El último lector | EL ZORBA DE ANTHONY QUINN
En un azul vida, observo esta imagen profunda, vertiginosa, poética…
El escenario, antepuesto a la cordillera de albinas edificaciones, un par de mesas de madera curtidas por la sal —ocupadas, con sus gorras de pescadores, por cuatro bebedores mediterráneos—, es muy similar al paisaje marino de Ensenada de los años 60, aquel mar de antaño que lamía con delicada bravura las rocas verdes ante mis ojos de infante.
En el extremo derecho, sobre una cuadrícula fluctuante —que irradia belleza y humedece cualquier evocación homérica— se encuentra el actor Anthony Quinn: rictus etéreo, brazos extendidos, rodilla flexionada, espíritu elevado a la danza…
¿A la danza? “Espíritu elevado hacia la atención de los dioses”, me corregirán aquellos que saben algo de la metafísica de los ingrávidos.
Como quien tomó esta fotógrafo, vi yo también a mi padre bailar sonriente, muy alegre, junto a la consola, a la orilla de la amplia sala de la casa, y escuché la majestuosidad melodiosa de “Zorba el griego”, pieza memorable, de piel en cuerpo, de cuerpo en piel, de movimiento en movimiento, banda musical de la película estrenada en 1964, donde el bouzou, también conocida como “guitarra del Sol”, va cadenciosamente aumentando de emisión a emoción, para que Zorba (Anthony Quinn) y Basil (Alan Bates) registren en la memoria colectiva de la humanidad la danza o “sitaki”, que ofrecerá presencia universal a esta nueva Grecia de los años de la posguerra y que no dejaremos de bailar hasta el fin de los tiempos.
He de reconocer que por mi padre conocí Mikes Theodorakis, y Theodorakis me llevó a Nikos Katzantzakis, autor de “Zorba el griego (Vida y andanzas de Alexis Zorba)”, “La última tentación de Cristo” y “Cristo de nuevo crucificado”, quien ha significado mucho en mi existencia. Leer su autobiografía, “Carta al Greco”, me brindó la felicidad terrena ofreciéndome la medida del hombre ante sus imaginarios, porque como él mismo dice: “La felicidad es un ave doméstica que se encuentra en el patio de nuestra propia casa”.
¿Cómo no recordar en este instante el cierre de la película de “Zorba el griego”, dirigida por Michael Cacoyannis, cuando el maravilloso Zorba es convidado, después de la “gran” catástrofe —escenario de una inusual embriaguez cósmica y mundana—, a ofrecer la lección de baile a quien buscaba la vida —el escritor Basil— perdiéndose intelectualmente en la biografía de Buda?
Nunca imaginé que ese baile, magistralmente interpretado por Quinn, y esa música, compuesta por Theodorakis, me llevarían a conocer a uno de los más grandes escritores griegos de todos los tiempos…
Algo similar cuenta Selma Ancira en “El tiempo de la mariposa” que Katzantzakis llegó a su vida cuando contaba con poco más de ocho años: “Antes de ser palabra, fue música”, una música divina y, como ella dice, “sugerente”, que la invitaba a bailar: “En casa aprendimos el baile. Supe que en la película el papel de Zorba lo interpretaba Anthony Quinn, a quien mi padre —Carlos Ancira—, también actor, admiraba. Y que el escritorzuelo, el chupatintas, era Alan Bates”.
Sin lugar a dudas, lo que perdura ayuda a vivir: salva.
raelart@hotmail.com




