Elma Correa: “amo a las morras, pero soy dolorosamente heterosexual”
Los más de 45 grados a la sombra del verano mexicalense quizá sea el mejor momento para leer la primera novela de Elma Correa (Mexicali), un relato de largo aliento sobre la amistad entre personajes periféricos, esos que gustan a una autora de frontera que no tiene ganas de escribir sobre las tribulaciones de “hombres blancos heterosexuales” con poder.
Elma Correa es una mujer desparpajada, cuyo cabello vuela al viento. Acude a las charlas sobre Donde termina el verano –ganadora del premio Biblioteca Breve 2026– con camisetas marcadas con leyendas feministas, tenis y faldas circulares o de volandas que flotan etéreas con ella.
Donde termina el verano no es una novela de víctimas y victimarios, aunque la violencia –incluso entre mujeres– sea su telón de fondo. Como en la vida, hay silencios más que explicaciones, escenarios dinámicos que recorren dunas y calles de una colonia popular y polvosa que podría ubicarse en muchos lugares de México, si bien esté ambientada en la capital de Baja California. Es “una cátedra discreta sobre precariedad y violencia”, define Liliana Lanz, una de las amigas de Correa que leyeron los borradores de la novela.
Durante una charla con estudiantes de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC), surgió la típica pregunta de cuáles son los consejos para escribir una novela. Pero como Elma no es una típica escritora, aludió a ese “algo que tiene sin diagnosticar” y que su terapeuta sabe que “no me voy a medicar” porque “no tengo tiempo para regularme”. Va a terapia, eso sí: “vayan a terapia, plebes…. ésta soy yo con terapia, imagínense que no fuera”, dice sin dejar de reír.
“Creo que el ritmo de mi escritura tiene que ver con que mi cerebro funciona de una manera peculiar, pero también es la suma de todas las cosas que he leído. ¿Qué hace uno, plebes, si no es robar? ¡Claro!, no es literal, pero tomamos todo aquello que nos habla, nos interpela, que nos dice algo y tratamos de homenajear esas cosas, obviamente no estamos hablando de plagiar.”
La narradora es licenciada en lengua y literatura hispanoamericana, maestra en estudios socioculturales y doctora en sociedad, espacio y poder por la UABC. Así que habló de las dificultades para evitar que su yo académico la carcoma a la hora de escribir una novela o un cuento.
“Nosotros somos morras en un país feminicida, un mundo donde parece que no nos quieren. Es una conciencia espantosa saber que cualquiera de nosotras no llegará a su casa hoy. Para mí eso ha transformado el modo en que me enfrento al mundo, me relaciono y la forma en la que escribo. No soy activista, tengo que encontrar un equilibrio entre la morra que está enojada; la morra que estudia el comportamiento de las sociedades, y la morra que cuenta historias.
“No soy una escritora que escriba siempre. Como cualquier persona tengo tres trabajos para llegar a fin de mes. Mi tiempo exclusivo de escritura es muy muy poquito, entonces tengo que ser muy eficiente. No puedo perder el tiempo. Yo nunca estoy sola frente a la hoja en blanco. Ese es un privilegio de señor, de hombre blanco heterosexual.”
Con un discurso de género siempre por delante, dice que “la gente piensa que soy lesbiana. ¡No! Amo a las morras, pero soy dolorosamente heterosexual. Lo que ocurre es que siempre estoy poniendo en el mismo rubro a las morras y a las disidencias porque somos los grupos que hemos sido históricamente subordinados, tomados como ciudadanos de segunda clase.
“Creo que somos los grupos que tendríamos que ser comunidad juntos, tendríamos que ayudarnos a sobrevivir en un mundo que nos es tan hostil. Todo esto tiene que ver con que yo escribo en mi cabeza siempre, todo el tiempo estoy pensando en personajes, en conflictos, en las tramas, en puntos de vista, y cuando me siento soy muy eficiente, soy capaz de sacar el texto porque no tengo tiempo para perder.”
Eso le pasó con la novela. Es una historia “que me atormentó mucho tiempo, que llegó a mí hace cinco o seis años, yo sabía que no era un cuento, llegué a creer que iba a ser un cuento largo, y luego dije: ‘no es un cuento, tengo que escribir ya la novela’. Me costo dos años de escritura”.
Recortó, escribió “380 veces el final, es que me descocaba como académica. Hubo otro pasaje en el que estaba rabiando, salivaba en el teclado, empezaba a enojarme, y ya no era el discurso del narrador. Era yo enojada porque el mundo apesta. Hay que tener un montón de cuidado… hay que recortar porque no va ahí. Hay cosas que las dice uno en una fiesta con sus amigas cuando se va a tomar unas cervezas y a ladrar, y a maldecir, pero no lo dejas en un cuento. Hay que tener autocrítica. No enamorarse de la hermosa escritura de uno”.
Experiencia de los subordinados
–¿Cómo elige a sus personajes? –le preguntaron.
–No me interesan las versiones de las personas con poder ni qué le pasa al hombre blanco heterosexual. Ellos han escrito literatura toda la vida, todo lo que hemos leído. Amo mi formación y a mis profes, pero la facu sí tiene una deuda conmigo porque toda la carrera sólo leímos a cuatro morras. Leímos solamente a señores, a puros señores blancos, entonces los señores no me necesitan a mí para que yo los describa ni sus emociones, y a mí tampoco me interesan.
“No me interesa la experiencia masculina, sólo la de las morras y de los históricamente subordinados. Mis personajes son las mujeres y las disidencias, y, en las fronteras, las personas racializadas, los migrantes, también las infancias y las adolescencias.
“A mí siempre me ha parecido que los niños y los adolescentes son personitas horribles, espantosas, pero porque nosotros los convertimos en eso. Son un reflejo de lo que los adultos hacemos con ellos. Por ejemplo, las morrillas de la novela son espantosísimas: prejuiciosas, envidiosas, celosas, pero porque están repitiendo lo que hacen los adultos. Por eso la gente siempre está borracha en las fiestas infantiles, porque es el único modo de soportar a los chamacos, pero ¿por qué son horrorosos? Porque los adultos somos horrorosos.”
Con una carcajada limpia manifestó no tener “calidad moral” para dar consejos a nadie sobre cómo escribir. “Tampoco sé si he llegado a algún sitio”, añadió después de que alguien aludió al mundo de los escritores premiados. “Sigo teniendo tres trabajos.
“Mi consejo es que tengan amigos. Morras, tengan amigas. Descentralicen a los manes de sus vidas, son sus amigas las que les van a ayudar. Lo siento muchísimo, pero no son sus novios quienes las van a recomendar para ese puesto, para esa beca; van a ser sus amigas, sus amigues. Ninguno de mis novios leyó mis borradores y, si acaso alguno lo hizo, siempre fue para decirme lo chafa que era, que no tenía talento y que escribía con las patas. (Mis amigas fueron) las que me dijeron: ‘Elma, quita esas cuatro páginas porque no valen’. Si soy escritora es por los talleres, ahí dejé de tener vergüenza, exhibir mis textos para que los despedazaran. Creo que en los talleres se aprende a ser constructivo con los textos ajenos. Tengan amigos, amigas, hagan comunidad, creen un taller, pero que no sea sólo para decirse que todo está padre.
“Lean, porque no se puede escribir sin leer. Lean para que no anden pensando que lo que se les ocurrió es una novedad. Seguramente ya se hizo muchísimas veces y entonces tú tendrás que aprender de ese pasado para escribir tu propia versión, una cosa que tendrá tu voz, tu huella digital, pero que entiendas que no es una novedad.”
–¿Dónde han estado las mujeres escritoras?
–Se ha dado a lo largo de la historia un proceso de borrado de la figura de las mujeres y las disidencias, pero sí hemos estado ahí. Anónimo era mujer en 90 por ciento de los casos. Muchos de los seudónimos masculinos de la historia eran mujeres, siempre hemos estado ahí y vamos a seguir estando. De repente hay un foco a la literatura de morras. Tampoco me molesta la cuota de genero, son espacios que hay que tomar, votos, voces a escuchar y poco a poco vamos a ir haciendo lugar. No hay que conciliar nada con los manes.




