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Opinión

El último lector | A los geógrafos del cielo, mis colegas

Por: Rael Salvador

I

Babilonia Superstar

Siempre que fue posible, mi canto respetó la voz ancestral de la literatura, porque en la transparencia de su clima espiritual —abecedarios a la luz de las hogueras, observados por los geógrafos del cielo—, el hombre levantó, puntualizando umbrales al futuro, los pilares de toda civilización, sueños que configuraron el arte que ahora me sorprende y fascina, como alguna vez sucedió en Grecia, con Sócrates niño, o con la agradable sonrisa de Ptolomeo, en las arenas de Alejandría.

Mi mundo representa la belleza y la verdad, delfines de un tiempo de rosas, dátiles, alhajas, nueces, incienso y toronjas; porque hubo escribas en las cámaras de Egipto, como ahora yo me recuesto ante la tinta y la sombra de sus misterios brilla; y mujeres estetas, contorsionistas de la exquisitez, quienes reflejaron sus danzas en las mismas lágrimas de los dioses.

Esas eran las altas habitaciones de Babilonia, donde alguna vez el hombre observó, sorprendido —ebrio de placeres—, el porte canela de los camellos, las tumultuosas caravanas hacia la India del Buda, la fiesta de los caballos azules…

Seres en la historia, los cuales testificaron el paso de los días y de las noches, quienes supieron leer en esos mismísimos cielos que ya no era necesario derramar sales por los muertos.

II

Aceitunas en el cielo

Cabeza arriba, calle abajo, hacía de su cotidianidad un hecho filosófico.

Los emprendedores de Mileto, comunidad de buen vivir —gente siempre insidiosa—, acusaban a Tales de procurarse la miseria.

—La astrología me ha regalado conocimientos —se decía a sí mismo, sin dejar de mirar al cielo estrellado.

Producto de unas especulaciones, ese invierno de 648 a.C. —por ubicarlo en su juventud— se procuró un pequeño capital. A bajo costo, arrendó utensilios propios del campo, pues a nadie les eran útil en ese momento.

Cuando fue tiempo de cosecha, Tales de Mileto tenía el monopolio.

Ante la necesidad de los agricultores del olivo, las prensas fueron rentadas y alquiladas a buen precio, situación que favoreció a engrandecer su economía.

Demostró que es fácil a los filósofos enriquecerse, si así los desean.

—Ello, siempre y cuando —solía agregar, con cierta sorna, no carente de orgullo— esté en el interés de quien se da a la tarea, ardua en sí, de arar el conocimiento…

Con el pasar de las décadas, el nacido en Mileto, fundador de una escuela que lleva su nombre, llegó a ser uno de los Siete Sabios de Grecia —matemático, geómetra, físico y legislador, a decir de Aristóteles— y a considerársele, en la actualidad, el fundador de la filosofía en Occidente.

Ill

Grandeza y videncia en Nectanebo y Olimpia

Por ciertos libros —y el rubí de tiernos brebajes— he conocido la magia de Aléxandros (Iskander, en lengua pahlavi, persa medio), quien se coronó, por tributo y encanto propios —aunque la intervención de Aristóteles, como guía y maestro, es determinante— el “Grande”, el “Megas” griego: luz y cornamenta, Zeus y Amón, Egipto-macedonio a la vez, como su madre, la sacerdotisa Olimpia —última descendiente de la estirpe de Aquiles— lo predestinó, mezclando sangre, simiente y oro en las riveras del Nilo.

Hijo dudoso del rey Filipo II, en un tiempo —cuando todavía Alejandro poseía ojos de fogata inocente— fue considerado “bastardo”, mas su espíritu, fraguado por las deidades guerreras, se elevó en los sueños y misterios de un hechicero llamado Nectanebo, ritualista, astrólogo, nigromante, matemático y poeta, a quien la joven y devota Olimpia de Epiro, sierpe danzarina e indudable belleza de las alcobas reales y mundanas, venera como un auténtico dios libertino, numen de pieles de chivo y huidas emergentes.

En fin, el mito y la leyenda, el hombre y su testaruda necesidad de transformar el mundo —a partir de la romántica impiedad del cruce de culturas— se mezclan y, como dictan los manuales de arqueología divina (siempre fantástica, partiendo de lo real), lo demás es la Historia que paladeamos como manjar de hazañas y grandezas.

raelart@hotmail.com

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