Opinión

El grito de Río

Por: Lilia Rubio

Este 26-30 de julio, Río de Janeiro, Brasil, será la sede del  Congreso Internacional de Sida, donde más de 20 mil científicos, médicos, activistas y personas que viven con el Virus de Inmunodeficiencia Humana, se reunirán en el encuentro más grande del mundo, en esa nación que fue la primera de América Latina en dar tratamiento antirretroviral gratuito.

Sin embargo, es casi seguro que las discusiones, sobre los más recientes hallazgos, se verán empañadas por las relacionadas con el alarmante desplome de más de 20% en el financiamiento internacional, tan decisivo para que cientos de centros comunitarios –siempre a la vanguardia del activismo– se mantengan abiertos, en momentos en que ONUSIDA reporta 1.3 millones de nuevas infecciones al año y un repunte en poblaciones jóvenes, mujeres trans y hombres que tienen sexo con hombres.

La enorme ironía es que ante el incremento de nuevos contagios en regiones, como América Latina, estamos presenciando el estrepitoso derrumbe del andamiaje, que posibilitó avances en los últimos 40 años, para enfrentar retos, garantizar acceso a la prevención y al tratamiento, así como para fortalecer la respuesta mundial, en que casi 41 millones de seres humanos sufren la pandemia del VIH.

Hoy por hoy, ¿preferimos negar nuestra crítica realidad, en que los grandes donantes han reorientado fondos, los gobiernos nacionales han recortado presupuestos, mientras que las organizaciones comunitarias trabajan desesperadamente sin recursos? ¿Será que nunca tomamos en serio la promesa de ponerle fin al VIH/Sida para el año 2030?

Repensar, reconstruir y resurgir

Estas tres R del lema, en el congreso del Sur Global, me hacen recordar añejas historias, tan incómodas como dolorosas, de aquel 1983, cuando se reportaron los primeros casos en México. Como si fuera ayer, revivo los momentos que acompañé a amigos en complejos tratamientos y, lamentablemente, en su lecho de muerte. Luego, en los 90, dediqué una gran parte de mis artículos a temas sobre el VIH-sida, publicados en el suplemento mensual Letra S del periódico La Jornada.

Tuve oportunidad de conocer un amplio espectro del azote, como por ejemplo, cuando entrevisté a sexoservidoras de los callejones del barrio de La Merced: “Varias compañeras han muerto de sida. Aun así, cuando le mostramos el condón al cliente, reacciona como si le estuviéramos apuntando con una pistola y exige que le devolvamos su dinero”, me explicó una mujer, al salir de un cuarto, con división de láminas, mientras esperaba su turno para agarrar agua de una palangana y lavarse a jicarazos.

En la colonia Aragón, de la ahora llamada CDMX, hablé con un joven seropositivo acorralado por la ignorancia, la estigmatización y la prepotencia de sus propios vecinos: “Lo primero que el doctor me mandó es tranquilidad, para que el virus no me afecte tan rápido. Desde que una señora me vio salir de Infectología, allanaron violentamente el departamento. Incluso, se orinan y echan la suciedad del perro en mi puerta. Los demás no hacen nada, porque les tienen terror. Soy su rehén”.

Una de las experiencias más impactantes fue mi visita a la Penitenciaría de Santa Martha Acatitla, para sentenciados de delitos graves. Pasé toda una mañana hablando con hombres con VIH. Allá adentro, la prevalencia era mucho más alta que afuera, pues a mediados de los noventa, poco era el acceso a pruebas, a preservativos y antirretrovirales. Como si fuera poco, muchos casos se detectaban ya muy avanzados y, en ocasiones, se usaban áreas de segregación. Fue precisamente en esa etapa, cuando iniciaron los programas de tratamiento de la Secretaría de Salud y organismos como Conasida.

De allí, me fui al Centro Femenil de Readaptación Social Tepepan, para mujeres con condena. Aunque no era una prevalencia masiva, también había casos, mencionados en las primeras publicaciones de testimonios femeninos con VIH, dados a conocer por el Comité de Sida y Derechos Humanos y el Centro Pro. A las internas, incluidas las que portaban el virus, se les permitía vivir con sus hijos, hasta los 6 años.

Por otro lado, aunque lejos de sentirse satisfechos, los gremios artísticos, nunca se quedaron, ni se han quedado, al margen de la reflexión activa sobre la pandemia. Bailarines, actores, periodistas, fotógrafos, escritores y artistas plásticos, como los audaces y talentosos Reynaldo Velázquez y Nahum B. Zenil, exponían en eventos, como la Semana Cultural Lésbica-Gay, para ventilar la desinformación y prejuicio contra quienes habían sido afectados por el microorganismo.

Muchos religiosos también se unían a la lucha. Asistí a una misa, donde el sacerdote Jaime Yong informaba a los feligreses que a la salida encontrarían una cajita con preservativos. Cuando algunos protestaban, ante lo que les parecía una herejía, les contestaba: “Quieren que prevenga o que sepulte a sus hijos e hijas? Aquí, no se trata de ser moralistas, sino de informar y proteger”.

Nunca olvidaré a Mariana Jiménez quien me contó, que cuando se asfixiaba de angustia, sacaba del cajón unos papeles, donde había escrito que contaba con un examen familiar y que sus niños, de 13 y 7 años, no eran seropositivos, como ella y Arturo.

Ella se contagió, cuando la transfundieron con sangre, porque su hijo nació en parto con placenta previa. Luego, infectó a su cónyuge. El doctor se limitó a decirles que su futuro “era muy gris”. Nunca les mencionó que había medicamentos. No sabían qué hacer. Sólo se preguntaban por qué les había sucedido a ellos. “De no haber sido por grupos de autoapoyo, ya nos hubiéramos suicidado”, comentó.  

No obstante, también encontré a médicos capacitados y comprometidos, como el investigador epidemiológico, Aarón Rangel Paredes, cuya bonhomía le hacía honor a su larga trayectoria en el área de la salud pública, donde apoyó y salvó vidas.

“Al principio, subestimamos el impacto del virus. Los doctores supusimos que las características socioculturales de México eran muy diferentes a las estadounidenses, donde desde los 80, el sida se reconoció como epidemia. Con el tiempo, la comunidad médica fue tomando conciencia sobre la pandemia más letal de fin de milenio”.

Con su acostumbrada sensibilidad me contó cómo, en los años 80 llegaban enfermos con neumonías y, en algunos casos, cuando el clínico se daba cuenta que el paciente era homosexual, no lo aceptaba, por el temor de que tuviera sida. Incluso, le tocó presenciar cómo algunos de sus colegas llamaban a policías para correr a los “indeseados sidosos”.

El VIH/sida cambió toda la práctica, incluso a pesar de sus protagonistas. Para conjurar tan grotesco desprecio, Rangel empezó a capacitar a médicos y enfermeras. Fue un proceso lento, agotador, pero muy gratificante. El cansancio no sólo era físico, sino también emocional, pues algo que seguido se pasa por alto, es que el prestador de servicios clínicos necesita espacios para hablar de lo que le ocurre cuando trata a un paciente tantos años, bajo cierta impotencia, pues todo genera angustia en todos.

“Descarto la mala fe de alguien, porque tan capaz es un internista como el otro. Su capacidad no está en tela de juicio, no hay mala voluntad, sino otros síntomas, incluidos los institucionales, lugares donde el maltrato es constante para todos, con sida o no”, señaló Rangel Paredes.

También conocí casos ejemplares, como el del Hospital Gabriel Mancera del IMSS, que fue el primero en México en ofrecer servicios especializados en VIH/sida, que nunca se cancelaron a pesar de que el edificio se resquebrajó, en el temblor del 19 de septiembre de 1985. Bajo el ético liderazgo del Dr. Leopoldo Nieto Cisneros, se mudaron a un edificio aledaño.

En el 2000, la presión de activistas gay, intelectuales y expertos, el Gobierno de CDMX, bajo el Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, abrió la Clínica Especializada Condesa, referente nacional, con servicio gratuito para pruebas rápidas de VIH, consulta de medicina interna, psicología, psiquiatría, ginecología, laboratorio con CD4 y carga viral, así como entrega de antirretrovirales.

Fue una verdadera conquista, pues su apertura no sólo enfrentó la cobertura homofóbica de medios convencionales, sino también las fieras protestas de los vecinos que no querían una “clínica de sida”, junto a sus hijos. Aceptaron, tras múltiples estires y aflojes, como también reuniones con personas seropositivas. Hoy por hoy, tal es su prestigio, que 15 años después, en la oriental Iztapalapa, se inauguró la Clínica Dr. Jaime Sepúlveda Amor, que atiende a unas 10 mil personas.

Como sociedad civil, no debemos permitir que la memoria se borre. Sin lugar a dudas, hemos bajado la guardia y las infecciones van en aumento. Entre 2019 y 2023, en nuestro país, los diagnósticos de VIH crecieron 40%, sobre todo en jóvenes de 20 a 29 años, mientras que el financiamiento internacional escasea cada vez más.

En este contexto, el 26 Congreso Internacional de Sida, en Río de Janeiro, no es cualquier evento. Reviste una importancia monumental. Allí, se decidirá si estamos dispuestos a renovar el compromiso, ante los casi 45 millones de víctimas que este flagelo se ha cobrado: ante los que murieron solos, los que fueron linchados. Esto no es caridad, es supervivencia colectiva, no por egoísmo, sino por dignidad.

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