El último lector | Sin Béla Tarr (1955-2026)
A Béla Tarr le gustaba decir que Tarkovsky era más inocente que él, ya que “en sus películas, la lluvia purifica a las personas…” Al decirlo, su mueca se volvía una sonrisa de niño. Entonces, un misterio suave le agachaba la cabeza y la mirada surfeaba a sus pies —1, 2, 3 segundos y volvía a poner sus ojos bellos en el objetivo— y remataba: “En las mías sólo hace barro”.
Sin Béla Tarr, el mundo se vuelve más húmedo y oscuro —como el sabor del sexo antiguo—: en el interior de la ballena, la vela de su ser se apaga y queda el temporal presente del odio contra el odio y, en ese sofoco de muerte, nosotros somos más pobres.
Eso, en la vida temprana, lo advertimos en el autor de “Así habló Zaratustra” —él, Tarr, que se atrevió a rodar con magnificencia “El caballo de Turín”— cuando nos sugiere que “la vida sin música es un error”.
¿La vida sin Tarr? ¿Sin alcohol? ¿Sin la colmena de paz que fue el encuentro con otros labios, con otros estertores del alma?
Muy de mañana, consultando el oráculo podrido que es la prensa, en una nota perdida leo: “Muere el director húngaro Béla Tarr…” Y, una vez más —huyendo del orden establecido por las imperantes rutinas de la idiotez—, busco al músico Víg Miháli y, en medio de la nausea que me provoca el conocimiento vacío, cierro la mirada y me dejo arrastrar por los acordeones de un tiempo que conduce a la extraña luz de un refugio: mi libro sobre Nietzsche —“El príncipe sublime del intelecto”—, donde cito la importancia irremplazable de Béla, del Béla Tarr que me enseñó a ver y a entender al caballo que le dio pasaporte al “Hombre dinamita”…
«Principios de 1889, Piazza Carignano en Turín, Italia. En la “strada” Carlo Alberto, salvajes latigazos en el lomo doblan en suplicio a un caballo —han huido ya las cariátides bajo su vientre—; en el cerebro de un paseante, filósofo de oficio, restalla el hundimiento de una piedad trágica…
Antes, en el año de 1866, otro equino aparece en escena.
Es el sueño de Dostoievski en Raskólnikov, el personaje de “Crimen y castigo”, que toma el nombre de Rodia, de 7 años, y quien observa el castigo y el crimen de un caballo escuálido por parte de una horda de borrachos. El brutal sacrificio, a golpes de hierro, hace presente a Rodia el espinazo partido de la débil bestia y anticipa la reacción de Friedrich Nietzsche al abrazarse al cuello agonizante para limpiar la sangre con sus propias lágrimas de dolor.
“El pobre niño está fuera de sí —describe el escritor ruso—. Lanzando gritos, se abre paso entre la gente y se acerca al caballo muerto. Coge el hocico inmóvil y ensangrentado y lo besa; besa sus labios, sus ojos…”
Los seres humanos tenemos el guion escrito a partir de las penas de nuestros antepasados. Se llama psicogenealogía —numen del “Eterno retorno”—, y es precisa como una enfermedad genética.
El 3 de enero de 1889, día con amenaza de borrasca, el filósofo alemán, exánime y conmovido, observa al cochero golpear cruelmente a su caballo…
—¡Hale! ¡Yeeaaahhh! ¡Arre! —y truena el látigo con el placer de un disgusto evidente.
Inamovible, abrazado a él, lágrimas que bautizan de oscuridad la demencia, pierde la cabeza. Sabemos lo que acontece a Nietzsche, el derrumbe, pero nada aventuramos del caballo de Turín.
Como el de Turín, el “caballo” de pintora Elena Pomar profundiza en guardar un trágico eclipse filosófico: la locura de Nietzsche. En su configuración de mapa nocturno —tinta que discurre sobre el papel— se observa la desesperación del trote manual, como si cabalgáramos el infinito plano secuencia de Béla Tarr.
Quien conoce los trabajos del director húngaro, sabe que la insistencia, sostenida en el objetivo (sin por ello anular la acción), es un recurso que ofrece fulgor intransitivo al arte.
Lo mismo sucede con el trazo de Pomar.
—¡Hale! ¡Yeeaaahhh! ¡Arre! —y, “eterno retorno”, restalla y truena una vez más el látigo con la epiléptica resonancia de una evidente agonía.
Ya decía, inamovible, abrazado a él, lágrimas que bautizan de oscuridad la demencia, pierde la cabeza.
Sabemos lo que acontece a Nietzsche, pero nada aventuramos del caballo de Turín.
El llamado testamento de Béla Tarr nos lo revela: la bestia que consoló el autor de “El caminante y su sombra” desmejora, enferma, tras su fuga mental… Él había pedido disculpas en nombre de toda la humanidad. La grandeza de un acontecimiento transforma su piedad en infierno.
En blanco y texto, silbido ciego, el viento es la música argenta con la que se vive la soledad enganchada a la desgracia. Secos de alma, como la arenisca que golpea y el pozo que se marcha, el arriero manco y su hija mecanizan la existencia en un vulgar ritual de sobrevivencia. La muerte es así, el lento paso de un mal sueño. El espasmo de un cadáver sobre una granja.
Discurso del “Hombre botella” en la lección de “El caballo de Turín”: “Sin alcohol, la vida sería un error”.
Y me parece ver a Nietzsche mezclar el cloral hidratado con sus cervezas inglesas que tanto le satisfacían, la stout y la pale ale».
Cuando joven, contaba con mi equipo de filmación, y es muy seguro que “Sátántangó” —con sus siete horas y media de duración— habría sido parte de mi catálogo… Son curiosas las coincidencias: «En un día oscuro en Budapest, a finales de los años ochenta en la Hungría comunista, Béla Tarr fue a buscar a Krasznahorkai para filmar su novela “Sátántangó”, pero Krasznahorkai rechazó la oferta. Es más, le dijo incluso que no volvería a escribir y cerró la puerta. Béla Tarr rodeó el edificio, se fijó en una ventana con la luz encendida y golpeó con los nudillos el cristal. Krasznahorkai se estaba lavando la cara en el baño. Abrió y contempló la cara de Tarr bajo la lluvia. “Ve mis películas y entenderás por qué quiero adaptar tu literatura”, le dijo el cineasta. Y así empezaron a crear», nos narra Gregorio Belinchón en la noticia luctuosa publicada en El País.
Me pasó lo mismo con mi maestro Jacobo De. Lo cuenta el fotógrafo Enrique Botello en el prólogo de mi reciente libro sobre Jean-Paul Sartre y Jacobo De: “Rael ejercía como docente y filmaba sus guiones surrealistas con una cámara Super 8, entonces el destino nos colocó en el mundo de las artes escénicas; tras un fallido intento de trabajar en un proyecto dramático, apareció un hombre que iba a cambiar y a fortalecer nuestra manera de ver el mundo. Recién afincado en El Sauzal, en Ensenada, fuimos a buscarlo. A regañadientes nos recibió una tarde, sin dejarnos cruzar la puerta de su departamento, en el que vivía con Nadia, su joven esposa”. Por sus trusas y carácter, supusimos que, húmedo y sofocado, lo habíamos levantado de encima de ella. Nuestra petición encarecida era que nos ayudara a montar una obra teatral; a través de la puerta entre abierta, nos pidió regresar otro puto día.
Entonces, un poco exaltado, le grité por la ventana: “¡Lee mis guiones y entenderás por qué quiero ponerlos bajo tu dirección!”. Y así empezamos a creer en los muertos, a crear juntos, a crecer al lado de él.
Lo que viene después es hermoso: Krasznahorkai —el guionista de Tarr— obtiene el Nobel de Literatura 2025.
Las parrafadas László Krasznahorkai (Hungría, 1954) son oleajes de una bravura germinal, como esos arrebatos que, en apariencia —sólo en ella—, se discursan interminablemente en la ebriedad onírica de una pasión exacerbada: un puñado de ideas heridas que danzan —en mutuo auxilio mágico— para formar la armonía agónica de significativos “sistemas solares” literarios…
De la novela “Melancolía de la resistencia” (Editorial Acantilado, 1989), el formidable cineasta que es Béla Tarr (Hungría, 1955-2026) rehace desde la óptica newtoniana de Melville —y de la mano de Ágnes Hranitzky, su esposa— una parcela del océano de palabras de László Krasznahorkai y crea la belleza insondable de “Armonías de Werckmeister”.
Podría aventurar que “Armonías de Werckmeister” (estrenada en 2001) retrata una gradual y paulatina historia donde la velocidad de la luz genera un entusiasmo primigenio que revitaliza las oscuridades más abisales del subconsciente —observar el Universo por el ojo de una ballena—, lugar donde “la perdida de las ilusiones —como sentencia Jacques Rancière— ya no dice gran cosa sobre nuestro mundo”.
(Demasiado trillado conocer a alguien por su dolor, ya que lo excepcional será conocerlo por su amor.)
János (Valuska), el joven protagonista de “Melancolía de la resistencia” —soñador de silencios y ojos de Dionisos—, reinaugura todas las noches su teatro de alcohol en el bar rural, lugar comunitario donde los borrachos se convierten en astros, lunas, planetas…
Así, el salto de la literatura al cine.
Pero, ¿en qué consiste esta extraña maravilla fílmica que es “Armonías de Werckmeister”, escrita por Krasznahorkai? ¿En la poderosa fachada de János, mitad príncipe de las ilusiones y mitad tonelero de tres centavos? ¿Es la música de Víg Mihály, esa partitura de tersura monótona, tan deliciosa como senos de seda y esperanza?
Por partes iguales, punk y ángel, János instaura —entre pastores, campesinos, cazadores e idiotas de rincón— la embriaguez del origen humano y nos arrulla con un vals de piedras girando en la nada filosófica, logrando el milagro de equilibrar emociones y pulimentar diamantes, como si el Universo se encontrara en el bolsillo del elogio y la gloria a la vuelta de la esquina.
El film está compuesto en el ojo vernáculo de la ballena y la revuelta civil, en un manicomio tomado por asalto y lo valioso de la amistad antigua…
¡Aquello que, al abandonar el espíritu de Séneca, las palabras ya no pueden advertir, mucho menos decir!: la traslación de Krasznahorkai a Tarr.
¡Espinas de luz en las tinieblas del deseo! ¡Misterio total en las cosas doblemente tontas! ¡Perplejidad en esa capacidad que poseen los seres más mediocres de recuperar su dignidad!
Uno, por más que lo desee, lo quiera o lo pretenda, lo demande o lo exija, no saldrá indemne de esa paz turbulenta que es encontrarse con la epifanía cinematográfica-literaria por excelencia…
Sí, es el ritual del tiempo en su templo: la orgía de luces que se intersectan para dar nacimiento a las estrellas en la cúpula del cráneo —alegoría inversa a la caverna de Platón—, comunión pagano literaria a la que arrastra el séptimo arte… Y después de ello, tiende uno a acariciar al gato, a precipitarse hacia el fresco de la ventana, a abrir cualquier diccionario y fijar los ojos en la honestidad del perro, intentar una llamada que no se hace, alzar la mirada hacia Orión, tomar un bombón de araña entre las yemas o equilibrar el lápiz en la uña como si se tratara de un relámpago domesticado, apretar los labios, pasar el trago con dificultad, maldecir con lágrimas la alegría que en ese instante inunda la impostación de la sonrisa y hace pensar seriamente en los tristes despojos de la existencia…
Eso es László Krasznahorkai, también el maestro de la cámara… Y lo que reclamó Nietzsche: “¿Qué importas tú? Di tu palabra y hazte pedazos”.
Y luego, cuando corren a todos después de armar el barullo cósmico, vemos a János caminar y caminar —en la acción del blanco y negro, que es el característico e hipnótico plano secuencia de Béla Tarr, color de lo que se escribe— y la música de Víg Mihály cae como nieve en el incendio metafísico que acaba de provocar, y lo que hemos visto o creímos ver es sólo la “armonía” del deseo que dibuja lo divino con dedos frágiles: ¡la gran literatura de Krasznahorkai! ¡El magnífico cine de Béla Tarr!
raelart@hotmail.com




