Opinión

Amenazas, intimidación y deslegitimación al Poder Judicial de EU

Por: Mónica García-Durán | Rompecabezas

El mensaje ya no admite matices: las amenazas contra jueces federales en Estados Unidos se cruzan con un clima político que normaliza la descalificación personal. La advertencia del presidente del Tribunal Supremo,  John Roberts —quien pidió frenar ataques que calificó como peligrosos— se produce apenas días después de que el presidente Donald Trump llamara a un juez “corrupto” y “fuera de control”. La secuencia importa porque muestra cómo el discurso público escala y permea.

Los hechos son verificables. En un foro organizado por el grupo no partidista que apoya un poder judicial independiente Speak Up for Justice, jueces federales leyeron amenazas de muerte recibidas recientemente. El juez Mark Norris describió prácticas de acoso como entregas dirigidas a intimidar, vinculadas simbólicamente a ataques previos contra el sistema judicial. No se trata de críticas a sentencias, sino de mecanismos de presión directa.

Roberts introdujo un matiz relevante: la crítica a resoluciones judiciales es legítima e incluso necesaria. El problema, subrayó, comienza cuando se desplaza hacia el ataque personal. También evitó personalizar la responsabilidad, señalando que estas conductas no provienen de un solo espectro político. Ese punto busca preservar la institucionalidad, pero no elimina el efecto acumulativo del lenguaje agresivo desde posiciones de poder.

El dato central es el cambio de comportamiento: jueces que tradicionalmente se limitaban a sus fallos ahora intervienen públicamente para defender su integridad. 

Esa ruptura del silencio es, en sí misma, un indicador de deterioro.

Cuando el Poder Judicial necesita defenderse fuera de los tribunales, la discusión deja de ser jurídica y se convierte en un problema estructural del Estado de derecho.

PIEZAS SUELTAS

1.     Drones sobre Washington: alerta alta, respuestas opacas

El sobrevuelo de drones no identificados en la base militar Fort Lesley J. McNair no es un incidente aislado: es un síntoma. Ahí habitan los secretarios de Estado y de Guerra, Marco Rubio y Pete Hegsett, respectivamente. Ocurre en paralelo al aumento de tensión tras las operaciones de EE.UU. e Israel contra Irán y a la activación de protocolos de seguridad en bases clave como MacDill Air Force Base. El dato relevante no es solo la presencia de drones, sino la incapacidad —o cautela— para atribuirlos. El hecho es que hay vigilancia reforzada en instalaciones estratégicas y reuniones en la Casa Blanca. La lectura es que Washington opera en modo prevención, pero sin narrativa clara. El silencio del Pentágono sugiere incertidumbre o cálculo político. En seguridad nacional, ambas cosas pesan.

2.     Trump tantea la guerra, pero su propia base no quiere apostar

El dato es brutal: 65% de los estadounidenses cree que Donald Trump llevará al país a una guerra terrestre en Irán, pero apenas 7% respalda esa jugada. La brecha no es política, es de credibilidad. El punto clave es que tras el ataque del 28 de febrero, su aprobación se estanca en 40%. No hay “rally around the flag”, solo cautela y fatiga. La lectura política: Trump sube la apuesta militar mientras el electorado le marca límites. La narrativa de fuerza choca con el costo real de otra guerra larga. Y es que cuando el país anticipa la guerra pero no la compra, el problema no es Irán—es la confianza.

3.     El muro que no solo divide: también vacía la frontera

El posible cierre del Refugio de Vida Silvestre de Salineño , en el sur de Texas revela una tensión más profunda: seguridad contra sostenibilidad. Lo cierto es que se trata de un proyecto de muro impulsado por la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos que amenaza un ecosistema que ha reactivado el turismo tras la pandemia, con más de 2,000 visitantes y 116 especies registradas. Además de ser una obra física, esta es una decisión política que redefine la frontera como zona de exclusión, no de convivencia. El costo no se mide en metros de acero, sino en biodiversidad, economía local y narrativa internacional. La ironía es brutal: proteger el territorio sacrificando lo que lo hace valioso.

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