Opinión

El último lector | La ilusoria soledad de un hombre solidario

Por: Rael Salvador

En la nada discreta altivez de la literatura, la elegancia suele también vestirnos con su gabardina.

En la película “Casablanca”: ¿Albert Bogart o Humphrey Camus?

Por la trascendencia de sus pronunciamientos —memoria viva de su perfil—, el autor de “El primer hombre” y “El extranjero”, insubordinado en lo político y lo filosófico —materias sediciosas, llevadas más allá de la escritura—permanece en la franca tentativa de la acción, certeza firme de su vocación rebelde.

Al mucho Sol —con la Argelia de su niñez bajo las bombas—, al mucho frío —con el Berlín bloqueado por los soviéticos—, al mucho éxito —asqueado por el odio interpuesto al amor y el espíritu— le seguirá el Nobel de Literatura.

Es 1957, demasiado joven aún, y en la trastienda de los fantasmas —resguardo de los escritores de la posguerra— todavía se observa bailar a la honradez de la mano de la generosidad… Se trata del vals de las leyes éticas, con salidas de emergencia a la “Guerra Fría”.

Albert Camus, con la descortesía del coraje honesto, había discursado ya sobre el apocalipsis inhumano: “En el último grado de salvajismo (…) el 6 de agosto de 1945 bombarderos estadounidenses lanzaron la bomba atómica contra Hiroshima…”, dando pie a los filósofos Bertrand Russell y Jean-Paul Sartre para, en los años subsecuentes —guerra de Vietnam—, abrir su tardío Tribunal condenatorio.

Más allá de lo exquisito —su prosa, su ser, su mirada—, Camus supera a Sartre ante su mirada miope, su “Ser y la nada” y su prosa por momentos insuperable.

Porque ahí donde la imaginación se nos vuelve opaca —en el crimen colectivo del mármol negro y sus esquirlas—, la realidad se abre en requiebre poético y, entre el humo amargo de las ideologías y sus momias demagógicas, ofrece su lección humana, valiosa e invulnerable.

Agua-lodo de un conceptualismo que se refrenda luminoso —así sea la estrella expansiva del existencialismo en constante trámite (Hegel, Marx, Nietzsche, Kierkegaard, Husserl, Heidegger, Freud)—, nada logra escurrir el absurdo de toda una vida: del proletariado intelectual argelino, pasando por la lección de la variopinta camaradería adversa —casi una organización de “mala fe”, cifrada desde el cuartel editorial de Jean-Paul Sartre, para el complot al “El hombre rebelde”—, hasta llegar a reconocer la humorada profética de su propia muerte.

—No hay nada más idiota que morir en un accidente de automóvil.

Camus decía con frecuencia a sus amigos que no había nada más escandaloso que la muerte de un niño y nada más absurdo que la muerte en un accidente automovilístico.

El 4 de enero de 1960, con dificultad extrajeron sus restos del Facel-Vega —estrellado contra un árbol en la recta de la Nacional 5, rumbo a París—; sus ojos estaban muy abiertos, dialogantes, sorprendidos, como insistiéndole al Ángel de la Muerte: “Acepto el absurdo, la falta de sentido… Pero, antes de concluir, lee, ausculta mi obra, date cuenta: ¡Elijo vivir!”.

Diez años atrás, en 1950, ya se lo había advertido el poeta suicida Cesare Pavese: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.

Albert Camus —en el meritorio avance de su teatro, sus novelas, su filosofía, sus romances…— abandonó el periodismo, pero este periodista —que aprendió de su modelo: “Una idea, dos ejemplos y tres cuartillas”— aún no logra abandonarle.

raelart@hotmail.com

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