Mientras México negocia un tratado, Washington rediseña un continente
En México seguimos reaccionando a cada noticia como si hubiera caído del cielo. Un día hablamos del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Al siguiente, de los bancos señalados por el Departamento del Tesoro. Luego vienen los cárteles, la migración, los aranceles o las inversiones chinas. Todo parece una sucesión de crisis independientes.
No lo son.
En Washington hace tiempo dejaron de ver esos temas por separado. La revisión del T-MEC, la estrategia comercial encabezada por Jamieson Greer desde la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos, las decisiones del secretario de Comercio, Howard Lutnick, la presión del Departamento de Estado, las acciones del Departamento del Tesoro y la política impulsada por el presidente Donald Trump responden a una misma lógica.
El objetivo ya no es únicamente vender más o cobrar menos aranceles.
Lo que está en marcha es algo mucho más amplio: redefinir qué significa ser un socio estratégico de Estados Unidos. Hoy pesan tanto las exportaciones como la capacidad de combatir al crimen organizado, asegurar la frontera, proteger las cadenas de suministro, contener la migración irregular y limitar la influencia económica de China en la región.
Ahí está el cambio. Y no es menor.
Durante años pensamos que el T-MEC era un tratado comercial. Hoy funciona como la columna vertebral de una negociación donde economía, seguridad y política exterior dejaron de caminar por carriles distintos. Ahora avanzan juntas.
Por eso sería un error que México llegara a la mesa creyendo que la discusión gira únicamente alrededor de reglas de origen o inversiones. Esa conversación ya quedó atrás.
La verdadera negociación ocurre en otro nivel. Es la disputa por el diseño de América del Norte para la próxima década.
La pregunta, entonces, no es qué exigirá Washington. La pregunta es si el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum ya entendió que la partida cambió. Porque cuando un jugador sigue mirando el tablero de ayer, normalmente descubre demasiado tarde que los demás llevan varias jugadas de ventaja.
PIEZAS SUELTAS
Trump ya no invade: sigue la ruta del dinero
Durante años pensamos que el poder de Estados Unidos se medía por sus portaaviones. Hoy, cada vez más, se mide por los expedientes del Departamento del Tesoro.
Ahí está el cambio. Y vale la pena verlo.
Los comunicados de la Oficina para el Control de Activos Extranjeros (OFAC) y la Red de Control de Delitos Financieros (FinCEN) ya no hablan sólo de cuentas congeladas. Hablan de redes empresariales, contratos, combustible robado y dinero que cruza fronteras. Es otra manera de ejercer presión.
México ya empezó a sentirla. Primero fueron CIBanco, Intercam Banco y Vector Casa de Bolsa. Después llegaron las sanciones contra empresas y operadores presuntamente ligados al Cártel Jalisco Nueva Generación.
En ese contexto cobra relevancia una investigación de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, firmada por Raúl Olmos, que documenta pagos realizados por un organismo del Gobierno de Rubén Rocha Moya a Ahavat Logistics Solution, empresa que después fue sancionada por OFAC por su presunta participación en una red de contrabando de combustible. No prueba responsabilidades penales de funcionarios, pero sí muestra hasta dónde puede seguir la ruta del dinero.
Ésa parece ser la nueva doctrina de Donald Trump: no empezar por los discursos, sino por las transferencias. Porque cuando Washington sigue el dinero, tarde o temprano también termina siguiendo a quienes aparecen en el camino.
La batalla por la memoria
En Estados Unidos ya no sólo se pelean por la economía o la migración. Ahora también disputan quién contará la historia del país.
Con el 250 aniversario de la independencia como telón de fondo, el presidente Donald Trump convirtió la conmemoración en parte de su proyecto político. El congresista demócrata Jared Huffman sostiene, en un informe del personal demócrata del Comité de Recursos Naturales de la Cámara de Representantes, que la iniciativa Freedom 250 desplazó el carácter apartidista de la Comisión America250, creada por el Congreso de Estados Unidos para organizar los festejos. Esa confrontación ha sido documentada por The Guardian, mientras Reuters y Associated Press han dado seguimiento al creciente debate político.
No parece una discusión sobre monumentos o ceremonias. En realidad, es una disputa por la memoria.
Trump apuesta a que quien logra definir el relato del pasado también llega con ventaja a la conversación sobre el futuro. Porque las guerras culturales ya no se libran sólo en las universidades o en los libros de texto. También se pelean en las fechas patrias, los símbolos nacionales y la historia que un país decide contar de sí mismo.




