Cultura

Bob Dylan cumple 80 años

Por: Pablo Espinosa

Escribió en su libro Chronicles a propósito del año de su nacimiento, 1941: “si naciste, vivías o sobrevivías en esta era, podías percibir con claridad cómo se iba el mundo viejo y comenzaba la vida nueva”.

Su conciencia de umbral, frontera, twilight, es próxima al concepto budista del bardo: la vida es un lapso, paréntesis, parpadeo.

Supo, sabe, que su trabajo consiste en narrar esa experiencia, el bardo: el periodo que media entre el momento en que nacemos y en el que expiramos. Narrarlo poéticamente.

Esa es la razón que explica sus poderes literarios, casi mágicos. Por ejemplo, describe el momento exacto en el que nos sumergimos en un sueño, misma atmósfera vital del momento en el que despertamos.

Poderes siempre en manos de poetas grandes, como John Keats:

Was a vision, or a waking dream? Fled is that music: –Do I wake or sleep?

¿Tiene usted conciencia, hermosa lectora, amable lector, del momento en el que pasa usted del estado de vigilia y comienza su mente a vivir un sueño? ¿Recuerda usted lo que estaba soñando la última vez que despertó? ¿Atesora usted ese instante infinitesimal en el que sueño y realidad son lo mismo?

He ahí uno de los secretos de la poesía de Bob Dylan.

Robert Allen Zimmerman nació en Duluth, Minesota, el 24 de mayo de 1941. Su traslado de ese pueblo hacia el Greenwich Village de Nueva York, cuando muy joven, equivale al traslado del pueblo de Avon hacia Londres, de William Shakespeare.

Su cumpleaños 80 produce una tormenta eléctrica, un iceberg de imágenes en la cabeza de todos nosotros y de cada uno, de acuerdo a su propia experiencia, su propia vivencia de la poesía de quien adoptó el nombre de un poeta maldito, Dylan Thomas, para pasear por el mundo (en uno de sus poemas elabora una parábola –de sus juegos favoritos– pintándose a sí mismo deambulando en su habitación con pluma en mano), su poesía:

La lluvia de instantáneas:

Dylan sentado en el césped con Allen Ginsberg durante horas hablando de poesía.

Dylan tocando de espaldas al público en algunos de sus conciertos.

Dylan sentado bajo el cielo estrellado con Marianne Faithful durante horas hablando de poesía.

Dylan parado en el proscenio del Palacio de los Deportes, a dos meses de cumplir 50 años, en el primero de sus conciertos en México, mayo de 1991: se quita el sombrero, fieltro café, elegantísimo, hace una caravana dieciochesca y lanza la prenda al aire viciado por la respiración de 10 mil habitantes del Nirvana en que convirtió el recinto durante su concierto. En cámara lenta vemos volar el sombrero y llegar, paloma querida, a las manos de una dama afortunada que lo anida de inmediato contra su pecho.

Dylan canta:

Lay, Lady, lay Lay across my big brass bed Whatever colors you have in your mind I’ll show them to you And you’ll see them shine Stay, lady, stay Stay with your man awhile Until the break of day

El bardo, el intersticio, la frontera. El “break of day”, escribe Dylan, es el mismo instante cuando entramos en la noche. El twilight, una de sus metáforas queridas.

El señor Robert Zimmerman siempre es noticia. En España salió hace apenas unos días la versión en español, una redición, de un libro que leímos en 2008 en inglés: Hollywood Foto-Rhetoric: The Lost Manuscript.

Su valor es inconmensurable: 23 poemas que escribió Bob Dylan en 1964, cuando tenía 23 años y estaba cumpliendo 24 (el bardo, el intersticio, el lapso entre esto y lo que sigue, no tenía 23: estaba cumpliendo 24).

El año definitivo de Robert Zimmerman fue 1966: luego de 43 conciertos en gira, desde Kentucky hasta Australia, París y Manchester (17 de mayo, erróneamente llamado “el concierto en el Royal Albert Hall”), grabó Blonde on Blonde, su obra maestra.

Ofreció otros 64 conciertos en gira, pero su motocicleta detuvo su loca carrera; ese accidente estuvo a punto de costarle la vida, no por las contusiones, sino porque estaba al borde del colapso por exceso de trabajo. De no ser por el accidente en moto, hubiera tenido otro tipo de accidente, aún mas grave.

En ese año, Barry Feinstein fotografió la gira europea de Dylan. Compartieron aviones, hoteles baratos, carretera.

Feinstein propuso a Dylan hacer un libro juntos: las fotografías del Hollywood de principios de los años 60, para los cuales Dylan debería escribir poemas para acompañarlas.

Ese poemario es fundamental para entender a Dylan. Ahí están todas sus obsesiones, giros idiomáticos, su rítmica galopante y trastocada, sus acentos desiguales, su conjunto de herramientas únicas que le sirven para untar una membrana de misterio a todo lo que escribe.

Definitivamente es un poemario beatnik. Había recibido lecciones intensivas de su mentor, Allen Ginsgerg:

looks clean brothers’ guns blast credits proud own prizes pound chests congratulations proud? me? i’m ashamed ashamed t know just who’st blame starving people could eat a while on what this nonsense represents presidents dont cry so why should i

Las contracciones, el uso anticonvencional de las palabras, la energía verbal, los tonos insinuantes, la ironía. Años después, en 1971, escribiría en su libro Tarántula: “La diferencia entre las palabras en papel y en las canciones: la canción se desvanece en el aire, mientras el papel queda”.

Esos 23 poemas iniciales de Bob Dylan resultan iniciáticos. Su vocación de contar historias, de dibujar paisajes, fotografías mentales, tiene en este libro, novedad bibliográfica en español, el mejor ejemplo posible, porque en ningún momento ilustra fotografía alguna, no hace pies de fotos, escribe poemas para un libro, contoneándose, haciendo contonía (juego de palabras con sintonía) con las imágenes de su amigo Barry Feinstein.

Uno de los momentos más conmovedores del libro es el largo pasaje, muy al estilo del Ulysses de James Joyce, una manera novedosa de monólogo interior, donde Dylan narra la mañana en que encontraron muerta a Marilyn Monroe, sin mencionarla, porque se trata de poesía de formato abstracto, no ilustrativo, poesía en libertad.

Vemos en las fotos la alberca y junto al agua los muñecos de peluche de la joven rubia y luego escenas del funeral, mientras Dylan apunta hacia un tema al que siempre ha regresado: fue un crimen de Estado.

Murder Most Foul, una de las obras más recientes de Dylan, por ejemplo, escrito en ritmos yámbicos, narra el asesinato y los momentos posteriores a la muerte de Kennedy. En el poemario que escribió décadas antes, es decir, el del libro que hoy nos ocupa, apunta precisamente hacia los Kennedy cuando menciona la palabra crimen.

Dylan siempre ha desconcertado a todos. Cuando en su momento dijo que había algo de él en la persona de quien disparó contra Kennedy, fue malinterpretado y condenado, como muchas veces ha sido condenado por ignorancia crasa (el rasgamiento de vestiduras de los falsos intelectuales cuando le dieron el Premio Nobel, por ejemplo) y su juego de espejos, sus juegos de metáforas, sus parábolas, sus imágenes en movimiento, sus juegos de conceptos, quedan en cambio para la posteridad. Porque la poesía, la gran poesía, es imperecedera.

La gran cultura literaria de Bob Dylan, al igual que la de Marianne Faithful, Patti Smith, David Bowie y Lou Reed, por mencionar pocos ejemplos, no muestra sus costuras en sus obras. Se nota, en cambio, en el impacto de esas obras. Y ese es el gran secreto de Bob Dylan.

Canta Bob Dylan:

If you’re travelin’ in the north country fair Where the winds hit heavy on the borderline Remember me to one who lives there She once was a true love of mine

La frontera, el umbral, traspasar la frontera, cruzar el umbral. Bob Dylan tiene muchas canciones de las muchas ocasiones en que ha cruzado la frontera con México. Un ejemplo bonito es su canción Spanish is The Loving Tongue, donde narra un fracaso amoroso en la frontera:

Spanish is the loving tongue Soft as music, light as spray Broke her heart, lost my own Adiós, mi corazón

Feliz cumpleaños 80, poeta Robert Zimmerman.

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