Opinión

Furia climática

Por: Rolando Cordera Campos

La dimensión de la vulnerabilidad global, en especial la asociada con el clima, sigue ocupando espacios marginales en las agendas nacionales y la global. Tampoco los medios de información y comunicación masiva parecen muy conmovidos por lo que cualquier cosmonauta perdido llamaría, al aterrizar, todo un desastre. Inequívocamente lo de Guerrero, nos decía José Sarukhán hace unas noches, es una expresión clara y directa de lo que habremos de entender más como una tragedia en cámara lenta, antes de que el planeta estalle.

Ahora es Guerrero, pero no ha quedado exenta de los impactos de los cambios climáticos región alguna de la Tierra. Hoy tenemos que sufrir el dolor de los guerrerenses, pero dando cuenta de los efectos brutales que el estilo de crecimiento productivo, económico y de consumo han impuesto sobre las sociedades y su medioambiente. El crecimiento económico, a veces impetuoso, pero sometido a todo tipo de interrupciones, sin duda ha posibilitado un incremento notable en los niveles de bienestar de amplios grupos humanos, pero ha degradado y abusado del medioambiente.

Reuniones e intercambios no han faltado; desde 2000, cuando se acordaron los Objetivos de Desarrollo del Milenio, para después, de manera más amplia en 2015, cuando se firmaron los Objetivos de Desarrollo Sostenible y el Acuerdo de París, la humanidad ahí representada por los “mejores y los más brillantes” ha prometido actuar ya con decisión.

Ahora, nada menos que los Emiratos Árabes serán la próxima sede de la COP28, pero el cambio climático sigue su frenético avance.

Parafraseando a Naomi Klein, es posible decir que el cambio climático representa una crisis moral de la humanidad, demostrando que los gobiernos de las naciones desarrolladas se muestran renuentes a adoptar medidas enérgicas y firmes, como si primero estuviera su confort y seguridad económica que la supervivencia de los pueblos más pobres y vulnerables de la Tierra (Naomi Klein, Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima, Paidós, 2015).

Las voces de alarma, lanzadas de reunión en reunión, dan cuenta cada vez más puntual, aunque tardía, de que nos hallamos ante una situación límite. Por desgracia, con todo y las tragedias cercanas y lejanas a cuestas, tiene que admitirse que el mundo como comunidad humana aún carece de una visión, alimentada por la urgencia y la emergencia, capaz de contener el desastre previsto por nuestros científicos que nos han alertado con seriedad desde hace años.

Preocupa y angustia la falta de acciones concertadas; la incapacidad para integrar a la práctica política y el lenguaje cotidiano los planteamientos de los científicos. Alarma la desconexión fehaciente que se mantiene entre el medio ambiente y sus deterioros, las políticas públicas y de bienestar social.

Los indicadores de la destrucción planetaria están a la vista de todos: se extinguen especies, se elevan las concentraciones atmosféricas, el suelo se erosiona, cada vez hay más fenómenos hidrometeorológicos extremos… Hoy nos apremia la reconstrucción de la población y la infraestructura dañada en los estados azotados por el huracán Otis, pero mal haremos en seguir posponiendo las tareas pendientes.

Requerimos un nuevo curso de desarrollo que tenga como bases de articulación el apoyo de un crecimiento económico para la igualdad y la sostenibilidad ambiental. Urge combinar la tragedia ambiental en curso, la estabilidad financiera y la justicia económica. “Cambiar el rumbo es una necesidad civilizatoria, y para lograrlo deben considerarse, de manera integrada, las múltiples dimensiones económicas, sociales, ambientales, culturales y políticas para alcanzar el reto aspiracional al que el desarrollo sustentable nos confronta cada día” (…), decía Julia Carabias al ingresar a El Colegio Nacional y agregaba: “desarrollo encaminado a superar la pobreza y las desigualdades mediante un crecimiento económico sostenido, incluyente y sustentable”.

Conviene tener claro el tema del que hablamos, no incurrir en acusaciones o descalificaciones instantáneas que sólo crispan el ambiente, y exigir oportunas acciones, amplias respuestas. Evitar que el ruido electoral y político que nos acosan distraiga y contamine la adopción de las políticas necesarias y urgentes para un desarrollo sustentable.

Para esto deberían servir los estados. Por lo menos antes de acabar con ellos.

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