Opinión

El último lector | Venezuela, Hora Cero

Por: Rael Salvador

Siguiendo los renglones de una amenaza inminente, de un día para otro las bombas estallan en Venezuela.

Abrir la prensa —enero 3 de 2026— y equiparar los intereses sobre el petróleo con la reciente invasión estadunidense a suelo bolivariano no es una coincidencia: la política bélica del país del Norte, ante los fracasos de otras arremetidas —las coordinadas por el ahora exconsejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos, John Bolton, en el primer periodo presidencial de Donald Trump (2017-2021) y que terminaron en humo en los despachos de la Casa Blanca— dejan a la vista, una vez más, las corruptelas de una nación que profana, desmedra y arrebata —con una ansiedad y perturbación apocalíptica— antes que atender la diplomacia del Derecho Internacional.

“Teníamos que acabar con el régimen ilegítimo de Venezuela, el más represivo del hemisferio occidental”, refiere Bolton en sus memorias —“La habitación donde sucedió. Un relato desde el corazón de la Casa Blanca” (2020)—, y agrega: “pero para ello se requería firmeza por nuestra parte y una presión constante, implacable y sistemática (…) que la administración Trump no pudo sostener”. 

Bolton habla del “miedo administrativo” de atacar suelo venezolano en abril de 2019, de «la cobardía de varios líderes del régimen que se habían comprometido a actuar, pero que perdieron el valor cuando llegó el momento clave, de algunos errores tácticos de una Oposición inexperta (la gusanera venezolana), de la falta de un asesor estadounidense “in situ” que habría podido —hago hincapié en ese “habría podido”, insiste Bolton— influir en el resultado» ante la presión “cínica” de cubanos y rusos.

La típica felonía que surge cuando el fracaso es “modesto” —sin víctimas y victimarios—, casi aprobado por el recular de un Trump indeciso, que todavía en ese tiempo se niega a observar a detalle —poner en su agenda personal— e ir por los grandes intereses del petróleo que brinda Venezuela. 

Mucho antes a mayo de 2020 —20 años atrás, en vida y fortaleza del presidente Hugo Chávez—, la estafa diplomática de EE. UU. va de avanzada con su cerco de expoliaciones inmaduras —como si el pretendiente no lograra contener sus ansias de desvirgar bélicamente a una nueva reina del Caribe— y, triste crueldad —datos de exterminio, mentiras y caprichos, que poco a poco asomarán a la luz—, las negociaciones se desatienden y prevalece la negación a la paz. 

El sábado del secuestro —sellado a fuego como un día bestial (los muertos empiezan por ser números: 100, hasta este jueves 8 de enero)—, la soberanía del territorio venezolano ha sido violada por la desvergüenza de las bombas norteamericanas —esas que tanto solicitó la descartable María Corina Machado, cuestionable Premio Nobel de la Paz 2025—; invasión inminente a territorio extranjero que está penada por la Carta de la Organización de Naciones Unidas (ONU), siendo en flagrante un acto de agresión al Derecho Internacional Humanitario.   

“Maduro el duro”, como suele referirse Donald Trump —medio en broma y medio en serio— a Nicolás Maduro, ahora se encuentra en manos de un tiempo de humillación y ácida desmesura.

Sí, es probable que se deje morir el cuerpo de Maduro —en la cárcel, acusado de narcoterrorismo; en la memoria, borrado por la Historia—, pero el espíritu bolivariano de Venezuela se mantendrá en pie para dirimir, con lucidez humana y continuidad política, el reparto existencial entre víctimas y opresores, entre los obsesivos del poder y los hombres revolucionarios que han demostrado —sin necesidad de exterminarse entre sí— su libre elección ideológica.

Si no es así: la “miseria” de guerra —omnipotente con sus víctimas reales y colaterales— prevalecerá.

raelart@hotmail.com 

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