Opinión

Groenlandia, Trump y el efecto dominó: lo que sí le debe importar a México

Por: Mónica García-Durán | Rompecabezas

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, exigió en Davos la propiedad de Groenlandia, amenazando a Europa con castigos económicos, un episodio que revela una política exterior basada en coerción y uso de aranceles como arma.

Para México, esto es una clara advertencia: ningún aliado está a salvo y la presión estadounidense seguirá marcando la relación bilateral.

Así fue como durante el Foro Económico Mundial de Davos, el presidente Trump volvió a dejar claro que su segundo mandato no será de matices. Frente a líderes europeos, jefes de Estado y grandes corporativos, Trump afirmó que no enviará tropas para arrebatar Groenlandia a Dinamarca, pero exigió su propiedad bajo el argumento de la seguridad nacional de Estados Unidos.

De acuerdo a los reportes periodísticos, la escena fue tan directa como incómoda: amenazas económicas, presión política y una narrativa que mezcla supremacía militar con humillación pública a aliados históricos.

El mensaje no fue solo para Europa. Fue una demostración de método.

El presidente Trump insistió en que Estados Unidos es el único país capaz de defender Groenlandia de amenazas externas —en alusión implícita a los gobiernos de Rusia y de China— y que dicha defensa “solo tiene sentido” si Washington es propietario del territorio. Pidió negociaciones inmediatas para transferir la isla y, casi sin transición, recordó que ya ha impuesto aranceles unilaterales a Europa y que podría endurecerlos contra Dinamarca y otros países que se opongan a su objetivo.

Este discurso en suiza encapsuló la lógica trumpista: presión primero, diplomacia después, y el uso del mercado estadounidense como arma geopolítica. Alternó elogios y burlas hacia Europa, cuestionó su política migratoria, despreció la transición energética y remarcó que, sin el respaldo de Estados Unidos, la economía y la seguridad europeas “simplemente no funcionarían”.

Y, aunque afirmó que no usaría la fuerza militar, dejó abierta la puerta a un uso “excesivo” del poder estadounidense si lo consideraba necesario. Es decir, no tanques, pero sí castigos comerciales, asfixia financiera y aislamiento estratégico.

En México esto debe importarnos porque  el caso Groenlandia no es un episodio aislado ni una excentricidad retórica. Es una señal clara de cómo el presidente estadounidense concibe las relaciones internacionales: como transacciones donde el más fuerte impone condiciones y el resto decide si paga el costo de resistir o el de ceder.

México, como socio comercial central de Estados Unidos y como país profundamente integrado a su economía, no está al margen de esta lógica. La presión arancelaria contra Europa y la amenaza abierta a Dinamarca muestran que ningún aliado está blindado. Ni los históricos, ni los estratégicos, ni los que comparten valores democráticos.

El mensaje implícito es inquietante: si Washington considera que un territorio es clave para su seguridad, su cadena de suministro o su competencia con China, la soberanía ajena se vuelve negociable. En ese tablero, América del Norte adquiere un peso aún mayor, y México queda atrapado entre cooperación forzada y margen de maniobra cada vez más estrecho.

La lectura política se vislumbra clara, la ofensiva sobre Groenlandia busca algo más que una isla cubierta de hielo. Se trata de control geoestratégico del Ártico, rutas marítimas emergentes, recursos naturales y presencia militar en una zona que será central en las próximas décadas. Trump quiere dejar huella territorial, no solo regulatoria o económica.

Para México, esto implica dos riesgos concretos. Primero, que la relación bilateral siga moviéndose bajo la lógica de la coerción: cooperación en seguridad, migración o comercio a cambio de evitar sanciones. Segundo, que el uso recurrente de aranceles como herramienta política vuelva a normalizarse, afectando cadenas productivas donde México es altamente dependiente del mercado estadounidense.

La lección europea es clara: Trump no distingue entre aliados y adversarios cuando se trata de intereses estratégicos. Y no duda en exhibir públicamente a quienes se resisten.

Groenlandia es hoy el símbolo, pero no el límite. El discurso de Davos confirma que el segundo mandato de Trump profundiza una política exterior de fuerza sin intermediarios, donde el poder económico sustituye al consenso y la presión reemplaza a la diplomacia tradicional.

El gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum haría mal en mirar este episodio como un pleito lejano entre Washington y Europa. Lo que está en juego no es una isla, sino un método. Y ese método ya lo conocemos en esta región. ¿Qué no?

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