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Cultura

Al silenciarse los escenarios, la música se refugió en balcones o el Internet

Por: Alondra Flores Soto / La Jornada

Escuchar los sonidos de una gran orquesta sinfónica se convirtió en uno de los mayores actos peligrosos de las artes durante la peor etapa de la pandemia que paralizó al mundo a partir de la primavera de 2020. Tres años después se vive cierta normalidad en las salas de conciertos, en las que perduran algunas medidas básicas de prevención. Sin embargo, el covid-19 dejó una huella profunda que permanece en lo invisible de los escenarios.

La pandemia devastó el bienestar económico y social de las comunidades artísticas, pero ciertos grupos, como los músicos orquestales, se vieron afectados de manera desproporcionada, reportó un estudio elaborado en el departamento de biología de la Universidad Stanford, titulado Caracterización de la relación entre la pandemia de covid-19 y el bienestar de los músicos clásicos en Estados Unidos.

Se trató de un daño enorme en una industria marcada por la inestabilidad; “un impacto tan grande como el del covid-19 puede traer efectos negativos que durarán mucho más que la propia pandemia”, afirma el documento.

Con los cierres de las salas los artistas enfrentaron mayor incertidumbre en sus carreras, particularmente los músicos, quienes obtienen la mayor parte de sus ingresos de los conciertos en vivo y sus actuaciones son parte integral de sus identidades, quienes ya desde antes vivían una intensa competencia e inseguridad financiera. Con la disrupción los interpretes describieron el surgimiento de cuestiones existenciales, “¿cómo encontramos sentido?” o “¿continuaremos tocando?”

Con los cierres, se requirió que se adaptaran creativamente, movieron sus presentaciones de las salas de conciertos a los balcones, las calles o Internet. Entonces se enfrentaron a retos profesionales y personales con la imposición de aislamiento, con consecuencias del aumento de la soledad, ansiedad y preocupación, más la incertidumbre laboral.

El silencio se instaló en los escenarios por temporadas completas, la pantalla se volvió un acto de consuelo ante el encierro y la soledad fue cultivo para la creación de obras reflexivas sobre el respiro de la vida. Para algunos afamados músicos, entre ellos Gustavo Dudamel o Kirill Petrenko, la relación con la música y el público cambió.

El venezolano Dudamel, director titular de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles (LA Phil), comprendió un nuevo sentido sobre su quehacer artístico, como reveló en una entrevista con un diario californiano, pues llegó a pensar: “Todo puede ser la última vez. Cómo lo haces, cómo eres, cómo creas, cómo interpretas la música, todo eso va profundamente en tu ser”, reveló sobre el periodo del vacío que habitó el Walt Disney Hall, como muchos otros hermosos recintos que hospedan los violines, los timbales o los cornos.

Desde marzo de 2020 inició una oleada de cancelaciones de las giras programadas por las orquestas de todo el mundo, obligados por motivos de seguridad para el público y los mismos artistas. Cambió el ritmo que viven los grandes músicos, de un concierto tras otro, sumadas a las consecuentes pérdidas de ingresos y el trabajo de muchos instrumentistas colgando en el aire.

El economista Robert Flanagan, investigador universitario en Stanford, afirmó a La Jornada que el covid-19 redujo la seguridad financiera de la mayoría de las organizaciones de artes escénicas, porque la asistencia (y la venta de boletos) disminuyó a medida que las personas evitaban multitudes que podrían provocar un contagio generalizado. Este golpe llegó a un sector de las artes escénicas que ya vivía un declive de ingreso y un desequilibrio financiero en general durante las pasadas dos décadas.

El autor del libro La peligrosa vida de las orquestas sinfónicas: Triunfos artísticos y desafíos económicos,apuntó que los ingresos de los músicos y otros intérpretes disminuyeron.

También la ciencia añadió a sus intereses de estudio los niveles de peligro al conjuntar en un espacio reducido a un numeroso grupo de músicos, como ocurre con las sinfónicas, donde los instrumentos de viento son todavía más inseguros por la propagación del aire. Las mediciones llegaron con las distancias y la disminución de atrilistas, los conjuntos de cámara se convirtieron en lo más idóneo, así como inventos de mascarillas especiales y divisiones plásticas sobre el escenario. Los patrones del flujo del aire en las salas fueron parte de las estrategias para la disminución de enfermedades.

Hoy los conciertos volvieron, ya es posible adquirir boletos y acudir a grandes salas a oír música en vivo. Al comprar las entradas parece que quedó lejano, con algunas indicaciones básicas como es la recomendación del cubrebocas (no su obligatoriedad), la importancia de la vacunación, el lavado de manos y la súplica de no asistir ante la presencia de enfermedad o fiebre.

El director Kirill Petrenko, al frente de la Filarmónica de Berlín, describió que su sentimiento fue de destrucción, pues “en cierto momento pensamos que ya nadie nos necesitaba. Las vidas siguen. Las salas y teatros están cerrados. Algunas personas hacen su trabajo, pero nosotros estamos sentados en casa”, dijo en 2020, cuando la temporada de primavera se vio abruptamente interrumpida.

Como parte de la memoria de ese periodo oscuro de la humanidad quedaron infinidad de discos, videos y grabaciones de los músicos que en el encierro dieron rienda a la sensibilidad y creatividad. Ya sea de manera reflexiva y existencial sobre la vida, algunos en un tono oscuro o triste, mientras en otros afloró la responsabilidad de mantener en alto el aprecio por la vida y lo valioso de la cercanía de la calidez humana, la solidaridad y la empatía.

La tecnología y las pantallas se volvieron una importante herramienta para conectar a las audiencias con las creaciones, ya sea gracias a conciertos desde casa, como fue el caso del pianista Igor Levit, quien desde su hogar en Berlín por las noches ofrecía conciertos, o las agrupaciones que se ingeniaron para grabar cada quien desde sus respectivas casas, uniendo las pequeñas ventanitas en las pantallas de sus computadoras.

Por ejemplo, Dudamel relató que asumió labores desconocidas a las tradicionales como director de orquesta, pues participó en una serie de radio en la que entrevistaba a músicos, además de que emitió varios programas de televisión desde el Hollywood Bowl, que se sumó a ofrecer algunos conciertos filmados en la sala vacía, la orquesta distanciada y con mascarillas, los vientos y metales detrás de barreras de plástico.

Al volver a las presentaciones con público, algo se sintió diferente, una nueva unión, y encontró que en el Disney Hall, los integrantes de la orquesta ahora buscan sentarse más cerca unos de otros, quizá de manera instintiva.

Cuando en Berlín, capital de uno de los países europeos más afectados, permitió volver a abrir los foros para conciertos en vivo después de más de un año, la alegría era palpable, tanto para Petrenko como para los músicos de la orquesta y la audiencia que aplaudió con mayor intensidad. Fenómeno que se repitió: volver fue espectacular, vibrante, emotivo.

Entonces, una vez más hubo comprensión de qué se trataba la profesión, dijo el director de origen ruso: “no se trata sólo de hacer música; es hacer música frente a alguien o para alguien o para brindar nuestro conocimiento, pero también para cambiar a alguien que está en la sala en ese momento. Esto es lo que tanto faltaba”.

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