Opinión

Dos países, dos discursos… y una sola agenda de seguridad

Por: Rompecabezas | Mónica García-Durán

Durante años, la relación entre México y Estados Unidos pareció una conversación de un solo sentido. Washington exigía resultados contra el narcotráfico, la migración irregular y el crimen organizado, mientras México respondía con un argumento difícil de refutar: buena parte de la violencia que padecen los cárteles se alimenta de armas compradas del otro lado de la frontera.

Por eso vale la pena detenerse en el mensaje del embajador Ronald Johnson. El desmantelamiento de redes de tráfico de armas en Arizona y la detención de casi 30 presuntos responsables no son solo un operativo policial. También representan una señal política de que la administración de Donald Trump está dispuesta a mostrar que la corresponsabilidad en materia de seguridad puede traducirse en acciones concretas.

Ningún decomiso resolverá, por sí solo, el enorme mercado ilegal de armas que abastece a las organizaciones criminales en México. Tampoco basta con presumir que más de 50 mil armas han sido aseguradas durante la actual administración estadounidense. El desafío sigue siendo inmenso.

Sin embargo, el mensaje cambia cuando Washington deja de mirar únicamente hacia el sur y reconoce que una parte del problema nace dentro de su propio territorio. Esa admisión fortalece la cooperación bilateral y le da mayor legitimidad para exigir resultados a México en otros frentes, como el combate al tráfico de fentanilo, el lavado de dinero o las estructuras financieras del crimen organizado.

La seguridad compartida no puede construirse sobre reproches unilaterales. Si Estados Unidos combate el flujo de armas y México golpea las redes criminales que las utilizan, ambos países dejan de intercambiar culpas y empiezan, por fin, a atacar una misma amenaza desde los dos lados de la frontera.

PIEZAS SUELTAS

Washington habla duro con las armas; la cooperación sigue trabajando

La Corte Suprema de Estados Unidos volvió a recordarle a Donald Trump que el Poder Ejecutivo tiene límites. Al mantener vigente la ciudadanía por nacimiento para los hijos de migrantes, incluso cuando sus padres se encuentran en situación irregular o temporal, los ministros frenaron uno de los pilares de la agenda migratoria del presidente estadounidense.

Casi al mismo tiempo, el embajador Ronald Johnson reconocía otro hecho: el aseguramiento de más de cuatro toneladas de cocaína, la captura de 13 presuntos delincuentes y el aseguramiento de tres embarcaciones durante un operativo de la Secretaría de Marina, encabezada por el almirante Raymundo Pedro Morales Ángeles, frente a las costas de Chiapas y Oaxaca. El diplomático no dejó pasar el mensaje: la cooperación entre los gobiernos de Donald Trump y Claudia Sheinbaum sigue dando resultados.

Esa es la fotografía real de la relación bilateral. Mientras la migración se pelea en los tribunales, la seguridad se resuelve en el mar. Mientras unos discuten derechos constitucionales, otros persiguen cargamentos de droga. Washington puede endurecer su discurso político y México defender su narrativa de soberanía, pero cuando se trata de golpear al crimen organizado, ambos gobiernos siguen jugando en el mismo equipo. Al final, más allá de las diferencias, la relación entre los dos países termina midiéndose por una sola cosa: resultados.

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