Cultura

Sergio Pitol, un “buscador radical e incansable de la felicidad”

Por: Eirinet Gómez / La Jornada

En vísperas de emprender un viaje a Europa, en marzo de 1968, el escritor y traductor Sergio Pitol (1933-2018) empezó un diario. El contenido vertido ahí, durante una travesía de 12 años por siete ciudades europeas, da cuerpo al volumen Diarios 1968-1980, que hoy saldrá a la venta en España.

En ese contexto, La Jornada entrevistó por escrito a Ignacio Echevarría, quien hizo la edición y prólogo de la obra, para preguntarle cómo el contenido de esos diarios matizó la imagen que teníamos del escritor, la influencia que tuvieron sus viajes y sus amigos en su escritura, cuáles eran sus conflictos e inseguridades y cuál era la relación entre sus deberes diplomáticos y la búsqueda de su propia voz como narrativa.

“Quienes busquen en ellos ‘literatura’ se llevarán un chasco. Yo los recomendaría a todos aquellos a quienes despierta curiosidad la trastienda del escritor: no tanto su cocina o su taller como su trastienda”, apunta Echevarría.

–¿Qué encontró en esos diarios que modificó o matizó la imagen que hasta ahora teníamos de Sergio Pitol como escritor?

–Destacaría dos aspectos. El primero: la radicalidad de su determinación de escribir, que prevalece a pesar de todo, a pesar de las constantes distracciones a que lo abocan su intensa vida social, sus obligaciones laborales, su profundo sentido de la amistad, sus amoríos, su pasión viajera, su voracidad como lector, su afición a la música, a la ópera, al teatro, al cine, a visitar museos y exposiciones… Buscador incansable de la felicidad, Pitol sólo la experimenta plenamente a través de la escritura, en la escritura. Bajo este punto de vista, su diario recuerda al de Kafka. Por otro lado, y sin menoscabo de lo que acabo de decir, esa determinación de escribir es previa a ningún proyecto concreto.

“Este primer volumen de su diario pone de manifiesto la dificultad de Pitol para dar con su propia vena de escritor, patente en los más de 10 años que le cuesta concluir Juegos florales, y en la frecuencia con que le asaltan las dudas sobre qué escribir, por un lado, y sobre la calidad de lo que escribe, por otro.

“En este sentido, Pitol es un escritor sin brújula, a la vez ambicioso y desorientado, que sólo encauza su estilo definitivo cuando –gracias en buena medida a su diario– encuentra su fórmula más propia en esa mixtura de ensayo, ficción y autobiografía que cuajará por fin en El arte de la fuga.

“Siempre a la izquierda”

“Hay otro aspecto colateral que me ha llamado mucho la atención y que creo que vale la pena subrayar: la insobornabilidad de sus convicciones políticas, siempre escoradas a la izquierda. Su atenta observación de las condiciones de vida en los países del área soviética nunca merma su inequívoco alineamiento a favor del socialismo.”

–Usted destaca el papel que tuvieron estos diarios en su obra. ¿En qué momentos puede verse con mayor claridad cómo una anotación personal se transforma en materia literaria?

–Conforme adquiere, poco a poco, el hábito de escribir un diario, Pitol se sirve cada vez más de él como proveedor de temas, asuntos, caracteres. De ahí que restrospectivamente se refiera a él como “mi cantera, mi almacén, mi alcancía”. Y ello, a pesar de que desde un principio se propone muy explícitamente resistirse a la tentación de hacer con él literatura. Es éste uno de los rasgos más destacables de su diario: la completa ausencia en él de “bel letrismo” (por emplear una categoría especialmente afortunada de César Aira). Por lo demás, ya he dicho en otra ocasión que el diario de Sergio Pitol, como el de Kafka, como el de Mario Levrero, es, en buena medida, un inventario de las distracciones que apartan a su autor de la determinación de escribir.

“A menudo durante meses enteros, el diario viene a ser lo único que Pitol alcanza a escribir, el único testimonio que lo acredita ante sí mismo como escritor. No es raro, así, que sea el diario mismo, en su conjunto, el que de modo progresivo trasmuta, sin pretenderlo, en materia literaria.”

–¿Qué relación encontró entre el Pitol diplomático, que se desplaza constantemente por Europa, y el Pitol que está buscando su propia voz literaria?

–Es obvio, cuando se lee su diario, que para Pitol la vía diplomática no obedeció a ningún impulso vocacional, sino que fue el cauce que el azar y las circunstancias le brindaron para dar curso a su congénito nomadismo, que en no poca medida obedecía a su deseo de poder desarrollarse plenamente fuera de las constricciones que le imponía la sociedad mexicana, especialmente en lo relativo a su sexualidad.

Pulsión nómada

“El impulso de escribir se halla en Pitol íntimamente relacionado con el de la fuga: su divisa podría ser la misma que la del personaje de ese hermoso apólogo de Kafka titulado La partida: “Fuera de aquí, tal es mi meta”. La pulsión viajera de Pitol responde, por otro lado, a un estado casi permanente de receptividad, que lo caracteriza asimismo como lector. Su faceta como diplomático pinta muy poco. De hecho, la rutina en las sucesivas embajadas en que trabajó se le hizo a Pitol muy cuesta arriba: unos de los leitmotivs del diario son las pesadillescas relaciones que mantiene con el personal de casi todas ellas, fuente constante de comicidad para el lector.”

–El libro recorre Belgrado, Varsovia, Budapest, Barcelona, París y Moscú. ¿Cómo influyeron esos desplazamientos y los distintos ambientes culturales en la formación de escritor?

–La mayor parte de estos destinos pertenece al mundo eslavo y a la Europa Oriental. A Pitol le propusieron ir a Belgrado como agregado cultural, en 1968, por su familiaridad con la Europa del Este, obtenida durante su estancia de tres años en Varsovia, de 1963 a 1966. Eso fue lo que decantó su carrera diplomática. Pitol conectó instantáneamente con el vitalismo y la sensualidad de los polacos, y luego con el de serbios, húngaros, rusos. Fue en estos destinos donde se explayó su sexualidad. De esa conexión surgió el interés por aprender polaco, primero, y luego ruso; su descubrimiento del enorme caudal de literatura escrita en esas lenguas, su fascinación por la excentricidad que la caracteriza.

Su propia literatura se embebió desde un comienzo de los tonos a menudo carnavalescos de las literaturas europeas orientales, y él mismo, a través de sus trabajos como traductor, antólogo y asesor editorial, contribuyó decisivamente a darlas a conocer en lengua española, convirtiéndose en un puente cultural decisivo. Yo diría que la prolongada estancia de Gombrowicz en Argentina y la tarea divulgadora de Pitol (a quien el primero escogió como traductor de su obra al castellano) introducen en la literatura latinoamericana, y en parte también en la española, un elemento vivificador cuya beneficiosa influencia está aún por ser adecuadamente evaluada. La narrativa misma de Pitol sería uno de sus primeros y más patentes frutos.

Espíritu inquieto

–Barcelona ocupa un lugar especial en el libro, por el ambiente de la Gauche Divine. ¿Qué revela Pitol desde dentro de ese mundo intelectual?

–La prolongada estancia en Barcelona constituye un paréntesis muy particular en la trayectoria de Pitol. Llegó a la ciudad, procedente de Belgrado, sin oficio ni beneficio. Se alojó durante meses en una sórdida pensión del barrio chino, entre putas y chaperos. A la vez, accedió a los cículos editoriales, y se introdujo en los ambientes en que se había fraguado el boom de la literatura latinoamericana, algunos de cuyos representantes más destacados estaban instalados en la ciudad o la visitaban con frecuencia. Fue en esos años en los que se consolidó su decisión de ser escritor, gracias sobre todo a las amistades que entonces cultivó y a su ingreso en lo que cabe entender por “vida literaria”. Su testimonio de aquella época descubre una ciudad que él mismo describe como “una de las más vivas de Europa”, pese a la dictadura de Franco. Es un testimonio especialmente interesante por proceder de alguien que se mantiene en los márgenes. Pitol experimentó en Barcelona un intenso sentimiento de libertad, cuyas vibraciones nunca dejaron de resonar en su espíritu inquieto.

La tierra en que germina la escritura

–En los diarios aparecen sus lecturas, las música, el cine, el teatro, los amigos, los viajes. ¿Qué importancia tienen estos elementos para comprender su literatura?

–Una importancia decisiva. Constituyen la tierra en que germina la escritura de Pitol, que se alimenta de todo eso. Baste pensar en la naturaleza itinerante de no pocas de sus novelas y relatos. En la condición metaliteraria de muchos de ellos. En el protagonismo que tiene la figura Gógol en Domar a la divina garza, o en las menciones, en Juegos florales, a un conocido cuadro de Lucas Cranach, La anciana enamorada, por ejemplo.

–¿Cuáles son los conflictos, las inseguridades de Pitol que contrastan con la imagen más serena y elaborada de su obra?

–Convengo en lo de “elaborada”, pero no tanto en lo de “serena”. La marca de la literatura de Pitol es, como ya he sugerido antes, cierta inclinación a lo grotesco, a lo carnavalesco, muy presente en las literaturas eslavas. En su momento, la lectura de Bajtín y su enfoque de las literaturas populares en la Edad Media lo entusiasmó. Por mucho que su porte y su actitud personales fueran discretos, amables, corteses; Pitol era un observador muy incisivo de la vida social, y su registro de la misma está lleno de rasgos expresionistas, como las pinturas de Ensor. Sus novelas son galerías de personajes estrafalarios y risibles. Por este lado, su literatura conecta con la de un autor como Ibargüengoitia. En cualquier caso, la timidez innata de Pitol, su reserva, su buena educación, el hábito de velar su homosexualidad, disimulaban su acerado ojo crítico, incluso satírico. A ello cabe sumar, cómo no, su íntima y siempre carcajeante amistad con Carlos Monsiváis. Y no cabe duda de que los infernales microcosmos de las embajadas, con su personal siempre movido por rencillas y cuotas de poder, ahondaron esa percepción grotesca de la humanidad tan patente en sus novelas.

Tendencia congénita al exceso

“Por otro lado, el diario da cuenta de la tendencia congénita de Pitol al exceso. Son incontables sus borracheras, sus indigestiones por haber comido demasiado, sus propósitos siempre incumplidos y reiterados de renunciar al tabaco, a la vida social, a tantas horas perdidas, ¡tardes y noches enteras!, viendo la televisión o haciendo solitarios.

–En el libro aparece un Pitol muy íntimo: sus amoríos, sus encuentros sexuales, cenas, enfermedades ¿Qué criterio siguió para decidir qué conservar, cómo ordenar y cómo intervenir editorialmente un material tan íntimo y escrito durante tantos años?

–Dejemos claro que la edición del diario que presentamos es íntegra. El texto no ha sido objeto de ninguna clase de recortes ni amputaciones. Nos hemos basado en la transcripción mecanoscrita que el mismo Pitol hizo de sus cuadernos manuscritos originales. La intervención de los editores se ha limitado a restaurar o reconstruir pasajes inciertos o corruptos, regularizar nombres y grafías, enmendar puntuaciones arbitrarias, descuidos, confusiones… Poco más, aparte de unas básicas notas aclaratorias. Es tarea siempre problemática y dudosa seleccionar unos diarios. Tanto más unos diarios como los de Pitol, muy poco “literarios” en el sentido convencional del término, cuyo interés reside precisamente en la intimidad a menudo descacharrada del día a día, en el reiterado fracaso de los propósitos sin cesar repetidos.

Lo oculto a la mirada

“La intimidad tiene su propia épica, su propio tiempo. Todo recorte supone una deformación. Por lo demás, es cierto que el diario revela de modo abierto, y por primera vez, la vida sexual y sentimental de Pitol. Revela además los altibajos y enfados con sus amistades. Su hipocondría, sus depresiones, sus adicciones. También sus miedos. Todo aquello que él mismo ocultó a las miradas de los demás. Si Pitol no se decidió a publicar el diario en vida fue por no dejar transparentar esa intimidad, que mientras fue diplomático podía comprometerlo y causarle problemas. Pero no sólo eso. Como diría Canetti, el diario viene a ser “el interlocutor cruel” que pone en evidencia los peores aspectos de uno mismo, los más guardados. Quizás por eso; el mismo Canetti lo sugiere en un pasaje que cito al frente de mi prólogo, todos los diarios escritos sin pensar en los lectores son lamentables, y porque lo son nos resultan interesantes.”

Trastienda del autor

–Si tuviera que decirle al lector por qué vale la pena entrar en estos diarios, ¿qué le diría?

–Los de Pitol son diarios de vida, escritos, insisto, de puertas adentro, no para exhibirse. En pocas ocasiones se puede decir esto con tanta firmeza. Quienes busquen en ellos “literatura” se llevarán un chasco. Yo los recomendaría a todos aquellos a quienes despierta curiosidad la trastienda del escritor: no tanto su cocina o su taller como su trastienda. Se aprende mucho descubriendo la ganga de la que surge el metal literario. En el caso de Pitol, se aprende sobre todo que, como decía al principio, la determinación de escribir debe superar los incesantes obstáculos que a la misma oponen las constantes distracciones, los compromisos, los trabajos, los afectos.

“Son incontables las fuerzas centrífugas que restan la energía necesaria para llenar la hoja en blanco de algo digno de ser apreciado por uno mismo y por los demás. No es poca lección para quienes tenemos el vicio de leer y cultivamos una idea quizás errónea de lo que supone ser escritor.”

Related Posts