Opinión

Indignación por el martirio de los jesuitas asesinados en la Tarahumara

Por: Bernardo Barranco V.

Dolor, rabia, impotencia e incredulidad ha causado el asesinato de dos jesuitas en la Sierra Tarahumara. No basta resignarnos con admitir que los sacerdotes fueron alcanzados por la violencia de la región y del país. “Les tocó” como a tantos otros mexicanos que han perdido la vida en esta vorágine de terror que vivimos desde el gobierno de Felipe Calderón.

Anteayer entre las 5 y 6 de la tarde, los sacerdotes jesuitas César Joaquín Mora Salazar y Javier Campos Morales, llamado Padre Gallo, fueron asesinados por varios sicarios en el templo de Cerocahui en la Sierra Tarahumara. Aún no hay mucha claridad de los hechos y desconocemos los motivos por los que levantaron los cuerpos de las víctimas.

Reina un profundo desconcierto porque se trata de dos jesuitas misioneros, fieles al pueblo pobre y sufriente de la Tarahumara. Comprometidos con los indígenas pobres entre los pobres. El peso histórico de esa misión se remonta al siglo XVII. Los jesuitas asesinados eran dos misioneros ya ancianos, que se habían inculturado y consagraron toda su vida en la pastoral en favor de las comunidades, principalmente, rarámuris en la Tarahumara. Su presencia se remonta 40 años en la región y fueron honrosos herederos del gran obispo jesuita José Llaguno (1925-92).

Los jesuitas en la región Tarahumara se han distinguido por ser solidarios con las comunidades marginadas, explotadas y reprimidas. No enseñaban la fe en abstracto; promovían el desarrollo económico, la educación, la organización social y los derechos humanos. Con todo dolor, en un comunicado, las comunidades eclesiales de base de la zona expresan infinita tristeza y rabia, pero mantienen la esperanza de que no habrá impunidad. No sólo sus vidas les fueron arrebatadas, sus cuerpos fueron desaparecidos. Refiriéndose al Padre Gallo, quien les acompañaba el comunicado, le recuerda: “Espiritualidad, amor profundo e incondicional en el seguimiento de Jesús, fue la frase que Javier Campos Morales SJ, compartió en la Asamblea Diocesana de Animadores de Comunidades Eclesiales de Base, celebrada el 3 de junio de 2022”. La Compañía de Jesús expresó que estos hechos no son aislados. La Sierra Tarahumara, como muchas otras regiones del país, enfrenta condiciones de violencia y olvido que no han sido revertidas. Todos los días hombres y mujeres son privados arbitrariamente de la vida, como hoy fueron asesinados nuestros hermanos. Prosigue: “Demandamos que de forma inmediata se adopten todas las medidas de protección para salvaguardar la vida de nuestros hermanos jesuitas, religiosas, laicos y de toda la comunidad de Cerocahui”.

La Compañía de Jesús ha tenido un papel muy importante en la cultura mexicana. Los jesuitas llegaron a fines del siglo XVI. Ya estaban instalados los franciscanos, los dominicos y los carmelitas. Por ello, sus misiones se orientaron territorialmente a Guanajuato, San Luis y Coahuila. Después se expandieron a Durango, Sinaloa y Chihuahua. Forjaron ciudades y colegios. Fueron formando la intelectualidad colonial hasta que fueron expulsados por Carlos III de toda América por no acatar plenamente los mandatos de la corona. Los jesuitas habían optado por defender la dignidad de los indios bajo los principios cristianos y la lealtad al Papa. Las revueltas guaraníes detonaron el destierro con un gran costo para las colonias. Retornaron en el siglo XIX y no les fue fácil adaptarse al México independiente y liberal. En la actualidad, los jesuitas juegan un papel muy importante en el desarrollo de una Iglesia de los pobres y de la teología de la liberación.

Existe otra veta de análisis de este deplorable asesinato de dos sacerdotes buenos. Hoy, ser sacerdote en México es ostentar una profesión peligrosa. Ser ministro de culto en México es una función de alto riesgo. Muchísimos casos de curas asesinados siguen la ruta de la impunidad, el no esclarecimiento de los hechos y la lasitud institucional, incumpliendo con el esclarecimiento de los hechos ni aplicando justicia. Con vergüenza, nuestro país se destaca por ser donde más se asesina a integrantes del clero. Con datos del Centro Católico, en los últimos 30 años han sido asesinados más de 70 sacerdotes católicos. Siete en lo que va en el sexenio de AMLO. Los motivos son múltiples como el robo, secuestro, la extorsión, móviles pasionales y también políticos. Las entidades más peligrosas de la República son Michoacán, Guerrero, Distrito Federal y el estado de México.

Cabría preguntarse sobre los evidentes signos de la desacralización del ministerio sacerdotal en la actual sociedad mexicana. Desde hace años me viene dando vueltas el tema. Pareciera que hay vaciamiento del sentido mistérico de la práctica religiosa de las estructuras religiosas. ¿Desinstitucionalización de la fe? ¿Cómo entender que la población siga siendo tan religiosa pero cada vez más distanciadas de las instituciones y estructuras religiosas? La gran crisis que sufre la Iglesia en la sociedad contemporánea es el descrédito de su sacralidad. Vía los medios, se percibe una conducta más política, elitista y hasta disipada de actores religiosos, como el fallecido Onésimo Cepeda, Juan Sandoval íñiguez y de Norberto Rivera. Han contribuido a una percepción mundanizada del ministerio sacerdotal. Ya no son líderes espirituales, sino actores profanos vacíos con agendas frívolas.

El martirio de Javier y Joaquín requiere, la recuperación de sus cuerpos, el esclarecimiento de los hechos, aplicación de la ley hacia los responsables, la protección de las comunidades y confrontar eficazmente el crimen organizado. ¿Qué dirá el santo padre que le están matando a sus palomas?

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