Opinión

EE.UU. pone el reflector: el asesinato de Carlos Manzo y la herida abierta de México

Por: Mónica García Durán

El asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, no sólo estremeció a Michoacán. Rebotó con fuerza en los principales medios y despachos diplomáticos de Estados Unidos, donde la cobertura fue tan inmediata como significativa. En pleno Día de Muertos, el crimen de un político que se atrevió a desafiar a los cárteles volvió a desnudar la vulnerabilidad institucional de México y el costo humano de una estrategia de seguridad que no detiene la violencia.

Desde The New York Times y el Washington Post hasta Reuters y The Wall Street Journal, la prensa estadunidense dedicó primeras planas y editoriales al asesinato del edil michoacano. La narrativa fue coincidente: un hombre que denunció a los grupos criminales que extorsionaban a los productores de aguacate y limón —los motores económicos de la región— terminó acribillado durante una celebración pública.

El NYT lo definió como “una espina clavada para los cárteles” y “una figura incómoda para el gobierno federal”, al recordar sus críticas a la política de seguridad de la presidenta Claudia Sheinbaum, a la que calificó de “fracaso”.

La repercusión en medios como The Washington Post The Wall Street Journal fue inmediata. Las imágenes del alcalde, captadas minutos antes de su muerte con su hijo pequeño en brazos, se convirtieron en símbolo del drama nacional que atraviesa fronteras: el de la impunidad que corroe al Estado mexicano y preocupa a Washington.

Reacción de Washington: condolencias con mensaje

El tono de los funcionarios estadunidenses fue más que diplomático, fue político. El subsecretario de Estado, Christopher Landau, escribió en X:

“Estados Unidos está dispuesto a profundizar la cooperación en materia de seguridad con México para erradicar el crimen organizado a ambos lados de la frontera. Que su memoria inspire acciones rápidas y efectivas.”

Por su parte, el embajador Ronald Johnson subrayó:

“Estamos unidos con México como socios soberanos y amigos, con el firme compromiso de asegurar la justicia y fortalecer la seguridad que nuestras comunidades merecen.”

Ambos mensajes dejan ver un patrón que Washington ha reiterado desde hace años: cada crisis de seguridad en México se convierte también en una oportunidad de presión diplomática para reforzar mecanismos de cooperación binacional, que inevitablemente abren el debate sobre soberanía y corresponsabilidad.

La respuesta mexicana: Harfuch tiende la mano

El secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, respondió con mesura: “Toda la cooperación es bienvenida.”

Una frase que suena a pragmatismo, pero también a reconocimiento tácito de que México enfrenta una emergencia interna que ya desborda sus capacidades.

La declaración de Harfuch es una señal calculada: busca mantener abierta la interlocución con Estados Unidos sin aceptar abiertamente un tutelaje en materia de seguridad. En otras palabras, un intento de sostener la narrativa de soberanía mientras se admite que el crimen organizado ha alcanzado niveles transnacionales imposibles de contener con recursos nacionales.

El mensaje detrás del eco mediático es que lo ocurrido con Carlos Manzo trasciende el hecho criminal. Representa el fracaso acumulado de dos gobiernos: el que inauguró la política de “abrazos, no balazos” y el que prometió corregirla sin alterar su esencia.

El reflejo en los medios estadunidenses amplifica una pregunta incómoda: ¿cómo puede un país vecino, socio comercial y aliado estratégico seguir tolerando la muerte de servidores públicos locales sin consecuencias reales?

En Washington, el asesinato de Manzo no se leyó sólo como un crimen político; se interpretó como una señal de descomposición institucional. El consenso mediático apunta a que el gobierno mexicano no ha logrado desmontar las estructuras de protección política y económica que permiten la expansión del crimen organizado.

El alcalde de Uruapan murió por decir lo que millones callan: que la estrategia de seguridad mexicana es una ruleta en la que siempre pierde el ciudadano.

El eco internacional de su asesinato no es un gesto de solidaridad, sino un recordatorio brutal: México se está quedando sin interlocutores creíbles, dentro y fuera de sus fronteras.

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