Opinión

El último lector | Recuerdo del héroe llevado por su demonio

Por: Rael Salvador

Un hijo siempre está en el pensamiento del padre: rebelde, encarcelado, homosexual, alienado, oponente o ardiendo en el fuego de su propio celebridad…

Cuando el padre de Jim Morrison –George Stephen Morrison, una figura notable en la Marina estadounidense– decide jubilarse, emprende estudios de Griego antiguo.

Existe una fotografía de Albert Camus donde, cigarro sujetado en la boca con la mano izquierda, sus ojos meditan en los horizontes de la Historia. Esa imagen la podemos acomodar en la popa de un acorazado de San Diego, dejar ir la estela en su constancia sumergible e imaginar al Capitán Morrison reflexionando en la vida de su hijo…

Como Alexandre Kojève, comprende que en Grecia, hace 24 siglos, se pronunció el principio de la frase, la fuente y clave de todo.

En París, la procesión de fanáticos de Jim Morrison despedazan su lápida –el busto ya ha desaparecido–, rasguñan la memoria para hacerse de un recuerdo pétreo, antes de que ésta retorne también a la ingravidez del polvo: vandalizan, y ya casi el recuerdo de Morrison es sólo musical.

La poética del vocalista de The Doors es un rito de iniciados, ambigüedad de lo clásico en lo moderno, encomio de un tiempo dentro de otro tiempo, oro de luz en el vuelo del chamán, versos de los referentes, Road Film y cadencia en las apologías de los contrastes.  

El Capitán, atendiendo la experiencia de las diversas guerras en la que ha participado, decide mantener –apuntes de griego en mano,  valorando la figura del héroe– la memoria de quien atendió el mito ateniense con la prestancia de la tragedia.

En esa trayectoria, no faltó un ruin de copa rota –“¡Padre!”, “Sí, hijo”, “Quiero matarte”. “Madre… quiero… ¡Cogerte!”– que le puso en el camino a Layo, rey de Tebas.

Ahora sabe a ciencia cierta que la tragedia altera la paz de Platón y Aristóteles  –desarticuladores críticos, sobre todo– y habrá que materializar la consigna de la trascendencia en caracteres del griego actual, los cuales se reducen al cincel de la traducción a “Kata ton daimona eaytoy” (Κατά τον δαίμονα εαυτού, griego antiguo).

Similar a Séneca, con la sonrisa hastiada como máscara satisfecha; semejante a Marat, apuñalado a traición en su bañera… Como Jesucristo, caído en la piedad de María bajo la tormenta del Gólgota, de igual manera todos olvidamos que Morrison era un ser humano, tan vulnerable como cualquiera de nosotros, cuando a los 27 lo crucificamos en el duro altar de la admiración…

¿Tuvo ese mar de fanáticos que acogió el funeral de Brian Jones (del cual Morrison mismo ofrece testimonio en un poema inigualable)? ¿Fue el tumultuoso concierto luctuoso de Jimi Hendrix? ¿La concurrencia desenfrenada de la diosa blanca del blues, Janis Joplin?

Morrison fue asistido por la misma fortuna que acogió los cadáveres de Mozart y Paganini… 

James Douglas Morrison
1943-1971,
Kata ton daimona eaytoy,

que del griego se dicta al viento en su inscripción acertada: “Recuerdo del héroe llevado por su demonio (daimon, espíritu)”, mientras Pamela Courson de Morrison y siete allegados rodean el sepulcro abierto de la noche final, entre los que se advierte a Víctor Hugo, Nerval, Allan Kardec y Chopin, afincados desde hace décadas en las raíces mortuarias del Père-Lachaise.

La hermana de Jim Morrison, Anne Morrison Chewning, advierte: “Creo que eso es lo que finalmente pensó papá sobre Jim, y deseó que esas palabras griegas, fieles al espíritu poético y trágico de su hijo, se inmortalizaran en su lápida”.

raelart@hotmail.com

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