Opinión

El último lector | Beethoven y la túnica del pequeño ángel loco

Por: Rael Salvador | El último lector

1
El niño inaugural de Bonn
“Reconstruir tal como yo escuché de niño a Beethoven”, reclamó Theodor W. Adorno, como si la magia de un deseo consistiera en reelaborar con sueños algo de por sí intangible: la música, seguida de las lágrimas y los relámpagos. Pienso, fuera del tiempo, en la imantación gravitacional de partituras y recuerdos… ¡Qué daría por recuperar la sensación que el “Pastoral” produjo en mí cuando tenía nueve años! Autoproducción nerviosa de tormentas, camellitos y burbujas incoherentes en sus afirmaciones de energía, nieve y oro… ¡Rosas médicas girando en la boca del éxtasis vital y sus espumas! ¡Babas, lechuzas y esquizofrenia! ¡Revelaciones de piedad en la túnica del pequeño ángel loco!

2
Estudios místicos
¡Caray! La Novena Sinfonía, un Long Play que el inigualable Jiddu Krishnamurti escuchó más de un millón de veces, porque era el único disco de vinilo que tenía en su retiro de estudios místicos… cuando, a mediados del siglo XX, lo dejaron en un rancho lejano, en el Valle de Ojai, California. 

3
Una fatal lógica del arte
Con Beethoven, la lectura de la vida es música. Una lección que, en la particularidad aleatoria de toda disciplina artística —llevada a cabo con la mesura del más apropiado conocimiento de causa—, debería rendir frutos ejemplares: vitalizar de nuevo el cosmos, como mínima correspondencia. Si el arte, más allá de la sensualidad, el atropello púbico (sí, de pubis) y la mística, se mantuviera en su original forma de inteligencia compartida, cada asalto a la creación se vería negado a mostrarse como un currículum para la muerte. Es decir, justificado por mentiras de autor, aburrido en razonamientos estériles, pensamientos paseados, charlatanería traficada como verdad, alternativas deshumanizadas, robustas falsedades egocéntricas, delimitaciones provincianas, exceso de antiestética y metafísicas austeras. En fin, la mediocridad de echar por la borda toda fuerza reveladora, atentando contra la vigorosa afirmación de la existencia.

Ya lo decía Darío: “Es preferible la neurosis a la estupidez”.   

4
El teatro de la mente
Esa noche, más sereno, después de escuchar a Thomas Mann en su lengua original, dejé caer lentamente los párpados e imaginé aquello que sintió Wagner al recibir las partituras de la Novena Sinfonía y, a partir de ellas —revoloteando con furia luminosa la nieve en la aldea—, dirigir con magnificencia y lujo el coro y la orquesta en el teatro de su mente, a la vez que deja escurrir la sentimentalidad de sus lágrimas… El Maestro se encontraba todavía en el umbral de la puerta, en estricto silencio —ojos cerrados, húmedos, blandiendo el fulgor de la batuta—, aún con el mensajero de correos ante sí.

5
La mar Beethoven
Vino el viento, despeinó las olas y entretuvo a un imperio de tres gaviotas en una fotografía paralizada. La arena hunde mis pies a la frescura de un naufragio tierno y seguro, mientras la espuma borda caracoles en la mirada y el Sol resbala con sus transparentes pétalos de irreverencia hacia la belleza de un simulado castigo: apagarse todas las tardes sumergiéndose en la mar. Mi ventana, con su transparencia azul, es el marco de madera húmeda que elige la bahía. Las piedras flotan en la habitación, guijarros de colores, como versos redondos y en fiesta que saltasen del jardín del arcoíris. Las olas imitan las nueve sinfonías de la libertad en Beethoven y las algas danzan en la naturaleza de la esperanza como quien espera de la plata la misericordia de una aparición. 

6
Necedades de grandeza
Al oído de Nietzsche, Dios murmuró como una paloma engreída. A los nombres los separa una coma; a los hombres, sueños de poder transformados en necedades de grandeza. Beethoven, disfrazado de tormenta, hacía vibrar los cristales de hielo. El invierno golpea con fuerza y una brizna de hierba se calienta bajo la pata del gato.

7
Beethoven 7 & Bernstein 
Creí estar en este mundo para disfrutar el diálogo orquestal sostenido entre Leonard Bernstein y Beethoven, en la Sinfonía No. 7 —transida del Pastoral—, pero reparo que no sólo se nace de la exquisitez de un espíritu y una época, sino también de lo sublime: de la levitación de lo divino, y de unas cuantas lágrimas en la nieve oscura… 

8
Cantar contra la muerte
En la novena sinfonía de la vida, los que escribimos formamos un coro que confía todavía en Beethoven:

cantar contra la muerte, insistir que volveremos a ser hermanos.

9
Biografía de un número
El nombre de Beethoven se compone de nueve letras, como noviembre, que es el mes número nueve (en el Calendario Juliano) y en el que el compositor trabajó más en la Novena Sinfonía, después de diecinueve años de la muerte del poeta Schiller, que nació en 1759 y que lleva por nombre la composición de nueve letras: Friedrich… (“Beethoven, la Novena Biografía”, de R.S.)  

raelart@hotmail.com

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