El último lector | Hamdam Ballal: Matar al mensajero
En este escenario de barbarie no se puede escribir sino desde la impaciencia, por ello lo primero que explicaré, para ir entendiendo los acontecimientos en la platea del lenguaje, que “Matar al mensajero” es una expresión que refiere “al acto de acusar a una persona de traer malas noticias” y no al autor de las mismas.
La alegoría, fiel a lo que narra —destrucción, tortura, represión, encarcelamiento y crímenes, en este caso ejecutados en suelo palestino, desde hace décadas, por el Estado de Israel (respaldado por el “Sion” del imaginario bíblico)—, ha cobrado la vida de activistas, periodistas y, por decir lo poco, a más de un artista comprometido.
Si el motivo reciente fue o no el Óscar (obtenido en la reciente entrega de los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas) o el Oso de oro (por Mejor Documental en Berlinale 2024), la evidencia de la cruel y vengativa paliza propinada —frente a su hogar, en presencia de su esposa y sus tres pequeños hijos (8, 7 y un año)— la tarde del 24 de marzo de este año por colonos sionistas en Cisjordania, armados y vestidos de militares —y el posterior secuestro y agresión de las FID (Fuerzas de Defensa de Israel)—, al codirector del documental “No Other Land”, el cineasta, activista de derechos humanos y fotógrafo Hamdam Ballal (Susiya, 1989), son totalmente incontrovertibles: la filmación funciona, cumple su cometido testimonial, ennoblece la resistencia en suelo palestino y ninguna campaña salvaje por parte del sionismo consigue detenerla o eliminarla de los circuitos de la dignidad.
Acusar, amedrentar, asustar, destruir, detener y asesinar a sus realizadores —Hamdam Ballal, Basel Adra, Yuval Abraham, Rachel Szor, el colectivo palestino-israelí que se juega su destino—, implica un alto grado de vileza que, traducido a la ignominia de los pogromos —esa mezcla de religión y violencia que hace irrefrenable el odio—, continúan requemando los territorios ocupados de Gaza, más a partir del éxito internacional que ventila “No Other Land” (coproducción Palestina-Noruega, 2024), exponiendo visualmente los orígenes del éxodo palestino, la limpieza étnica, el artero derrumbe de viviendas y las recurrentes matanzas de inocentes, hasta llegar al genocidio presente.
En un ambiente viciado por innumerables conjeturas, donde no sólo Dios es el que se ensucia las manos, ya sólo queda revelar —en la inmediatez de lo crudo— los testimonios que se padecen como realidad y visceralidad irrefutables. Y que, en contra de todo derecho a la información —con su agenda internacional de censura, apoyada por EEUU y Europa, a la cual se suma Amazon, al no proporcionar en su plataforma libros que traten sobre la situación actual de Palestina)—, se expone como testificación de la sobrevivencia cotidiana que ha prevalecido muda ante el cerco obligado del Estado de Israel desde el inicio de la cruenta invasión armada que, más que un ajuste de cuentas con el brazo beligerante de Hamás, se instituyó —por el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, en octubre de 2023— en una carnicería indiscriminada contra la sociedad civil palestina, sobre todo en niños, mujeres y ancianos, es decir, en los inocentes de ese mundo.
Al igual que Rancière, me pregunto también por el corazón político de cualquier esfuerzo artístico; si “No Other Land” es la excepción en un mercado de basura cinematográfica, podemos vaticinar que la persecución no perderá su inquina y el Mosad (Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales de Israel) empujará e intensificará la posibilidad oportuna. El cuarteto de directores, en conjunto y en lo individual, ya atesora su racimo de amenazas de muerte.
El también periodista Hamdam Ballal fue liberado este martes 25 por la tarde —sin atención médica, después del asalto criminal (molido en sangre, después de 20 minutos de golpes y amenazas de violación) y el secuestro, encarcelamiento y tortura por parte de las FID—, declarando a la prensa: “Siento que nuestra vida está en peligro tras el éxito de la película”. Ballal, informador internacional de la degradante situación palestina (viciada por la ilegal presencia de colonos arribistas, militares y policías israelíes), también comenta, en su coraje de tener miedo, que permaneció atado y con los ojos vendados las 24 horas de su incomunicación.
En el ruedo humilde de la familia Ballal, entre el balido de una oveja descarriada y el insistente polvo que se acumula en el sueño de una paz futura, se alza y brilla una estatuilla dorada, pero aquí —en este pretendido “Hollywood” de Oriente Medio— la alfombra roja es de sangre…
Sólo así, bajo el imperio de imágenes de triunfo y dolor, entenderemos aquello que nos advirtió Albert Camus: “Hay perdones imposibles y revoluciones necesarias”.
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