Opinión

El último lector | La belleza de un opio extraordinario

Por: Rael Salvador

Del libro “¿Cuánta verdad necesita el hombre?” —oriental rosario “safranskino”— me regocijo en extraer esta perla: «Uno de estos relatos oníricos, proveniente de China, cuenta la historia de un pintor que llegó a viejo después de dedicar toda su vida a un único cuadro. Una vez que lo hubo terminado, invitó a los amigos que aún le quedaban para mostrarles su obra: en ella se veía un parque, y entre los prados un estrecho camino que conducía a una casa situada en un alto. Cuando los amigos, listos para dar su opinión, se giraron hacia el pintor, éste ya no se encontraba junto a ellos. Miraron de nuevo hacia el cuadro: allí estaba él, recorriendo la suave pendiente del camino; abrió la puerta de la casa, se paró un momento, se volvió, sonrió, les dio nuevamente la espalda y cuidadosamente cerró tras de sí la puerta dibujada.

»El pintor entra en el cuadro como si de su verdadero hogar se tratara, lo que supone alejarse de los demás. Para los que han quedado atrás esta desaparición equivale a la muerte, aunque la historia relata más bien una llegada, una vuelta a casa, momento feliz del que no se explica una palabra a los que quedan fuera del cuadro. Como mucho, se podría observar la pintura y decirles: ahí, en el cuadro, encontraréis expresado ese gozo».

Walter Benjamin nos habla también en estos términos en su “Panorama del libro infantil” (1929), cuando el niño entra en las imágenes para su pleno disfrute, “como celaje que se nutre del policromo esplendor del mundo pictórico”. Ante un libro iluminado —continúa el autor de “Sobre el hachís”—, “practica el arte de los taoístas consumados, vence el engaño del plano y, por entre tejidos de color y bastidores abigarrados, sale en un escenario donde vive el cuento de hadas”. 

El romance que subyace en todos los reinos constituye el esplendor del arte y sus misterios: la belleza de un opio extraordinario.

Hay historias que nos conmueven, así como se agita el reflejo de la palma a la orilla del lago cuando el viento lo sobrevuela. Releer a André Malraux, sus “Antimemorias”, resulta siempre provechosamente deleitoso después de liarme con Benjamin y Safranski. 

Los gustos y las similitudes son inmensas, sobre todo en el manejo del lenguaje y en las selección de historias. A Malraux le interesa el tiempo arqueológico, tanto como a Walter y a Rüdiger, y juega a reconcentrar la eternidad al narrarnos historias del hinduismo, donde Indra y Vishnu protagonizan la verdad de la muerte y los millones de renacimientos en los miles de millones universos existentes…

Pero es en los contrastes del cristianismo, quizá por mi formación occidental, donde vislumbro el aura cerebral de su maestría: «En uno de los conventos perdidos en la selva medieval —no cuenta el autor francés—, un monje pregunta cuáles son, en el cielo, las tareas a las que se entregan los elegidos. “Ninguna: contemplan al Señor”. “¿Durante toda la eternidad? Ha de ser muy largo…” El superior no responde. El monje vuelve a desbrozar la selva. Sobre su cabeza acaba de posarse un pájaro maravilloso. Huye enseguida, pero hacia otro árbol poco alejado, porque vuela mal. El monje lo sigue. El pájaro vuela otra vez, y al monje le parece tan hermoso y misterioso que no puede sino seguirle. Esta caza continúa hasta finalizar la tarde. El pájaro desaparece, y el monje se apresura a regresar al convento antes de la noche. Apenas lo reconoce: los edificios son mucho más grandes, los hermanos mayores han muerto, el superior se ha convertido un anciano. “Si basta un pájaro para que veinte años te parezcan unas pocas horas, ¿qué ha de ser la eternidad de los elegidos?”». (Páginas 256 y 257, de la edición de SUR.)

Agregará Malraux, que bajo la anécdota edificante, “adivinamos el otro mundo, el tiempo divino de la eternidad cristiana. Pero el tiempo ilusorio que conoció el monje es un tiempo mágico”, similar al pájaro maravilloso, como lo es el encantamiento de la pintura (Safranski) y la lectura (Benjamin) cuando nos extrae del tiempo newtoniano de los relojes y nos ubica en nuestro lugar de origen: la intemporalidad.

raelart@hotmail.com

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