantes o a sugerir estructuras argumentativas, ya está participando —de alguna manera— en el proceso intelectual que conduce a la sentencia.

No decide por sí mismo, pero interviene en el camino que lleva a la decisión. Y esa intervención abre preguntas que el derecho apenas comienza a formular.

¿Debe informarse a las partes cuando se utilizan herramientas de inteligencia artificial en la elaboración de resoluciones? ¿Hasta qué punto puede apoyarse un juzgador en sistemas cuyo funcionamiento depende de algoritmos cuya lógica interna no siempre es completamente transparente?

Las preguntas no son meramente teóricas. Los tribunales enfrentan hoy cargas de trabajo cada vez mayores: expedientes voluminosos, bases de datos jurisprudenciales gigantescas y litigios cada vez más complejos. En ese contexto, la promesa de herramientas capaces de procesar información a gran velocidad resulta naturalmente atractiva.

La tecnología promete eficiencia, pero la justicia exige algo más que eficiencia: exige responsabilidad. Porque las sentencias no son simples documentos técnicos; son actos de autoridad que afectan derechos, patrimonio y libertades de las personas.

Por eso, la legitimidad de una resolución no depende únicamente de su resultado. Depende también de la confianza en que la decisión fue adoptada por un juez que asumió personalmente la responsabilidad de razonar el caso.

La inteligencia artificial seguirá expandiéndose dentro del mundo jurídico. De eso no hay duda. Pero existe una frontera que el derecho no puede perder de vista.

El día en que las decisiones judiciales comiencen a depender sustancialmente de sistemas que nadie controla completamente, la pregunta dejará de ser tecnológica.

Se volverá institucional. Y entonces quizá tengamos que plantearnos algo más inquietante: si la inteligencia artificial participa en el razonamiento que conduce a una sentencia, ¿quién es realmente el juez?

¿Usted qué opina? ¡Se vale replicar!

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