¡Es él!: García Harfuch llena el vacío que deja la cancillería mexicana ante la Casa Blanca
La primera entrevista oficial con medios internacionales desde que asumió como secretario de Seguridad de Omar García-Harfuch fue con The New York Times. Y no puede leerse de forma aislada. Ocurre en un momento político delicado: Donald Trump dirige la Casa Blanca con un discurso explícito de presión sobre México —seguridad, fentanilo, migración y ahora la renegociación del T-MEC— mientras el canciller Juan Ramón de la Fuente se encuentra incapacitado médicamente, reduciendo la capacidad tradicional de interlocución diplomática.
En ese vacío, la seguridad se convierte en el principal canal de comunicación bilateral. Y el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, en los hechos, en el interlocutor más funcional con Washington. El anterior canciller y actual secretario de Economía, Marcelo Ebrard, desde la óptica estadunidense, está fuera…
No es una decisión formal, pero sí una consecuencia política.
Del “abrazos” al tablero de control
García-Harfuch parte de una narrativa clara: la estrategia de seguridad cambió de método. La coordinación diaria del Gabinete de Seguridad encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum, con revisión puntual de homicidios desde las seis de la mañana busca marcar distancia con el sexenio anterior sin decirlo abiertamente. El mensaje es técnico, no ideológico: menos dispersión, más mando.
Las cifras —37 mil detenidos, 300 toneladas de droga incautadas, 1,600 laboratorios destruidos— cumplen una doble función. Hacia dentro, intentan modificar la percepción de inseguridad que no siempre acompaña a la reducción de homicidios. Hacia fuera, especialmente hacia Estados Unidos, sirven como comprobantes de cumplimiento. En la lógica de Donald Trump, los números pesan más que los discursos.
Un punto álgido que debe reconocer su éxito inicial y que ha ayudado a apaciguar a Washington es que Omar García-Harfuch es punto de contacto con las agencias de seguridad estadunidenses, “el intercambio de inteligencia entre ambos países ha aumentado, y el presidente Trump ha centrado su atención en los narcotraficantes de Sudamérica en lugar de México”, señala la entrevista dirigida por Jack Nicas, jefe de la oficina del NYT en la Ciudad de México.
El tramo más sensible de la entrevista con el diario neoyorquino es el que aborda la relación con Washington. García-Harfuch reconoce que con la llegada de Trump hubo preocupación, pero describe una estrategia clara: explicar el método, mostrar resultados y alinear prioridades. La frase clave es cuando critica el enfoque histórico de capturar a un solo capo: detener individuos no cambia nada; desmantelar estructuras sí.
Ahí está el núcleo del mensaje para Donald Trump y toda su administración: México no está cruzado de brazos. Está atacando el problema de fondo que más inquieta a Estados Unidos —el fentanilo— y puede demostrarlo. Por eso, cuando se le pregunta por una posible intervención directa de EE. UU. contra cárteles mexicanos, García-Harfuch responde sin dramatismo: no hay motivo si los resultados están ahí.
Es una línea defensiva inteligente. Mientras entren menos drogas a Estados Unidos, la tentación intervencionista se reduce.
El secretario de Seguridad Ciudadana traza una frontera clara: intercambio de información, sí; operaciones conjuntas, no. Es una afirmación de soberanía en tono técnico. México acepta cooperación, pero no presencia operativa extranjera. A diferencia del primer mandato de Trump, cuando la relación estuvo marcada por la improvisación y el chantaje comercial, hoy hay un intento de anticipación estratégica.
La diferencia no es menor: antes México reaccionaba; ahora busca administrar la presión con resultados medibles.
Ahora bien, la incapacidad médica del canciller De la Fuente altera el equilibrio institucional y Roberto Velasco, el adlátere, no es suficiente. En este contexto, la seguridad sustituye parcialmente a la diplomacia como canal de interlocución. García-Harfuch no discute política exterior, ni Venezuela, ni Cuba; discute fentanilo, laboratorios y estructuras criminales. Eso reduce fricción inmediata, pero también estrecha el margen de maniobra del Estado mexicano.
El riesgo es evidente, esto es que Washington empiece a leer a México exclusivamente desde la lógica policial, condicionando comercio y cooperación a indicadores de seguridad. Con un canciller fuera de operación, la presidenta Sheinbaum gana tiempo gracias a García-Harfuch, pero también queda más expuesta a que cualquier retroceso en cifras tenga consecuencias políticas y económicas.
La presión ideológica republicana
En paralelo, la congresista republicana María Elvira Salazar, con total desparpajo y chabacanería, exigió en un video mensaje que la presidenta Sheinbaum y México dejen de “respaldar dictaduras” como Cuba y Venezuela y se alíneen con Washington. El mensaje no es anecdótico: es la señal de que sectores republicanos buscan ampliar la agenda bilateral más allá de la seguridad, mezclando cooperación anticrimen con alineamiento ideológico.
La entrevista de García-Harfuch evita ese terreno. Pero la presión existe. Y mientras la seguridad funcione como escudo, la discusión se contiene. Si falla, la agenda podría ampliarse de forma abrupta.
La interlocución de García-Harfuch con la administración Trump es hoy uno de los activos más importantes del gobierno de Sheinbaum. A diferencia del primer mandato de Trump, hoy México no está ofreciendo concesiones preventivas, sino resultados. La apuesta es clara: que la eficacia operativa contenga la presión comercial, política e ideológica.
Funciona por ahora. Pero es una estrategia exigente: si los números dejan de acompañar, no habrá cancillería, discurso ni narrativa que amortigüe el golpe. El riesgo es que toda la relación bilateral dependa de que la ofensiva anticrimen siga entregando números.




