Opinión

El Escuchón: La Soberbianía

Por: Enrique Camacho Beltrán*

Muy de pasada en la oficina de correos, alcancé a escuchar a un universitario quejarse de que otro joven le chocó en un alto. Aparentemente, la asesoría legal del seguro dio con el joven, quien se había dado a la fuga. Finalmente, en el juzgado, el universitario presentó la factura de las reparaciones para que los papás del joven subsanaran el gasto a cambio del perdón. Antes de entregar el dinero, la madre de la criatura interpeló: «Mi hijo está becado porque es excelente estudiante y ha ganado premios». El universitario entendió entonces que se trataba de Mamá Cuervo defendiendo a su hijo sin entender que su pequeñín era el malo de la historia. Sin chistar, contestó: «Yo también estoy becado, señora; trabajo y soy asistente de investigación. Estamos aquí porque su hijo iba celebrando con sus amigos y, después de chocarme mientras yo esperaba la luz verde, casi me arrolla cuando bajé del vehículo para poder darse a la fuga». Al ver la cara de sorpresa de Mamá Cuervo, el universitario entendió que era la primera vez que ella escuchaba esa versión de la historia.

No es un misterio eleusino ni órfico lo que produce en las infancias la clásica adoración ciega de los padres que vuelve invisibles sus faltas y defectos, haciendo imposible que cultiven valores, buenos hábitos y conductas éticas respetuosas de los derechos de las demás personas. El amor de los padres puede ser tan dañino para los hijos como veneno en frasco de galletas si no se manifiesta también en formación, edificación, disciplina y educación. El problema no es que Mamá Cuervo quiera demasiado a sus polluelos, sino que los mire siempre con los ojos del amor y nunca con los del juicio constructivo. En esas condiciones, el amor que nos impide reconocer las faltas de quienes queremos deja de protegerlos, pues los aísla precisamente de aquello que puede hacerlos madurar, corregirse y construir para sí mismos una vida significativa.

Las personas que crecen blindadas del juicio, la crítica y las consecuencias de sus propios actos se ahogan en su propia soberbia hasta perder lo más valioso de su autonomía. No significa que la sobreprotección de mamá te haga incapaz de defenderte o de conseguir un trabajo. Te vuelve incapaz de apropiarte de tus defectos, fallas y errores lo suficiente como para poder remediarlos y convertirte en la persona que deseas ser. Sin esa forma de autonomía, la soberbia te deja indefenso frente a tus propios demonios, inseguridades y enemigos ficticios, creyéndote las historias que te inventas para no quedar tan mal.

Creo que algo parecido puede estar ocurriendo con nuestro régimen político. La concentración de poder, el debilitamiento o desaparición de algunos contrapesos institucionales, las descalificaciones contra periodistas, opositores y organizaciones civiles y la desaparición de organismos autónomos han reducido algunos de los espacios desde los cuales el gobierno podía ser contradicho, vigilado o corregido. Vistos de esta manera, no se trata solamente de contrapesos perdidos: el propio régimen se va convirtiendo en una Mamá Cuervo en esteroides que sobreprotege y echa a perder a quienes ejercen el poder. Así, el efecto mamá-cuervo ha producido una clase política adicta a las prendas de superlujo, un junior delirante que se alucina heredero de la corona y una nueva clase política en la que se acumulan escándalos y señalamientos de vínculos con el crimen organizado. Un gobierno puede acumular muchísimo poder y, al mismo tiempo, volverse cada vez menos capaz de gobernar bien y procurar el cuidado y la seguridad de la gente. Cuando nadie puede contradecirlo, fiscalizarlo o hacerlo pagar por sus errores, deja de distinguir entre tener razón y tener la fuerza suficiente para ejercer su soberanía.

El problema de Mamá Cuervo no fue tener que pagar la reparación por la negligencia de la criatura. Fue llegar al juzgado todavía convencida de que su hijo era el bueno de la historia.

Quizá las instituciones que fueron disueltas, desfondadas o colonizadas y los actores que han sido desacreditados servían, con todos sus defectos, cuando menos parcialmente, para evitar que los gobiernos pudieran hacer lo mismo: jueces, periodistas, auditores, opositores y ciudadanos encargados de recordarles que no basta llegar a casa con una buena historia cuando afuera quedó un coche destrozado. Un gobierno al que siempre le creemos su versión puede terminar igual que aquel muchacho: convencido de su propia excelencia, acumulando premios y, al final, ahogado por su soberbianía.


*Investigador de la Estación Noroeste de Investigación y Docencia del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM

@KikeCamach

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