Opinión

Mucho Mundial, pero el partido que importa se juega en Washington

Por: Rompecabezas | Mónica García-Durán

Mientras los reflectores apuntan a los estadios, las porras llenan las calles y la conversación pública gira alrededor del Mundial, en Washington se está jugando otro partido. Uno donde no hay árbitros ni trofeos, pero sí presiones comerciales, disputas por el agua, exigencias en materia de seguridad y negociaciones que definirán el futuro económico de Norteamérica durante los próximos años.

La reciente reunión bilateral entre México y Estados Unidos confirmó que la cooperación sigue viva, pero también que la presión estadounidense no ha desaparecido. El combate al fentanilo, la seguridad fronteriza, las investigaciones sobre presuntos vínculos criminales y los compromisos migratorios siguen sobre la mesa, aunque oficialmente nadie quiera mezclarlos con la revisión del T-MEC.

A ello se suma un dato que merece atención. Mientras en México buena parte de la discusión pública gira alrededor de la revisión formal del tratado que comenzará el 1 de julio, Canadá parece estar jugando otra partida. Mark Wiseman, embajador canadiense en Washington, ha dejado claro que Ottawa está menos preocupada por la renovación del acuerdo y más enfocada en eliminar aranceles y resolver los obstáculos comerciales que hoy afectan la competitividad de su economía.

Del lado mexicano, en cambio, prevalece un discurso de confianza. El senador de Morena, Alejandro Murat Hinojosa asegura que existen condiciones para una revisión tersa. El diputado Pedro Haces Barba sostiene que el Legislativo acompañará al Ejecutivo en todo el proceso. En tanto, el líder de la mayoría en la Cámara de Diputados, Ricardo Monreal, en diferentes escenarios y declaraciones ha impulsado el diálogo con legisladores estadounidenses para respaldar la negociación.

Sin embargo, las señales que llegan desde la Casa Blanca son menos optimistas. Donald Trump ya dejó abierta la posibilidad de replantear el acuerdo si considera que no beneficia suficientemente a Estados Unidos. Esa sola advertencia debería bastar para encender focos amarillos.

Porque mientras el Mundial ocupa las portadas, el verdadero marcador se mueve en Washington. Y lo que ahí se decida tendrá mucho más impacto en el empleo, las inversiones y el bolsillo de millones de mexicanos que cualquier resultado sobre la cancha.

PIEZAS SUELTAS

250 años después: Estados Unidos ya no discute quién gobierna, sino quiénes son

Las democracias suelen sobrevivir a las elecciones, a los presidentes polémicos e incluso a las crisis económicas. Lo que pocas sobreviven es a la pérdida de una identidad compartida. Y eso es exactamente lo que empieza a mostrar Estados Unidos a las puertas de su 250 aniversario.

La más reciente encuesta del Public Religion Research Institute (PRRI), uno de los centros de análisis más influyentes de Washington en temas de cultura, religión y política, retrata algo más inquietante que la polarización. Muestra un país que ha comenzado a romper los acuerdos básicos que durante generaciones lo mantuvieron unido. Ya no se trata de republicanos contra demócratas. Se trata de estadounidenses que han dejado de coincidir en qué significa ser estadounidense.

El llamado sueño americano fue durante décadas la gran mercancía de exportación de Estados Unidos. Hoy menos de la mitad cree que el trabajo duro garantiza el éxito y entre los jóvenes esa convicción se desploma. Cuando una nación deja de creer en la historia que cuenta sobre sí misma, empieza a perder cohesión.

La ironía es brutal. Estados Unidos llega a los 250 años como la mayor potencia militar, tecnológica y financiera del planeta, pero con apenas 18% de sus ciudadanos orgullosos del funcionamiento de su democracia.

De acuerdo con un análisis de AXIOS, el presidente Donald Trump no creó esta fractura, pero sí aprendió a explotarla. La izquierda y la derecha ya no compiten por gobernar el país; cada una está convencida de que la otra representa una amenaza existencial.

Y cuando la política sustituye a la religión, a la comunidad y a los valores compartidos, el problema deja de ser electoral. Se convierte en una crisis de identidad nacional. Una que ningún presidente puede resolver desde la Casa Blanca.

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