Opinión

El Escuchón: El juicio y la tripa

Por: Enrique Camacho Beltrán*

Escuché a dos tipos discutir acaloradamente el asunto de la vieja entrevista de Monsiváis. Supuestamente el cronista dijo de López Obrador que lo estimaba mucho, pero que estaba loco por tener delirios de de grandeza, que lo escondió en su casa cuando llegó huyendo por un asunto pendiente de aclarar con la justicia, que pasó “deliciosas y divertidas noches con él” y que “por dinero era capaz de hacer lo que fuera”. Uno de ellos, simpatizante de la cuatroté, defendía airado, el honor de López Obrador, pero no con respecto a su megalomanía, sus pendientes con la justicia o por su codicia; sino precisamente por la única de las insinuaciones que no era éticamente cuestionable, es decir por la sola sugerencia de que hubiera experimentado sexualmente con hombres. El segundo sonaba como crítico del obradorismo, pero no establecía paralelismos entre los rasgos de carácter criticados por Monsiváis y los pésimos resultados de su gestión; sino que se dedicaba a ridiculizar vulgarmente la presunta relación sexual entre el expresidente y el intelectual.

Obviamente ignoro de la veracidad de la entrevista pues su firmante, Edmundo Cázarez hasta la fecha en la que escribo estas líneas no ha podido entregar la cinta original al medio de publicación. Lo que si me impresionó mucho, en pleno mes del orgullo, es lo homofóbico de los comentarios de ambos. Quizá algunos opositores al obradorismo (no todos) son de derecha conservadora y por eso no sorprende tanto su falta de educación al despreciar a las personas homosexuales. Pero los comentarios del supuesto izquierdista eran igualmente homofóbicos al poner en un plano de mayor gravedad ética el sexo homosexual con respecto de la codicia, la megalomanía o las aclaraciones pendientes con la justicia.

Los politólogos han descrito que, en nuestros tiempos, la población se relaciona con la política mediante incentivos y de manera emocional. Parece que mayormente la ciudadanía no decide su voto contrastando resultados, analizando políticas públicas y cuantificando la progresividad y sus cargas fiscales. Muchos votan según la ira que sienten por algún partido, el deseo de venganza que sienten por otro o según qué tanto se identifican con esta o aquella candidata. Eso ha permitido que grupos de personas vulnerables voten por candidatos que directamente perjudican sus intereses; simplemente porque se identifican con esa persona o con la ilusión que vende y porque esa identificación viene envuelta en una escarcha monetaria. Los políticos son ahora repartidores de dones y pregoneros de esperanza; no estadistas. 

Entonces, en las elecciones del próximo año, ¿qué privará en la mente de los electores? ¿La conexión emocional que alguna vez sintieron con López Obrador cuando prometía luchar contra la corrupción y que primero los pobres, o los principios de progresividad y su contraste con los datos duros sobre el peligro inminente que corren sus transferencias directas por sus desastrosos resultados en términos de falta de crecimiento, aumento de la deuda, de la inflación y de la corrupción? Parece que la obligación ética de un votante de izquierda sería la de estar del lado del pueblo, de las minorías, los vulnerables, de la progresividad y los principios; no del lado de un partido o un líder sólo por un incentivo y por el placer y la tranquilidad de sentirse identificado y visto por el poder; y la paz que brindan las certezas y las simplificaciones que se articulan en la propaganda. Eso exigiría del defensor de la cuatroté, que cuando menos se enterara que el expresidente no necesita defensa alguna sobre sus presuntas experiencias intimas de juventud, simplemente porque para un izquierdista de verdad, sería perfectamente obvio que no hay nada malo en tener experiencias homosexuales y que la homosexualidad es simplemente normal.

En vez de eso, dos personas que discrepan trivialmente sobre un personaje, en realidad coinciden en lo más importante: prefieren escandalizarse por una insinuación íntima, que discutir seriamente. La política empieza a descomponerse cuando dejamos de preguntarnos si nuestros gobernantes son honestos, competentes o justos, y sucumbimos a la atracción que ejercen cuando fingen parecerse a nosotros y confirman nuestros prejuicios. Entonces el juicio cede su lugar a la tripa; y una democracia gobernada por la tripa termina premiando la lealtad ciega y castigando el pensamiento crítico. Ninguna transformación será verdaderamente de izquierda mientras prefiera defender el mito identitario de un líder antes que los principios que dice representar. Quizá esa sea la mejor definición de una política dominada por las emociones: cuando dejamos de debatir y juzgar sesudamente y nos dejarnos llevar por la emoción y la tripa.

*Investigador de la Estación Noroeste de Investigación y Docencia del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la  UNAM

@KikeCamach

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