Opinión

El último lector | Yasmina Reza: “Casos reales”

Por: Rael Salvador

Últimamente me da por imprimir imágenes de lo que leo. Le llamo: “Comparsa de los sentidos” —en clara alusión a la danza de unos y otros— y que me permite participar en ella no sólo con la mirada.

Ayer me pasé, una vez más, mis horas en la librería. La frecuento, por lo menos, tres veces a la semana, interrogando por mis pedidos; si no hay nada, recorro los estantes, tomo cuatro o cinco libros —a los que no he sucumbido por las síntesis de sus contraportadas, diseños engañosos y autores que poco sé de ellos— y me siento a consultarlos. Es una buena manera de pasar la tarde sin beber.

Entre los libros seleccionados, llevo “Casos reales” de Yasmina Reza, de la que acabo de leer las reseñas de lanzamiento en El País y el ABC (periódicos a los cuales estoy suscrito, equilibrando opiniones y sandeces). De ella conozco la obra teatral “Arte”, una maravilla temática de lúcida y lúdica apreciación sobre el magro terreno de la pintura en ciertos individuos.

“Casos reales” (Alfaguara, 2026) recoge una serie de historias verdaderas, relatos cortos sustraídos del gusto de Reza por indagar en las salas de los procesos judiciales, ahí donde la verdad y la mentira disuelven sus márgenes como en el teatro y la existencia. Pero hay algo más: los retratos a lápiz de sus amigos escritores, dilectos en sí —editores o fotógrafos—, así como una serie de estampas donde dilucidamos con claridad el viaje de la vida hacia la angustia, antesala de la muerte.

Son las 4:00 de la mañana y continúo con el libro de Reza. Cuando algo llega a tocar algo profundo en mí —todavía no sé qué diablos sea— dejo la lectura y me quedo barajando reflexiones a lo largo de las horas siguientes, hasta que decido objetivar pasajes del alma o el tiempo imprimiendo imágenes y luego me pongo a escribir. Es un método irregular, torpe —que lleva muchos contratiempos—, pero funciona.

Así me he levantado esta madrugada, preparando mi Yerba Mate, motivado y mágicamente nostálgico por lo que acabo de leer…

Cito, en profundidad, a Yasmina Reza:

«Finalmente la enfermedad de Parkinson mató a Imre. Tras aguantar los sufrimientos que acarreaba su estado, el hombre de la literatura más oscura murió en Budapest, ciudad natal a la que había acabado regresando. Magda nunca había estado en Venecia y soñaba con descubrirla. Por teléfono, tratando de consolarla, creí haberla convencido —la vida debe continuar— para que viniera próximamente y yo le enseñara todo, los barrios secretos, la laguna, las iglesias, todo. Magda llevaba mucho tiempo sin ir a ninguna parte, enclaustrada con el hombre impedido y a menudo infernal, velándolo, cargándolo en brazos.
Yo quería a Magda tanto como a Imre, quizá incluso más. Él era un hombre célebre, pero ella era muy cariñosa, muy divertida, dueña de una fantasía espontánea que me recordaba a mis abuelos y a otros personajes desaparecidos de mi infancia.

Conocí a Imre en 2005 durante una entrega de premios en Berlín. Sólo hablaba húngaro y alemán, y yo, ninguna de las dos lenguas (aparte de algunas palabras sueltas en húngaro —palabrotas— y una canción. El embajador de aquel entonces, Claude Martin, ejerció de intérprete y permitió que hablásemos con cierta alegría.

Nos vimos un año más tarde en París. Yo todavía no conocía a Magda. Habíamos quedado en el vestíbulo de la Plaza Athénée a las ocho. Los esperaba junto a Alan y Marlyse Riding, quienes habían vuelto a ponernos en contacto. Imre y Magda aparecieron a las ocho y diez pidiendo perdón por el retraso; en el momento que disponían a salir de la habitación, habían visto por la ventana la iluminación parpadeante de la torre Eiffel. Era la primera vez que volvían a París desde el Premio Nobel, y ahora gozaban de un tratamiento completamente distinto. Aquel titilar milagroso, tan cercano, los había maravillado, al igual el hotel y la habitación de lujo. Expresaban un júbilo infantil que creo que nunca había observado en personas de su edad.

Nos vimos con frecuencia hasta la muerte de Imre en 2016 (tengo fotos de ellos con mi ya difunta madre) o en Berlín. Yo hablaba en inglés y Magda nos traducía. Cuando Imre tuvo que renunciar a los viajes ya sólo nos veíamos en Alemania, o bien nos llamábamos por teléfono. Primero conversábamos Magda y yo, hasta que me decía: “Te pongo a Imre”. Pronunciaba una frase en húngaro que incluía mi nombre y se retiraba entre risas. ¡Nos dejaba solos al teléfono sin legua común! Yo oía sus carcajadas maravillosas desde la cocina. Nosotras también nos reíamos, hasta que Imre exclamaba: “Magdi! Magdi gyere vissza!”. ¡Magdi, vuelve!

En septiembre de 2016 apareció en mi bandeja de entrada un correo de Magda. Alegría. Alegría. De inmediato me puse a pensar en nuestro viaje a Venecia.
Era una esquela. Firmada por el hijo que tuvo de un primer matrimonio y al que to conocía porque vivía en Chicago.

Magda había muerto. Había sobrevivido a Imre apenas unos meses» (¡Magdi, vuelve!, pág. 42)

Me he transcrito el relato completo, para no perder los colores de la estampa emocional y sincera de Reza. Y lo primero que tengo que develar, me digo, es el rostro de la maravillosa “Magdi”, porque desde los primeros párrafos sé que ese “Imre” es el escritor Imre Kertész (1929-2016), a quien tuve el gusto de leer en su momento (lo había traducido la Editorial Acantilado, tiempo antes de que recibiera el Nobel de Literatura 2002, y circulaba de manera poco regular, como un escritor de culto, tras haber pasado por los “Campos de la Muerte” y la experiencia, no grata, de encontrase en el satélite de la URSS: Hungría comunista).

Digo “Magda” en un murmullo y veo a “Magdi” de Budapest: fuerte, sonriente, calibrada en la sobrada belleza de una mujer del Este —con sus impensables ojos azules, profundos como un mar en calma— y ensimismada, siempre, por la fortuna de un cariño hecho para regalar, de ahí también la fortuna de Imre.

Hay una acotación de Magdi, que hace días llamó poderosamente mi atención, en el libro de fotografías de Kim Manresa: “El otro Nobel. Los escritores más reconocidos de la literatura contemporánea en su cotidianidad” —que me acabo de regalar este cumpleaños pasado— donde observa el oficio de su esposo: “Si me levanto en las madrugadas, lo veo escribiendo, en vacaciones es igual”.

Ahora que sé cómo es, gracias a los trazos —quizá escasos, pero puntuales (comentó alguna vez Stendhal que “hacen falta al menos diez líneas en francés para alabar a una mujer con delicadeza”)— de la escritora francesa Yasmina Reza, “Magdi” representa la plenitud de lo literario y lo familiar —así como en el amor, uno no va solo a la literatura—, sobre todo en el rango de los sentimientos representativos y que pocas veces se anotan con arte y mesura, como alguna vez lo hizo Fernando Savater con Simone Boué, reseñando los demonios de E.M. Cioran. Pero esa es otra historia.

raelart@hotmail.com

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