Adiós al viejo sabio Jürgen Habermas
Entre mis filósofos de siempre —por el hecho de estar vivo— se encontraba Jünger Habermas. Ahora, con sus 104 años, sólo me queda Edgar Morin.
Después de acercarme a su obra en una edad temprana —“Sobre Nietzsche y otros ensayos”, basado en la genealogía del rechazo, priorizando la religión—, últimamente leía a Habermas en el diario El País; a sus 96 años, la lucidez práctica continuaba siendo su principal característica: tocaba temas de actualidad —las guerras que, hoy por hoy, asolan al planeta con sus cargamentos letales de estupidez— con la perspicacia de quien ha cruzado espada con los más renombrados pensadores de todas las estepas de la filosofía.
Sin lugar a dudas, su tarea fue importante: abrir vías a la razón moderna, sobre todo poniendo a su lugar a la derecha desde la derecha.
La noticia de su muerte en Alemania —sábado 14 de marzo de 2026— llega cuando me encuentro leyendo “El filósofo. Habermas entre nosotros” (Trotta, 2020), del escritor e historiador Philipp Felsch. Un libro fresco, salpicado de cálidas anécdotas caseras y, sobre todo, de la cosmogonía académica que debe prevalecer en los entornos de luz de quien se dedicó por entero —y por tanto tiempo— a rehacer la filosofía en todos sus órdenes sociológicos.
Para un lector que se interese por la obra de Jünger Habermas, recomendaría sus “Perfiles filosóficos-políticos”, seguido de tres de sus libros principales: “Historia y crítica de la opinión pública”, “Teoría y praxis” y “El poder de la religión en la esfera pública”. No tendríamos que olvidarnos de “Jünger Habermas: Una biografía”, escrita por Stefan Müller-Doohm, ni de sus muy recientes ediciones de 2024: “Una historia de la filosofía 1. La constelación occidental de fe y saber”; Una historia de la filosofía 2. Libertad racional. Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la política deliberativa”, entre tantas otras.
“Hasta donde alcanza mi memoria —comenta Felsch—, Habermas siempre ha estado ahí, pero como alguien a quien yo prestaba obedientemente atención y cuyas ideas casi siempre me llegaban de segunda mano y, sobre todo, desde la perspectiva de sus rivales. Hoy esto lo considero una negligencia por mi parte. ¿Acaso no ha sido también un punto de referencia inevitable en mi propia evolución intelectual? ¿Es que no ha influido, como casi ningún otro, en los debates políticos de la antigua República Federal? ¿Qué significa el fin del mundo de ayer para su legado? ¿Será distinto este país sin él?”.
Descanse en paz, uno de mis más apreciados enemigos: el viejo sabio Jünger Habermas.
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