Telnor: crecer por fuera, recortar por dentro
Hay empresas que reducen personal porque su mercado desaparece, porque sus ventas se desploman o porque la tecnología volvió innecesaria buena parte de su actividad. El conflicto que hoy enfrenta Teléfonos del Noroeste, Telnor, obliga a preguntarnos si estamos realmente frente a alguno de esos escenarios.
Entre el 8 y el 11 de septiembre fueron separados más de 200 trabajadores sindicalizados en Baja California y Sonora. No es una cifra menor: el sindicato tiene alrededor de 1026 agremiados en la región. Los afectados sostienen que no renunciaron, que no celebraron convenios de terminación y que fueron privados de accesos, herramientas y posibilidades materiales de seguir trabajando. Su exigencia tampoco deja lugar a dudas: no quieren que los liquiden; quieren recuperar sus empleos.
El conflicto continúa escalando. La dirigencia sindical se encuentra en Ciudad de México, en reuniones ante el Centro Federal de Conciliación y Registro Laboral y realizando gestiones ante las autoridades laborales. Al mismo tiempo, explora las acciones colectivas a su alcance, incluida la posibilidad de una huelga.
Pero creo que reducir esta historia a discutir si se violó una u otra cláusula contractual sería quedarnos en la superficie.
El problema es mucho más profundo.
Telnor no es una pequeña empresa regional aislada tratando de sobrevivir. Forma parte de uno de los grupos de telecomunicaciones más importantes del continente. América Móvil reportó solamente durante el segundo trimestre de 2026 ingresos superiores a 241 000 millones de pesos, una utilidad operativa antes de intereses, impuestos, depreciaciones y amortizaciones cercana a 96 000 millones de pesos y utilidad neta superior a 24 000 millones. En ese mismo trimestre crecieron sus servicios móviles y también sus accesos de banda ancha.
Es decir: estamos hablando de un grupo cuyo negocio fundamental, las telecomunicaciones, continúa creciendo.
Y aquí aparece la paradoja.
Mientras el grupo se expande, diversifica servicios, crea nuevas estructuras empresariales y aumenta clientes, una de las empresas que históricamente ayudó a construir esa presencia en el noroeste del país reduce drásticamente su plantilla sindicalizada.
Crecer por fuera y recortar por dentro.
No es una preocupación nueva de los telefonistas. En 2020, SINDETEL ya denunciaba que actividades de instalación de fibra óptica e internet estaban siendo realizadas por contratistas mientras alrededor de 200 vacantes correspondientes a personal sindicalizado permanecían sin cubrir. Curiosamente, seis años después, vuelve a aparecer una cifra semejante: aproximadamente 200 trabajadores son ahora separados de Telnor.
No afirmo que exista una sustitución matemática entre aquellos puestos y estos despidos. Sería irresponsable hacerlo sin prueba. Pero el antecedente obliga a formular una pregunta que la empresa debería contestar:
¿Quién está realizando hoy la materia de trabajo que durante décadas correspondió a los trabajadores de Telnor?
Porque esa es la verdadera discusión.
Las telecomunicaciones no desaparecieron. Se transformaron. La vieja línea telefónica cedió espacio al internet, la fibra óptica, la transmisión de datos, los servicios móviles y toda una enorme industria digital. Precisamente por eso resulta difícil aceptar que quienes participaron durante años en la construcción, mantenimiento y operación de esa infraestructura sean considerados ahora simplemente un costo del que puede prescindirse.
La reorganización empresarial tampoco puede analizarse ingenuamente. Es cierto que una parte de la separación funcional de Telmex y Telnor provino de disposiciones regulatorias y que de ahí surgieron empresas como Red Última Milla del Noroeste. No sería correcto afirmar que toda filial o empresa relacionada fue creada para desplazar trabajadores.
Pero una cosa es la obligación regulatoria y otra es lo que ocurre después con la materia de trabajo.
Si las actividades crecen, pero cada vez menos de ellas son ejecutadas por los trabajadores sindicalizados de la empresa original, el resultado práctico es evidente: la empresa puede conservar el negocio mientras el sindicato pierde trabajadores, plazas y materia de trabajo.
Y un sindicato sin materia de trabajo termina convirtiéndose lentamente en un cascarón.
Por eso el conflicto de Telnor no debería verse únicamente como la defensa de 200 puestos. Lo que está en juego es algo mayor: cuál será el lugar de los trabajadores sindicalizados dentro del nuevo modelo de telecomunicaciones.
Las empresas tienen derecho a modernizarse, reorganizarse y buscar eficiencia. Nadie sensato propondría detener la tecnología para conservar artificialmente determinados puestos.
Pero modernizar no puede significar que los beneficios del crecimiento permanezcan dentro del grupo empresarial mientras el costo de cada reorganización termina descargándose sobre los trabajadores.
Menos aún sobre trabajadores que contribuyeron a construir la infraestructura, atender a los usuarios y consolidar durante años un negocio que hoy forma parte de uno de los gigantes de las telecomunicaciones de América Latina.
Por eso entiendo y respaldo la defensa que hoy realiza SINDETEL.
No se trata solamente de discutir liquidaciones. Tampoco de nostalgia por una empresa telefónica que ha cambiado.
Se trata de impedir que la transformación tecnológica se convierta en una fórmula demasiado cómoda: trasladar la actividad rentable hacia nuevas empresas, contratistas o estructuras corporativas y dejar en la empresa original cada vez menos trabajadores y cada vez menos materia de trabajo sindical.
Si el negocio crece, la pregunta es inevitable:
¿Por qué quienes ayudaron a construirlo tienen que ser los primeros sacrificados?
Quizá esa sea la explicación más sencilla del conflicto que hoy vive Telnor:
Crecer por fuera, mientras se recorta por dentro.
¿Usted qué opina? ¡Se vale replicar!




