Opinión

Cabrillo: recordar a quienes llegaron y a quienes los vieron llegar

Por: Horacio González Moncada*

El 17 de septiembre de 1542, la expedición encabezada por Juan Rodríguez Cabrillo arribó a la bahía que los navegantes denominaron San Mateo, hoy Bahía de Todos Santos. A casi cinco siglos de aquel acontecimiento, su conmemoración representa una oportunidad para reflexionar sobre la manera en que construimos e interpretamos nuestra historia.

Durante mucho tiempo, este episodio fue relatado principalmente desde la perspectiva de quienes llegaron por mar. Las crónicas nos hablaron de navegantes, embarcaciones, rutas y nombres dados a los lugares encontrados durante su recorrido. Sin embargo, nuestra comprensión actual del pasado nos obliga a ampliar la mirada.

Cabrillo y sus hombres no llegaron a una tierra vacía. Llegaron a un territorio habitado desde mucho tiempo atrás por poblaciones originarias que conocían estas costas, sus montañas, cañadas y recursos naturales, y que habían construido una profunda relación cultural con el paisaje.

Para los navegantes europeos, estas costas representaban un territorio desconocido. Para quienes habitaban aquí, eran su hogar.

Por ello, más que limitarnos al antiguo concepto de “descubrimiento”, podemos comprender aquel momento como un encuentro entre sociedades que habían desarrollado historias independientes, con diferentes lenguas, conocimientos y formas de entender el mundo.

Pero debemos reconocer que aquel encuentro se produjo dentro de un proceso de expansión imperial. Con el paso del tiempo, las relaciones entre europeos y pueblos originarios estuvieron marcadas por profundas desigualdades, conflictos y transformaciones.

El contacto no produjo una historia sencilla ni en una sola dirección. Hubo intercambios y adaptaciones, pero también resistencias, epidemias, desplazamientos y profundas alteraciones en la vida de los pueblos originarios. Reconocer esta complejidad no significa juzgar el siglo XVI únicamente desde nuestro presente, sino comprender los procesos históricos y sus consecuencias.

También debemos preguntarnos cómo fue observado aquel acontecimiento desde tierra. ¿Qué pensaron los pobladores originarios al contemplar aquellas embarcaciones acercándose desde el océano? ¿Cómo interpretaron a aquellos hombres, sus objetos, gestos y palabras?

Las fuentes europeas permiten reconstruir una parte de la experiencia. Mucho más difícil resulta recuperar la mirada indígena. Ese silencio documental también debe formar parte de nuestra reflexión.

Incluso la identidad del propio Cabrillo demuestra que la historia permanece abierta a nuevas investigaciones.

Durante siglos se repitió su supuesto origen portugués. Sin embargo, en 1973 el historiador W. Michael Mathes, profundo conocedor de la historia de las Californias, revisó críticamente las fuentes y encontró elementos para considerar un posible origen castellano. Mathes fue prudente: existían indicios, pero faltaba una evidencia documental concluyente.

Más de cuatro décadas después, la historiadora Wendy Kramer encontró documentación del siglo XVI en la cual el propio Cabrillo declaraba ser natural de Palma de Micer Gilio, identificada con la actual Palma del Río, Córdoba, España. Su investigación proporcionó bases documentales mucho más sólidas para establecer el origen español del navegante.

El caso Mathes-Kramer ofrece una lección sobre el oficio del historiador: regresar a las fuentes, cuestionar aquello que durante generaciones hemos considerado cierto y modificar nuestras interpretaciones ante nuevas evidencias.

Ese mismo ejercicio crítico debemos aplicarlo a 1542.

La historia de Ensenada no comenzó con Cabrillo. Mucho antes existían aquí poblaciones, territorios, conocimientos, caminos y memorias. Su llegada representa uno de los primeros encuentros documentados entre los habitantes originarios de nuestra región y los navegantes europeos del Pacífico.

Conmemorar aquel acontecimiento significa comprenderlo en toda su complejidad e incorporar a quienes durante mucho tiempo permanecieron al margen del relato.

Recordar a quienes llegaron, pero también recordar a quienes los vieron llegar.

*Cronista Oficial de Ensenada

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