Opinión

El último lector | Libros de vida, cadáveres de la enseñanza

Por: Rael Salvador


I

Ante el más sombrío de los escenarios, Albert Camus destaca: “Más vale equivocarse sin matar a nadie, que tener razón ante un montón de cadáveres”. 

Desde tiempo atrás, existen hombres que no hacen de las desgracias un atajo —tienen presente que el olvido se combate con la memoria—, saben que en el laberinto infecto del crimen no hay retorno: humo ácido, astillas de carne desgarrada, sombras en las fosas del secreto.

30 años después, bajo la pista de aterrizaje del pueblo de Villa Grande, Bolivia, se recupera el cadáver —ausentes las manos— de Ernesto Che Guevara (le acompañan el sueño de tierra, hueco en el tiempo, siete guerrilleros); 30 días más adelante, después de la noche de Ayotzinapa (septiembre 26 de 2014), sin pista, en la Iguala de la Independencia, estado de Guerrero, México, se encuentran los lápices rotos, las mochilas ultrajadas y los sacapuntas deshechos… los poemas calcinados de una generación inconclusa que, con su ejemplo grabado a fuego sobre la piedra de la vida, aleccionan a los maestros de las escuelas del mundo.

Descarga, estruendo, estallido que saja… luego el arrastre, la excavación, el diésel y las llamas; las llamas que nos llaman. Las llamas que nos hallan y nos allanan.

¿Dónde cabe tanta inclemencia terrenal? ¿Cómo fue qué se ordenó la masacre? ¿El dinero negro que hace inmunda al alma?

La dignidad, calavera que escapa como un borbotón de hueso por el portón abierto de la carne: un rostro que es otra máscara de nuestra tormentosa noche mexicana.  

II

Lo que consideramos solo cenizas, la visión de un poeta decimonónico —siglo XIX— lo transforma en hogueras tinta: “Allí donde se queman los libros, se acaba quemando personas”. 

Las iluminaciones de Heinrich Heine, refieren para México también “una temporada en el infierno”.

Agentes del Ministerio Público de Jalisco, en relación a los cinco jóvenes desaparecidos el pasado 11 de agosto en Lagos de Moreno, han dado en El Sabino (al norte del municipio) con una construcción que desprende humo y que el fuego, al tocar la superficie sólida, ha adherido un macabro redondel de tizne. 

Como las reveladas en los hornos de Auschwitz —46, a partir de la primavera de 1943—, en la inmediación del crematorio improvisado también se encontraron armas y herramientas, cinco machetes, dos cuchillos, una motosierra y un martillo, restos de sangre y calzados… 

¿Libros de vida, incineradas las existencias de Roberto, Diego, Uriel, Jaime y Dante?

El filósofo Theodor Adorno destacaba que la “Educación después de Auschwitz” sólo podría desarrollarse en un sistema que no produjera ya las condiciones y los hombres que tuvieron la culpa de los hornos del horror.

Ese sistema permanece, y las señas de los desaparecidos, calcinados y muertos son el vestigio de un México que se niega a cambiar. 

Ya lo decía Bradbury: “No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe”.

Que no lee y hace como que aprende… Y si sabe, ¡se abstiene de advertirlo!

III

Los sicarios, brazo de burro del Narco-Estado, confesaron. Voces de impiedad, con sobrada antelación escupieron su miseria: “Yo participé matando a dos de los ayotzinapos, dándoles un balazo en la cabeza, y no son de los que quemamos, están enteritos (…) El Choky ordenó que bajáramos a los diez… Yo le disparé a dos en la cabeza, Gaby mató a otros dos, Choky mató a uno, la Vero mató a otro y dejamos vivos a cuatro. (…) En ese momento arrastraron a los seis muertos al hoyo en donde el Gaby les roció el diésel y también les prendió fuego hasta que se calcinaron”.

¿Hasta cuándo seguiremos marchando?, interrogan los amos de la acción, mientras los “guerrilleros” de las redes sociales, ebrios de soledad, iluminados por las ofertas, dilucidan los derechos de los inocentes, encubriendo sus propias culpas. 

¿Qué se espera? ¿Más balas por plata? ¿Otros “libros de vida”, incinerados con los nombres de Juan, Roberta, Javier, Daniela, Carlos, como ya sucedió con los nombres de Roberto, Diego, Uriel, Jaime y Dante?

¿Los normalistas Ayotzinapa, como los “amigos” de Lagos de Moreno, resguardaban lápices y los textos de las hogueras con la que se pretende “iluminar” la educación del país?

raelart@hotmail.com

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