El último lector | Rob Riemen: “La palabra que vence a la muerte”
I
El Teatro mágico de la locura
En el Teatro del mundo, dados los acomodos mágicos de la iluminación escénica —mortecina aquí, vigorizante allá—, las sombras rebasan todas las fronteras.
Esas sombras pueden ser vistas y sentidas con dureza en el territorio de México —que podría ser también el caso de otros países de América—, a partir de figurones de cartón piedras, “Made in Hollywood” —los Trump, los Bezos, los Musk, los Zuckerberg, los Bolsonoro, los Milei— que, a partir de los engañosos signos de la “grandeza” y la “gran cantidad”, intentan pasar como “realidad” la opulencia rancia del dinero y la miserabilidad inhumana.
Y, en este festín sanguinario de naciones —¡claro está!—, no hay que olvidarnos del convite lóbrego de los Netanyahu, los Putin, los Orbán, los Zelenki, los Erdoğan, o, entre tantos otros, la comparsa de la realeza árabe, norcoreana y china…
Así, en “el escenario del teatro del mundo” del escritor Rob Riemen —recreado en el prólogo de su reciente libro, “La palabra que vence a la muerte” (Taurus, 2025)— aparecen Simone Weill, Thomas Mann y George Bernanos abanderando discursos que, en su sentido de profundidad y oportunidad, ponen en su justo lugar el oleaje de las sombras permitiendo la claridad de las musas.
Una de ellas, Clío, la Musa de la Historia, relatará a Riemen —después de que éste se deleite con su bebida, descansando en su biblioteca (como recomendaba el poeta holandés J.C. Bloen: “Leña para el hogar, un libro y una copa de vino”)— cuatro relatos morales, “Cuentos de verdadera grandeza”, que rescatan, tanto “la palabra que vence la muerte” como los versos en la noche de los poetas —ya lo decía Shelley, “los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo— que, con sus significados meritoriamente intercambiables, modifican los estados de ánimo de las personas a partir de la música de las palabras, esa concepción oriental que surge del rescate sonoro del cosmos.
Con el mortal deslumbramiento de una bomba —como las detonadas en Hiroshima y Nagasaki (6 y 9 de agosto de 1945, siglo XX)—, también las sombras crecen, sobredimensionan, falsean y mienten.
El Prometeo Americano, J. Robert Oppenheimer, estudioso del sánscrito y físico inminente, ante el estallido primario de su bomba atómica (en Los Álamos, Nuevo México, el 16 de julio del año antes mencionado), llegó a comentar atribulado: “Ahora he devenido en muerte, el destructor de mundos”.
Son versos del libro sagrado de la India, el “Bhagavad Guitá”.
Paralelo a este mundo, se deja observar igualmente —ahora que consulto el libro entre mis manos— “El lobo estepario” de Hermann Hesse (publicado en 1927), páginas donde el protagonista Harry Haller es un “outsider” —un nihilista producto de la Modernidad— que se irrita porque las sociedades mercantiles chupan la tierra volviéndola inhóspita y desangelada.
Él, el lobo de las estepas, después de permanecer cautivo en la sombría cueva de la ansiedad, salta al escenario del “Teatro Mágico de la Locura”, donde la entrada se encuentra reservada con la seria advertencia: “No puede entrar cualquiera”.
Pero algunos pensamientos caminan con pies de paloma, y, entre la vasta platea del Teatro del mundo, se deja oír este rumor: “Tú, sin embargo, oh Zaratustra, has querido ver el fondo y el trasfondo de todas las cosas: por ello tienes que subir por encima de ti mismo: ¡Arriba, cada vez más alto, hasta que incluso tus estrellas las veas por debajo de ti!”.
Se trata del filósofo Friedrich Nietzsche —finas manos ahuecadas alrededor del amplio bigote—, dirigiendo su murmullo, con actitud de apuntador ajeno, a Robert Oppenheimer…
Para hacerse del pensamiento crítico —nos recuerda Riemen— se tienen que entender las palabras, “y cómo vas a saberlo si no lees”. Leer los cielos, como los antiguos —igual a los “pensiderales” (pensadores de los alfabetos del cielo) de Egipto, Grecia o Babilonia—; leer los relatos, los cuentos y los poemas como auténticos interesados en el saber y no sólo en el “parecer” y “aparentar”.
Entonces, entre los bastidores del teatro, un payaso salta al escenario —es Nietzsche nuevamente, pero disfrazado de un Kierkegaard en aspavientos y nariz roja— para avisar al público que hay un incendio. Pero el público cree que se trata de una broma y aplaude gustoso. “El payaso repite el anuncio y los aplausos son todavía mayores”.
Así, podríamos considerar —sobre todo si somos lectores de Riemen—, que perecerá el mundo: en medio del aplauso general de la gente respetable que, entre las gigantescas sombras de las llamas, pensará que el apocalipsis presente es un puto chiste.
II
Ceremonia en el abismo de la existencia
Y Clío insiste: “Después de lo que te dijeron las cuatro sombras, te voy a contar cuatro cuentos” atemporales sobre la verdadera grandeza, ¡que no es otra cosa que la resistencia a la muerte!
Así vamos de la mano de Clío, visitando de paso a Goethe —un verdadero hijo de las musas— quien en su Fausto nos ha legado palabras infinitas: “Lo que brilla es obra de un momento; lo verdaderamente bello no es nunca perdido para la posteridad”.
Más bien se trata de lo bello —de la belleza del bien, diría— como una encarnación.
Porque, como refiere Riemen, “toda formación espiritual que no esté basada en un concepto, una noción de lo que es la perfección humana, carece de valor”.
Junichiro Tanizaki habría alegado ausencia de ingenio. Si no hay una ética de la luz y una estética de la oscuridad, muy lejos nos encontramos de un elogio de las sombras. Sólo habría que apagar la fuente electrónica para comprobarlo.
23 de julio de 1955 (Zurich, Suiza), estamos en la habitación de hospital número 111 de Thomas Mann —quien se atiende una trombosis importante. “Cualquiera con un mínimo de conocimientos médicos sabe que, si ese coágulo se desprende y va a parar a los pulmones, el desenlace suele ser fatal”—. Ahí, como una ceremonia en el abismo de la existencia, las palabras del autor de “Los Buddenbrook” resultan de una misteriosa resonancia profética.
El doctor llega a la habitación. Desea que Mann le dedique el ejemplar de “La montaña mágica” (los dos volúmenes de la primera edición). El paciente rebelde accede, y con su caligrafía legible, no del todo desaliñada, escribe: “¡La palabra vencerá a la muerte! Dedicado al profesor Löffler, con los mejores deseos. Hospital cantonal de Zúrich, 10 de agosto de 1955. Thomas Mann”.
Esa noche —contra la ignorancia y la desmemoria—, ¿quién apagará ahora este incendio que es la fiesta mundial de la muerte?
El 27 de septiembre de 1924, Thomas Mann había concluido “La montaña mágica” con una pregunta: “De esta bacanal mundial de la muerte, de este temible ardor febril que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, ¿se elevará algún día el amor?”.
Katia, su esposa, lo acompaña. La biografía de Mozart que leía escuchando música reposa en la mesilla. Ahora los instrumentos son inyecciones, transfusiones de sangre… No hay nada que se pueda hacer, la hemorragia es un relámpago que no cesa. Ella, entre lágrimas, corre a los doctores. Se toman de la mano, de los brazos… Él dice: “Es así”. El calendario de pared enmarca una fecha en rojo: 12 de agosto de 1955.
“En mi principio está mi fin, / en mi fin está mi principio”, había ya sentenciado T. S. Eliot.
III
La bandera de la esperanza
En ese principio y fin se encuentra La bandera de la esperanza, el segundo relato, por demás conmovedor, en el cual el profesor Janusz Korczak, en el gueto de Varsovia, no olvidará a sus alumnos y marchará con ellos de la vida hacia la muerte.
“Estos colores e imágenes son el símbolo de la esperanza —les había explicado Korczak a los chicos—, o sea que esta es nuestra bandera de la esperanza, ¡la esperanza que nunca hay que perder!”.
Cito a Riemen in extenso: “Más de una vez le habían ofrecido a Korczak la posibilidad de salir de Polonia con papeles falsos, incluso cuando estaba llegando al tren con sus doscientos huérfanos. Pero, aunque sabe muy bien qué destino le espera, no es capaz de abandonar a estos chicos en estas circunstancias. Pediatra y pedagogo de formación, ha dedicado su vida entera a la formación de niños, y está profundamente convencido de que la mejor manera de educarlos es que uno mismo ejemplifique lo que quiere enseñarles. Por lo tanto, esa iba a ser su última clase: la única respuesta a la inhumanidad es más humanidad, lealtad hacia aquellos a los que amas, hasta en la muerte…”
La grandeza y limpidez de Riemen —inspirado por la Musa Clío— contrasta con las sombras largas emanadas de los uniformes negros de las SS (las Schutzstaffe, escuadrones criminales del partido nazi), ofrendando a la narración la sintaxis emocional para que —en el mejor de los mundos posibles, “¡para y con los niños!”— cada quien coloque el sentimiento de justicia como un pan con mantequilla en la mesa del saber humano.
IV
Mozart, el pequeño príncipe
Vengo de leer la biografía que realizó la periodista Montse Morata sobre el autor de “El principito” —“Antoine de Saint-Exupéry. Aviones de papel” (Stella Maris, 2016)—, y, en la temperatura amable de su conformación y belleza, encuentro la calidez sideral del aviador, muy cercano al imperativo certero de Kant: “Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”.
¿Qué observar en la inmanencia horizontal de la lectura? ¿Cómo explicar su trascendencia en la verticalidad de los quehaceres cotidianos? Son preguntas que en Riemen la respuesta está suscrita: «Saint-Exupéry (…) se sienta enfrente de una pareja, con un niño que duerme recostado entre sus padres, y se le ocurre que: “He aquí un rostro de músico, he aquí a Mozart niño, he aquí una hermosa promesa de vida”. Y prosigue: “Los principitos de las leyendas no eran diferentes de él: protegido, atendido, cultivado. ¡Qué no llegaría a ser!”. Pero, al mismo tiempo, a Saint-Exupéry no le cabe duda de que eso no va a suceder. Al igual que sus padres, este niño será aplastado en un mundo dominado por la violencia económica y otras fuerzas destructivas»
Cuenta Riemen que “Elizabeth Reynal, la esposa del editor de Saint-Exupéry”, ve que el escritor está deprimido y, para ayudarlo a superar ese estado de ánimo, “le sugiere escribir un libro infantil”. Y viene a su mente la imagen del “principito” y sabe que quiere escribir y dibujar un cuento para niños, “sobre un principito que, ojalá, pueda revivir al Mozart asesinado que está en todos nosotros”.
Luego, en la consecución del relato, arribarán las palabras en resistencia del autor de “Nobleza de espíritu”: “Parece mentira que en un libro tan pequeño y sencillo —“El principito”— haya más verdad y sabiduría que en 10 mil tomos académicos de economía y política”.
Insisto: ¿qué observar en la inmanencia horizontal de la lectura de “El principito”? ¿Cómo explicar su trascendencia en la verticalidad de los quehaceres de la belleza?
Cuando, después de su recorrido aleccionador —a partir de su amor por su rosa—, el pequeño príncipe llega a la Tierra y se encuentra con ¡cinco mil rosas! Siente una gran desdicha, “porque creía recordar que la rosa de su planeta, su propia rosa, le había dicho que era la única de su especie en el universo, ¡y ahora resulta que no es más que una rosa común y corriente, de las que hay miles!”.
Y es justo que así sea, porque en este pasaje del librito de Saint-Exupéry se responde a la trascendencia religiosa de una pluralidad de bienes, “verdades” y bellezas… “ríos de miel”, el “Paraíso recobrado” y un largo etcétera. La inmanencia es nuestra rosa, sin lugar a dudas; la trascendencia, “las rosas”.
Lo esencial es invisible a los ojos, sólo con el corazón se puede ver bien: “Los hombres —nos dice el principito— han olvidado esta verdad, pero tú no debes olvidarla. Tú eres responsable de tu rosa…”
V
El prisionero chino
Sólo quien sabe ver la poesía de la vida es capaz de observar lo verdadero, porque quien avista las tinieblas no desconoce que la claridad de la luz exquisita es su única fuente.
En 1911, el poeta Hugo von Hofmannsthal «oye la historia de un incidente que tuvo lugar en 1900 en China, durante la rebelión del movimiento nacionalista de los bóxers contra la influencia corruptora de las potencias occidentales en su país». Y consigna a su libreta de apuntes: «Un oficial alemán se topó, al final de una larga fila de chinos que eran conducidos a la guillotina, con un hombre que estaba muy concentrado en la lectura de un libro. El oficial le pregunta: “¿Qué está leyendo?”. El hombre lo mira y le pregunta, irritado: “¿Por qué me molesta?”. A lo que el oficial contesta: “¿Cómo puede estar leyendo un libro justo ahora?”. Y el hombre le dice: “Sé que cada renglón leído es un enriquecimiento”»
Hofmannsthal comprendió que este chino, desconocido, anónimo, “a quien las horas, incluso los minutos antes de su inevitable muerte, le ofrecen la valiosa oportunidad de leer un libro con la mayor concentración posible, que este auténtico lector sabe algo que nosotros olvidamos hace más de cien años: que la vida es un arte, y que el arte de la vida no se puede practicar sin el arte de leer. Se lee para vivir y se vive para leer; para leer sobre todo aquello que debe ser leído: el libro perfecto, un libro en el que cada palabra tiene sentido, un libro cuyos renglones, todos los que uno lee, enriquecen…”
El magisterio de la lección existencial está presente en la pureza oriental de su alegoría: “Estaba un monje paseando cuando apareció un tigre que le empezó a perseguir. El monje salió corriendo huyendo del tigre. En ese momento se encontró con un precipicio y sin pensárselo dos veces saltó al vacío con tan buena fortuna que pudo agarrarse a la rama saliente de un manzano. Pero cual sería su sorpresa cuando al mirar hacia abajo vio que había otro tigre esperándolo. Dadas las circunstancias el monje alargó la mano que le quedaba libre y cogió una manzana. ¡Y se la comió saboreándola intensamente!”.
Luego vendrán Gyorgy Lukács, William Faulkner, Paul Valéry, George Orwell y, en su inteligencia lúcida, Maquiavelo; almas al encuentro del sentido, entonces todo lo narrado adquiere la lógica poética de Hölderlin: “¿Para qué los poetas en tiempos de miseria?”. Y posiblemente la única respuesta que se le puede dar es: “¡Buena pregunta! ¡Ni idea!”.
Coda
No dominará la cruel majestad de un nuevo mundo. Podrás tener una actitud indócil, confusa o negativa, a veces cobarde y desleal ante las cosas importantes de la vida; mas en el fondo de ti mismo, sabes desde siempre —a partir del origen o la creación— que la verdad es un espejo que pone ante tu disposición el amor, la amistad, la belleza, la misericordia… Y ahí, en ese resabio de tiempo —que, tarde o temprano, enfrenta todo hombre—, tendrás que entender que esa “verdad” no es algo que viene de fuera, porque de ella estamos constituidos: se trata de la “Nobleza de Espíritu”.
Así, en su libro “La palabra que vence a la muerte”, el escritor Rob Riemen dejará marcado con luz en el amorfo latido de las sombras vanas —la “grandeza” simulada y la “gran cantidad” imitada—, lo siguiente: “La única manera de erradicar la corrupción es que todos los poderes que son el fundamento de una civilización regresen a su primer principio. Ahí, en dicho principio, encontraremos la fuente, el origen, la inspiración que han cimentado la civilización”.
Cicerón —refiriéndose a Clío seguramente—, solía decir: “La Historia es luz de la verdad, la vida de la memoria, maestra de la vida”. Cultura animi philosophia est: “La filosofía es el cultivo del alma”.
El arte de vivir —jamás lo olvides— nunca prescindirá del arte de leer.




