Opinión

El último lector | Me gusta Žižek

Por: Rael Salvador

En términos lacanianos, la ternura de soñar con Stalin podría interpretarse como el deseo de poder que, erigido en bandera erótica, amortigua la pulsión de muerte bajo sabanas de colores.

La Guerra Fría, ¿necesitada de calor humano? 

No estoy seguro. Quizá sólo sea la excesiva animosidad —comercialización de un idilio— de los estudios culturales en la época de los años 70, centrados en la herencia del totalitarismo soviético señalado por Occidente. 

En las alegrías de Žižek —con ese póster en la recámara (que bien pudo ser el de El Che, Hitchcock o Farrah Fawcett)—, se le da muy bien asustarnos. Muchos, en las visitas al autor de “El espinoso sujeto” y “El acoso de las fantasías”, se preguntaron sorprendidos —a la vez que removían sus traseros en el piso—, qué demonios sacarían en claro con un nostálgico fanático de líder soviético. 

La broma funcionaba, se imponía por su franca visibilidad: exaltaba el prejuicio idiota —un poco picado por el interlocutor— y había más tiempo para la entrega a la feliz lectura y su infernal reflexión. 

Para avalar lo anterior, hay que reconocer que no existe evidencia de un espíritu más libre que los aspavientos de una infancia sana que remarca su felicidad rotunda en el desafío de existir, sobre todo en aquella edad en la que, por los fracasos acumulados, el resto de los vivientes nos considera adultos.

“La felicidad nunca fue importante”, nos dice el filósofo esloveno Slavoj Žižek, acotando que “la felicidad es para los oportunistas. Si quieres seguir siendo feliz sólo sigue siendo estúpido. Los maestros auténticos nunca son felices”.

Y dejando ir un tropo nietzscheano —como aquello sin voz que habla a Zaratustra en la soledad—, anticristianamente agrega: “La felicidad es una categoría de esclavos”.

Lo anterior me recuerda el comentario de Jan H. Weissenbruch a Vincent van Gogh, cuando este último le solicita apoyo económico: “La felicidad es animal: es buena para las vacas y los comerciantes —esgrime el amigo y próspero galerista—. Los artistas florecen en el dolor. Dios es misericordioso contigo si te da pobreza, disgustos y penas…” Lo de las vacas y los comerciantes es lindo, lo demás deja ver una exageración tacaña.

Ya lo sé: no se puede ser perfecto y adulto al mismo tiempo. En total acuerdo estaría Žižek conmigo, sobre todo porque hay cosas que desde la cama —como ese tierno retrato de Stalin— se perciben sólo cuando uno es existencialmente niño. 

En “La batalla de Argel” (producción ítalo-argelina de 1966, dirigida por Gillo Pontecorvo y merecedora del León de Oro en el Festival de Cine de Venecia) podemos observar aquello que Frantz Fanon ofrecía como un derecho legítimo a los pueblos colonizados: la utilización de la violencia para lograr su independencia. La película recrea la lucha por la liberación de Argelia y, a la vez, expone la crueldad de la tortura en manos de los militares franceses. En una de sus escenas —un lindo guiño existencialista del director—, el coronel Mathieu (Jean Martin), saltando escalones hacia la guarida, ofrece el ambulantaje de una rueda de prensa:

En el supuesto informativo —porque es más un desenfado—, el interrogado coronel se pregunta: “¿Qué se decía ayer en París?”, a lo que un osado periodista contesta: “Nada. Ha salido otro artículo de Sartre”.

—Me pueden explicar por qué “los Sartre” nacen siempre del lado opuesto.

—¿Le gusta Sartre, coronel? —cuestiona el mismo periodista.

—No. Pero me gusta todavía menos como adversario.

“Me gusta todavía menos como adversario”, exclama en el umbral de su oficina —con una cara de aprensión soñadora—, como queriendo decir “me gustaría tenerlo de mi lado”. 

De igual forma —ojos al cielo, pipa en la comisura de los labios—, exhalando un poco del ángel lacaniano que aún toca su arpa en mi espíritu, me complace proferir que… 

—¡Sí, me gusta Žižek tanto como Sartre!

realart@hotmail.com

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