El Escuchón: los lonches y el vicio epistémico
El lunes, en el parque, mientras comía mi lonche, escuché a un trabajador quejarse mientras terminaba el suyo:
—Los domingos en mi casa no podemos sentarnos a comer sin terminar discutiendo.
—Pues en mi casa comemos en santa paz —replicó otro hombre que apenas empezaba su lonche.
—¡Qué envidia! ¿Cómo le haces? —preguntó el hombre ya sin lonche.
—El secreto es no darles motivos para discutir. Cuando no alcanza el dinero, les digo que estamos practicando la austeridad. Si no podemos salir de vacaciones, les explico que estamos fortaleciendo la convivencia familiar.
—¿Y con eso se conforman? —preguntó el hombre sin lonche, intrigado.
—Es que también hay que saber qué cosas contarles. Por ejemplo, si me preguntan por qué no compramos algo que les prometí, les explico que cambiaron las prioridades.
—Pero ¿no se dan cuenta? —replicó el hombre sin lonche.
—¡No, hombre! Cuando mi hijo me dice que no lo dejo decidir, le explico que la libertad no consiste en hacer lo que a uno se le antoje, sino en hacer lo que más conviene a la familia.
La cara del hombre sin lonche no dejaba lugar a dudas de que prefería la guerra sin cuartel de su casa al palacio de la conformidad que le presumía su colega. La razón tiene que ver con lo que hoy llamamos injusticia epistémica, que ocurre cuando alguien es tratado opresivamente en su capacidad para conocer, comprender y/o comunicar lo que sabe. Una de sus manifestaciones consiste en privar a las personas de la información y los conceptos que necesitan para entender su mundo, formar juicios propios y ser escuchadas como iguales. Presumiblemente, aunque discutir sea con frecuencia un proceso caótico, desordenado, irritante e incluso desafiante, el hombre sin lonche aprecia que sus hijos lo contradigan y critiquen porque sabe que están ejercitando sus músculos críticos. Estos les permitirán, en la adultez, determinar qué tipo de bien quieren realizar con sus vidas y cómo desean participar en su comunidad. En cambio, el hombre del lonche viola sus obligaciones de cuidado porque obstaculiza precisamente el desarrollo de las capacidades que permitirán a sus hijos comprender críticamente el mundo y hacerse responsables de sus propias vidas.
La estrategia del padre del lonche no es muy distinta de la que emplean algunos gobernantes: controlar lo que los demás saben para evitar que puedan juzgarlos. El Instituto Nacional Electoral (INE), por ejemplo, no era una institución perfecta, ni mucho menos, pero había conseguido un grado considerable de profesionalización, independencia y confianza pública; mismas que fueron socavadas y corroídas por los objetivos electorales del partido. En vez de tomar responsabilidad y corregir, para que exista aprendizaje colectivo, la estrategia es violar además sus obligaciones de cuidado con nuestra consciencia y obstaculizar hasta donde les sea posible nuestro juicio.
Así, en lugar de reconocer los méritos del INE y corregir sus deficiencias, López Obrador dedicó buena parte de su gobierno a desacreditarlo. En marzo de 2023 celebró la llegada de Guadalupe Taddei a la presidencia del INE. La describió como una mujer profesional, honesta e íntegra. Claudia Sheinbaum celebró también el relevo: «¡Qué diferencia!», escribió.
Tres años después, la gestión de Taddei enfrenta graves cuestionamientos por contrataciones, presuntos conflictos de interés e irregularidades administrativas. La titular del Ejecutivo ha rechazado que las irregularidades puedan atribuirse a Morena. Pero omite que el INE había sido diseñado para tomar decisiones colegiadas y, cuando Taddei no consiguió los acuerdos necesarios para nombrar a los responsables de áreas fundamentales del instituto, Morena y sus aliados modificaron la legislación electoral para permitirle realizar esos nombramientos unilateralmente, sin la aprobación del Consejo General, concentrando en su presidencia facultades que antes estaban sujetas a controles colegiados. Así, mientras el gobierno se deslinda de los problemas actuales del INE, deja fuera de la discusión pública su propia responsabilidad en el debilitamiento de los mecanismos institucionales que debían prevenirlos.
Como el padre del lonche, los gobernantes que manipulan conceptos e información no solamente incumplen sus obligaciones de cuidado epistémico para controlar las condiciones bajo las cuales podemos juzgar sus actos, sino que además terminan por perjudicar al propio movimiento político que pretenden proteger, pues un régimen que necesita nublar la información y la crítica garantiza la lealtad política, pero solo mediante la subordinación intelectual. ¿No se darán cuenta de que ese camino termina vaciando de legitimidad a su movimiento, hasta convertir el orgullo de ser morenista, no en una virtud de izquierda, sino en un vicio intelectual?
*Investigador de la Estación Noroeste de Investigación y Docencia del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
@KikeCamach




